Alejandra Marcos

El activo más subutilizado de México

Si alguien cree que hablar de liderazgo femenino es cumplir una cuota, ese es el análisis equivocado y también el más caro.

8 de marzo.

Y antes de que alguien voltee a ver esta página esperando retórica sobre techos de cristal y empoderamiento, quiero ser muy clara: esto es una columna de negocios. Con datos. Y los datos incomodan.

En México, el 75.1 por ciento de los hombres forma parte de la fuerza laboral. Las mujeres, apenas el 47.4 por ciento. Casi la mitad de las mujeres en edad productiva está fuera del mercado formal, no porque no quieran trabajar, sino porque el sistema no está diseñado para que puedan hacerlo. A este ritmo, diversos estudios señalan que la paridad laboral podría tardar más de un siglo en alcanzarse. Un siglo. Eso no es un problema de género; es una fuga de talento que ninguna economía que aspire a crecer puede darse el lujo de sostener.

La brecha salarial confirma el diagnóstico. De acuerdo con el IMCO, en 2025 las mujeres en México ganaron en promedio 13 por ciento menos que los hombres —independientemente de su nivel educativo o posición. Por cada peso que recibió un hombre, una mujer recibió 87 centavos. Son años de ahorro que no se acumulan, pensiones que no se construyen, decisiones de inversión que no se toman.

Pero la historia no termina ahí, y esta es la parte que la economía no captura. Las mujeres mexicanas dedican 40 horas semanales a trabajo no remunerado: cuidado de hijos, adultos mayores, gestión del hogar. Cuarenta horas que no aparecen en ningún PIB trimestral. Sin embargo, cuando el IMCO hace el cálculo, la realidad es devastadora: en 2024 ese trabajo representó el 24 por ciento del PIB, más que la manufactura con 19 por ciento y más que el comercio con 20 por ciento. México tiene su segundo motor económico operando sin sueldo, sin seguridad social y sin reconocimiento institucional.

La pérdida de valor es doble y se retroalimenta. Las mujeres ganan menos en el mercado formal porque el mercado informal las absorbe sin pagarles, y como resultado, tienen menos capital para invertir, y menos apalancamiento para escalar profesionalmente. Es un círculo vicioso que destruye valor en silencio, uno que no aparece en ningún estado de resultados, pero que golpea a las mujeres, a las familias, a las empresas y al país.

Del lado corporativo, los avances han sido lentos y los números lo dicen sin rodeos. Las mujeres alcanzaron apenas el 14 por ciento de los asientos en consejos de administración el último año, un avance de un solo punto porcentual. Por cada consejera independiente hay cinco consejeros independientes. De acuerdo con la OCDE, México es el país con menos mujeres en consejos de toda América Latina. A este ritmo, la paridad en el máximo órgano de gobierno se lograría hasta 2043. No es una proyección alentadora; es una factura que el mercado tarde o temprano va a cobrar.

Porque esto no se trata de justicia. Se trata de rentabilidad. Voy a poner las cartas sobre la mesa: si alguien cree que hablar de liderazgo femenino es cumplir una cuota, ese es el análisis equivocado y probablemente también el más caro. En un entorno de volatilidad extrema, donde el riesgo evoluciona más rápido que nuestros modelos, la visión periférica y la resiliencia no son habilidades blandas. Quien ha gestionado simultáneamente múltiples responsabilidades con recursos limitados ya domina lo que muchos buscan en el mundo corporativo: ejecución bajo presión, priorización en tiempo real y toma de decisiones con información incompleta. En las empresas eso se llama eficiencia operativa y tiene precio en el mercado. Las habilidades diferenciadoras de las mujeres son activos estratégicos que protegen el balance y mejoran los márgenes.

Las mujeres que hoy lideran sectores han demostrado algo que los modelos tradicionales no anticiparon: su ventaja competitiva no respeta fronteras sectoriales. Es transversal por diseño. Muchas de ellas, han ejecutado con precisión quirúrgica en la línea de fuego.

La evidencia global es contundente. México no puede seguir ignorando lo que sus propios números le dicen. El problema no es de las mujeres. Es de los modelos que seguimos usando para medir el talento y del costo que seguimos dispuestos a pagar por no cambiarlos.

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