Hay ejecutivos que terminan la jornada con la agenda saturada, decenas de mensajes contestados, reuniones una tras otra y una sensación física de agotamiento. Si alguien les pregunta cómo les fue, la respuesta parece evidente. Trabajaron mucho, sí. Sin embargo, cuando revisan con calma lo verdaderamente importante, descubren que la decisión de fondo sigue pendiente, el asunto central continúa sin atender y la semana transcurrió con movimiento, aunque con poco avance.
A esto podríamos llamarlo productividad defensiva. Es una forma de trabajar en la que la actividad se intensifica para sentirse menos expuesto, más que para generar impacto. El ejecutivo permanece ocupado, dispuesto a quedarse hasta tarde y a resolver lo que otros dejaron abierto. Desde fuera parece compromiso. Desde dentro, algunas veces opera como una manera de evitar una conversación difícil, una definición estratégica o una pregunta incómoda.
Hay una diferencia fundamental entre vivir guiado por el reloj y actuar orientado por la brújula. El reloj ordena horarios, mientras que la brújula ayuda a distinguir cuál es la dirección correcta.
La productividad defensiva suele nacer con la idea implícita de que, con el esfuerzo visible, podrán evitarse los cuestionamientos. El problema es que esa lógica cobra factura. Aparece la sensación de injusticia cuando el sacrificio recibe menos valoración
de la esperada. También aumenta la distancia con la familia, la salud, el descanso y las actividades personales. El ejecutivo termina atrapado en una paradoja estresante. Se sacrifica para sentirse indispensable y esa misma dinámica reduce su capacidad estratégica.
Además, el entorno laboral está cambiando. En una época en la que la inteligencia artificial empieza a absorber parte del trabajo operativo, el valor de estar siempre disponible pierde fuerza frente a la calidad del criterio. Ya resulta insuficiente hacer mucho, responder rápido o producir documentos. La ventaja competitiva está en entender el contexto, coordinar personas, tomar mejores decisiones y convertir una intención en resultados concretos.
Por eso vale la pena revisar la propia agenda con honestidad. La idea es distinguir qué actividades protegieron tu imagen, cuáles generaron impacto real y qué decisión importante quedó postergada detrás de tantas urgencias. También conviene preguntarte en qué momento la acción dejó de acercarte a la estrategia y empezó a funcionar como refugio.
Un proceso de coaching ayuda precisamente en ese punto. Sirve para administrar mejor la agenda cuando hace falta, y sobre todo para reconocer si estás luchando en la batalla correcta. A veces el avance empieza sin agregar otra reunión, otro pendiente o una nueva herramienta de productividad. Arranca al detenerte lo suficiente para recuperar la dirección.
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