Mamdani, alcalde de la ciudad de Nueva York, encarna hoy una rareza en la política estadounidense. Con apenas 34 años, musulmán y socialista, asumió el cargo en medio de una aguda crisis de asequibilidad que azota a la ciudad más cara de ese país.
Y, lejos de recurrir al tradicional ajuste fiscal para tiempos de contracción económica, su respuesta ha sido innovadora: en lugar de reducir al Estado, busca reconfigurarlo. Todo ello, sin renunciar a sus convicciones de izquierda.
Con una herencia del mayor déficit desde la Gran Recesión de 2008, la salida tradicional habría sido apostar por recortes burocráticos, congelamiento de plazas, debilitamiento institucional y austeridad administrativa generalizada.
No obstante, Mamdani apostó por renovar caminos financieros que, si bien no son recetas universalmente aplicables, ponen en el centro del debate un cuestionamiento ineludible.
La austeridad en tiempos de crisis no siempre es la única respuesta posible, y los gobiernos de izquierda no deberían asumirla como dogma propio.
Durante décadas, la austeridad se convirtió en un estandarte global en el que reducir burocracia equivalía a gobernar mejor.
El resultado en muchos países fue otro: instituciones debilitadas, fuga de perfiles técnicos, pérdida de capacidades administrativas y servicios públicos cada vez más precarios.
Por ello, el alcalde señaló que el problema no siempre es el tamaño del Estado, sino el deterioro técnico de las instituciones que termina por erosionar la confianza ciudadana en el gobierno.
Para él, llevamos demasiado tiempo aceptando la mediocridad pública mientras se idealiza la eficiencia privada. Su apuesta consiste en demostrar que el sector público también puede ser eficiente, moderno y funcional sin desmontar la red social.
Mamdani parece haber entendido que una agenda progresista no puede sostenerse únicamente con legitimidad moral; necesita también capacidad técnica. Y la capacidad técnica cuesta dinero, por lo que debe buscarse de otras fuentes.
En una de las urbes más dinámicas del planeta, con un PIB de 1.286 billones de dólares en 2023 (Federal Reserve Bank de NY), el primer reto de la gestión de Mamdani fue cumplir promesas de campaña.
Tenía frente a él una ciudad con una deuda mayor a 12 mil millones de dólares y con presiones estructurales en materia migratoria, de salud pública, de pensiones y de educación.
Sin embargo, se negó a recortar los programas sociales, pues hacerlo produciría mayor desigualdad sin mejorar el déficit estructural.
Así que apostó por mantener el gasto comunitario, fortalecer servicios públicos e implementar un impuesto a viviendas de lujo que funcionan como segundas residencias vacías.
Además, pidió mayores contribuciones a sectores de muy altos ingresos y un modelo progresista de pensiones y compensaciones diferidas para sortear la presión fiscal inmediata.
En México, la austeridad tiene un mérito histórico real: tuvimos muchos gobiernos exuberantes a costa de nuestro pueblo. Así, el combate a los excesos y privilegios era, y sigue siendo, indispensable.
El problema es que, en ocasiones, esta lógica terminó alcanzando también áreas técnicas fundamentales del Estado, produciendo organismos que existen para pagar lealtades y no para cumplir funciones.
Se trata de un error simétrico al que se debe responder de manera conceptual y quirúrgica, y no por simple decreto ideológico.
La discusión de fondo no es si debe existir o no austeridad; toda administración pública necesita disciplina financiera. Así que la pregunta debe ser hasta cuándo la austeridad deja de combatir privilegios y empieza a destruir capacidades estatales.
Mamdani parece intentar un modelo donde no hay que elegir entre sensibilidad social y eficacia administrativa.
De dar resultados positivos, la ciudad de Nueva York podría enseñarnos un punto de encuentro para los gobiernos de izquierda que permita evitar gobiernos ricos con pueblos pobres y gobiernos débiles con instituciones huecas.