Repensar

Hasta los dientes

Estando tan arraigada la cultura armamentista, los políticos tienden a simular que les preocupa el asunto, pero no van más allá.

Estados Unidos es el país en el que hay más armas de fuego en manos de civiles. De hecho, es el único en el que hay más armas que habitantes: 1.2 por persona. En comparación, sólo uno de cada cinco franceses o alemanes, o uno de cada 20 británicos, posee una. En Japón, Taiwán, Corea del Sur, Singapur o Malasia, prácticamente nadie, ni siquiera la policía, siente necesidad de estar armado.

Hay una explicación histórica. Muchos de los primeros colonos huían de la intolerancia religiosa y de gobiernos autocráticos que desarmaban a sus súbditos para someterlos. Por eso, las colonias eran reticentes a constituir cuerpos de policía o ejércitos. Combatían el delito con vigilantismo ciudadano, veladores con silbatos y sheriffs honorarios, que no recibían retribución alguna.

Para defenderse de los nativos organizaban grupos de jóvenes, llamados minutemen porque acudían rápidamente al repicar las campanas en alarma. Esas milicias fueron clave en la guerra de Independencia, por su capacidad para la guerra irregular y por practicar tácticas de lucha que le aprendieron a los iroquois y a los cherokee.

Cuando se discutió la Constitución de la nueva nación, uno de los temas álgidos fue la creación de un ejército federal. Las colonias querían conservar sus milicias, que habían probado ser eficaces. Al mismo tiempo, sabían que los británicos querían reconquistarlos y estaban bien pertrechados y entrenados.

Al final, en la Segunda Enmienda, firmada hace 230 años, se reconoce al mismo tiempo la necesidad de “una milicia bien regulada” (para la seguridad de un Estado libre) y el derecho de los ciudadanos a poseer y portar armas, por si esa milicia decide abusar.

De entonces para acá, las razones de los americanos para armarse son las mismas:

Armarse para la autodefensa: tienes el deber de cuidarte, sin esperar que el gobierno lo haga. Por eso vimos el año pasado a más de uno disuadir con escopetas a los que se escudaron en las protestas raciales para vandalizar comercios. Las dos revistas de armas con mayor número de suscriptores (Shoting Illustrated y American Rifleman) tienen una sección en que se narran docenas de casos en que ciudadanos armados pudieron repeler agresiones o evitar robos y asaltos, sin necesidad de esperar la respuesta del 911.

Armarse para resistir la opresión: los poderosos siempre están tentados de usar a las Fuerzas Armadas para anular las libertades individuales. Lo único que los puede frenar es saber que no lo podrán hacer impunemente.

Armarse como deber cívico: del ciudadano se espera que actúe contra los delincuentes cuando las fuerzas del orden no están presentes o son rebasadas. Por eso hay cazafugitivos y vigilantes voluntarios en la frontera.

¿Qué hacer?

En todas partes, la posesión de armas está correlacionada con su uso incorrecto. Cada año mueren cerca de 40 mil americanos por lesiones causadas por armas de fuego. Contra lo que se cree comúnmente, porque es lo que destacan los medios, sólo el uno por ciento de ésos es víctima de personas con trastornos mentales que disparan indiscriminadamente en lugares públicos. Tampoco son mayoría los que caen en balaceras entre pandillas o en enfrentamientos entre delincuentes y policías. El 64 por ciento de esas muertes es por suicidio.

Estando tan arraigada la cultura armamentista, los políticos tienden a simular que les preocupa el asunto, pero no van más allá. Exigir algo tan de sentido común como que las armas sean registradas y que no se le vendan a alguien hasta verificar que no tenga antecedentes penales, de violencia familiar o de enfermedad mental, se ve como una indebida interferencia gubernamental. Durante el confinamiento por la pandemia las iglesias, los museos y hasta los parques estuvieron cerrados. No así las armerías, por considerarse “actividad esencial”.

En los años 90, activistas presentaron cientos de demandas en muchas jurisdicciones, acusando a los fabricantes, distribuidores y comerciantes de armas de tener responsabilidad civil por crímenes cometidos por terceros con sus productos. Sabían que los tribunales las rechazarían por frívolas, ya que los acusados no tenían forma de controlar la conducta de los compradores, pero creían que los elevados costos jurídicos obligarían a esas empresas a aceptar algunas limitaciones. En lugar de eso, la industria logró que se aprobara la Ley de Protección del Comercio Legal de Armas. Abolir esa ley, como propone Biden, lo puede mostrar preocupado pero no cambiará nada.

COLUMNAS ANTERIORES

Papa caliente
Equilibrio de poderes

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.