Con frecuencia se piensa que las creencias limitadoras solo están detrás de frases como: “No sirvo para esto”, “soy pésimo hablando en público”, “me falta mucho para ser un buen líder”; sin embargo, la mayoría de los frenos reales toman otra apariencia y suelen ocultarse en comportamientos que resultan “razonables” e incluso virtuosos.
Se trata de posiciones internas sostenidas por argumentos lógicos y buena intención. Precisamente por esa solidez aparente cuesta identificarlas. Una de las más habituales es la convicción de que un líder debe contar siempre con la respuesta correcta. Desde fuera transmite compromiso y preparación. Desde dentro termina derivando en control excesivo, dificultades para delegar y equipos que esperan indicaciones en lugar de proponer.
Algo parecido ocurre con la búsqueda constante de armonía, evitando conversaciones incómodas que suelen interpretarse como madurez emocional o cuidado del clima laboral. En la práctica, esa actitud posterga decisiones, diluye responsabilidades y deja asuntos importantes sin nombrar. El líder asume que protege al equipo cuando, sin advertirlo, le resta claridad.
También aparece la idea de que la disponibilidad permanente refleja compromiso, contestando a cualquier hora y resolviendo todo se vive como entrega; empero, con el paso del tiempo surge el agotamiento, la dependencia y la pérdida de foco.
Estas creencias tienen una historia y, en determinado momento, dieron buenos resultados. El conflicto emerge cuando el entorno cambia y la creencia permanece intacta. Aquello que antes funcionaba empieza a fallar.
Cuestionar una creencia implica observar sus efectos actuales. Preguntarse cuál es su costo hoy, a quién beneficia y a quién perjudica, qué conductas activas de forma automática. Este ejercicio exige honestidad y una dosis de incomodidad.
En este punto, el acompañamiento profesional marca una diferencia clara. El trabajo individual es valioso, aunque suele quedarse corto. Un coach ejecutivo aporta espejo, método y distancia emocional, facilitando ver lo que la costumbre volvió invisible.
Mantener apertura para revisar creencias representa una práctica continua y atraviesa el trabajo, la familia y la vida personal. La intención consiste en aceptar que ningún modelo interno resulta definitivo, pues el contexto y las personas evoluciona, generando nuevos desafíos.
Al final, liderar va más allá de decidir o alcanzar metas, e implica asumir responsabilidad por el impacto de las ideas que sostenemos, incluso de aquellas que consideramos acertadas.
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