Repensar

Mondale

Hombre de convicciones que estaba siempre dispuesto a discutir otras opiniones; con gran sensibilidad social y visión de futuro, dice Alejandro Gil Recasens.

Vi por primera vez a Walter Mondale en la Convención Demócrata de 1976 en Nueva York. Sólo sabía que era un senador que se había opuesto a la guerra en Vietnam, contrariando la línea de su partido.

Al oír su discurso me di cuenta de que Jimmy Carter lo escogió como compañero porque, además de equilibrar la fórmula con un norteño y ser un probado operador, compartían un sentido ético del servicio público y un carácter parecido. Carter decía que se llevaba mejor con él que con su esposa.

Ninguno de los dos se expresaba como político; parecían más bien predicadores. La gente estaba decepcionada de las mentiras y los chanchullos de Lyndon Johnson y Richard Nixon y por eso los llevó a la Casa Blanca.

En 1980 reporté para Novedades lo sucedido en la Convención Demócrata. Con el país paralizado por la escasez de gasolina y la inflación a tope, la popularidad de Carter se había desmoronado y era previsible que perdieran. Mondale no había estado de acuerdo con la política fiscal conservadora del presidente ni con su “discurso del malestar”, en el que se mostró débil y confuso. Sin embargo, volvió a acompañarlo e hizo vibrar al Madison Square Garden con su llamado a continuar con un gobierno de principios.

Ronald Reagan les ganó y para 1984 era claro que se reelegiría: había conseguido la recuperación de la economía y se mostraba firme frente a una URSS en decadencia. No obstante, Mondale consideró su deber luchar por un programa diferente. Se enfrentó en las primarias a Gary Hart, joven y carismático, pero sin sustancia, como lo subrayó con un famoso spot (Where’s the beef?).

En la convención de San Francisco, los reporteros no daban crédito de que en su discurso de aceptación de la candidatura haya insistido candorosamente en la necesidad de subir los impuestos (para reducir el déficit y para financiar los programas sociales) y, sobre todo, de que hubiera escogido como compañera a Geraldine Ferraro y no a Diane Feinstein, una política poderosa, avezada y además alcaldesa de la ciudad.

Explicó que quería ser honesto con los votantes y que pensaba que la congresista Ferraro era mejor opción. La derrota fue monumental: sólo obtuvo 13 votos electorales y únicamente ganó en el voto popular en Minnesota y el distrito de la capital.

Retirado de la política, siguió apoyando las causas liberales y regreso a Minneapolis a su trabajo como abogado y docente.

ASÍ ERA

Conocí a Fritz en el invierno de 1988. Asistí a uno de sus seminarios en la Escuela de Asuntos Públicos de la Universidad de Minnesota. Sus planteamientos, jurídica e históricamente muy bien fundamentados, giraban en torno al papel del gobierno como articulador de la vida social.

Al final me presentaron con él y le comenté que estaba escribiendo un ensayo sobre el presidencialismo en América Latina. Me pidió que se lo enviara y así lo hice. A los tres días me lo regresó con un montón de anotaciones; todas muy pertinentes, denotaban su conocimiento de la realidad de nuestros países.

Nos vimos para platicar y me sorprendió el cambio: en las conferencias hablaba bajito, daba largas explicaciones y trataba comedidamente a los personajes del momento. En el cubículo era apasionado, preciso en sus análisis y no dudaba de calificar de “burgués presuntuoso” a George H.W. Bush.

Los alumnos lo querían y era evidente que él se sentía a gusto como profesor. En las actividades académicas y frente a las cámaras era severo y reservado, como sus ancestros noruegos, pero en la cafetería cualquiera se podía sentar a charlar con él y a la menor provocación soltaba la carcajada. Lo invitaban a hablar en las graduaciones, pero también aceptaba ir, con su suéter de cuello de tortuga, a las fiestas de las fraternidades. Le iban a echar porras cuando jugaba –bastante bien– tenis y él no faltaba, con la camisola de la universidad, a los juegos de hockey del equipo de la escuela de Derecho, apropiadamente llamado The fighting Mondales.

Hombre de convicciones que estaba siempre dispuesto a discutir otras opiniones; con gran sensibilidad social y visión de futuro, era además muy humano. Sabiendo que iba a morir, le dejó una nota de agradecimiento a las 320 personas que colaboraron con él en diferentes etapas de su vida.

COLUMNAS ANTERIORES

Impotencia
Joe constructor

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.