Me sorprendió encontrarme aquí mismo, en Shenzhen, China, con los preparativos para la reunión de la APEC que pronto colocará a esta ciudad en el centro de la conversación económica mundial. Mientras recorro China persiguiendo innovaciones y saludando a amigos involucrados en robótica, inteligencia artificial y colaboración tecnológica, la proximidad de la APEC adquiere otra dimensión: el escenario donde se discutirá el futuro de la innovación es también uno de los lugares donde ese futuro se está construyendo a enorme velocidad.
El Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC) surgió por iniciativa de Australia. En enero de 1989, el primer ministro australiano Bob Hawke propuso que las economías de Asia-Pacífico se reunieran para analizar cómo cooperar de forma más eficaz e incrementar los flujos comerciales y de inversión. Su primera reunión ministerial se celebró en Canberra, del 5 al 7 de noviembre de 1989, con doce economías participantes.
En 1993, el presidente estadounidense Bill Clinton impulsó la primera reunión de líderes, celebrada en Blake Island, cerca de Seattle. Desde entonces, la cumbre se realiza cada año en la sede de una economía miembro distinta. En 1994, en Bogor, Indonesia, los líderes acordaron avanzar hacia el libre comercio y la inversión en la región.
México se incorporó como economía miembro en noviembre de 1993, entre el 17 y el 19 de noviembre, poco después de firmar el TLCAN. En 2002, México fue sede de la décima reunión de líderes en Los Cabos, del 26 al 27 de octubre, con el combate al terrorismo como uno de los temas centrales de la agenda tras los atentados de 2001. México presidió la reunión de APEC en Los Cabos. Más adelante, México participó en el Acuerdo Transpacífico y, posteriormente, en el CPTPP, lo que reforzó sus vínculos comerciales con economías de la región.
Este año, la APEC reúne a 21 economías miembro, entre ellas México, China y Estados Unidos. La 33ª Reunión de Líderes Económicos de APEC se celebrará en Shenzhen del 18 al 19 de noviembre de 2026. Antes, del 17 al 18 de noviembre, tendrá lugar la cumbre empresarial APEC CEO Summit. Su agenda incluye la construcción del Área de Libre Comercio de Asia-Pacífico, la conectividad, la inteligencia artificial, la economía digital y el desarrollo sostenible. Vistos desde aquí, estos temas tienen una expresión industrial muy concreta.
China ha propuesto como lema para 2026 “Construir una comunidad de Asia-Pacífico para prosperar juntos”, con tres prioridades: apertura, innovación y cooperación. La elección invita a reflexionar sobre algo fundamental: ninguna economía puede convertir conocimiento en prosperidad de manera sostenida sin conectar capacidades, mercados y recursos.
Como emprendedor e investigador en inteligencia artificial y robótica por más de 30 años y con los mismos viajando regularmente por Asia nunca dejo de sorprenderme de las máquinas, componentes y capacidades de ingeniería en China. Pero la sorpresa más profunda de este viaje ha sido reconocer la importancia de algo menos visible: la infraestructura financiera de la innovación que ha llevado a China a una posición i n s u p e r a b l e por ningúna otra nación. Un robot llama la atención por sus movimientos. Detrás hay motores, sensores, electrónica, software y sistemas de control. Sin embargo, para convertirlo en un producto también hacen falta recursos para pagar ingenieros, fabricar prototipos, corregir errores, realizar pruebas y sostener meses, a veces años, de desarrollo antes de conseguir ventas recurrentes.
Esa trayectoria requiere una arquitectura financiera tan cuidadosamente diseñada como la propia máquina. Shenzhen ofrece un ejemplo revelador. Su plan de acción para impulsar el capital de riesgo durante 2025–2026 plantea fortalecer la inversión en etapas tempranas, pequeñas empresas y tecnologías de base científica e ingenieril. También promueve capital de largo plazo y la participación de inversionistas institucionales. La expresión “capital paciente” describe bien la necesidad: financiar procesos cuyos tiempos de maduración difícilmente coinciden con la presión por resultados inmediatos.
El plan incorpora, además, mecanismos de colaboración con Hong Kong, fondos transfronterizos y esquemas que combinan financiamiento mediante participación accionaria y deuda. Propone que grandes empresas participen en inversiones y adquisiciones vinculadas con sus cadenas de suministro. Son instrumentos previstos por una política pública; su existencia no garantiza el éxito de cada proyecto, pero sí revela una intención de conectar las distintas etapas del desarrollo empresarial.
Esto es lo que me resulta especialmente interesante: pensar el financiamiento como una continuidad. Una idea necesita recursos para demostrar su viabilidad; un prototipo necesita apoyo para convertirse en producto; una empresa joven necesita capital para producir, entregar y crecer. Cuando alguno de esos eslabones falta, incluso una buena tecnología puede quedarse detenida.
En robótica, ese problema es particularmente evidente. Una demostración exitosa puede durar tres minutos. Un cliente industrial necesita que el sistema funcione durante jornadas completas, con mantenimiento, seguridad, repuestos y costos previsibles. Recorrer esa distancia exige trabajo técnico, pero también capacidad financiera para absorber la incertidumbre.
La innovación abierta adquiere así un significado muy práctico. Cooperar supone conectar a quien desarrolla un componente con quien puede integrarlo, a quien identifica una necesidad con quien sabe resolverla, y a quienes crean tecnología con quienes pueden financiar su llegada al mercado. La apertura necesita acuerdos sobre propiedad intelectual, responsabilidades y distribución del valor para sostenerse.
Escucho por varios lados que la ventaja de China en materia de IA es limitada puesto que su innovación está fundamentalmente en los fierros, en la maquila de piezas y la microelectrónica. Bienaventurados e inocentes seguirán siendo quienes todavía no se hayan dado una vuelta por github y se hayan aventurado por la altísima calidad del software que tiene años haciéndose por acá y que sin lugar a dudas es el instrumental del día a día de esos productos.
Desde esta perspectiva, los preparativos de APEC me hacen pensar crudamente en México. Nuestro país lleva más de tres décadas dentro de este foro, pero la pregunta relevante ya no es solo si participamos, sino qué capacidades hemos aprendido y construido a partir de esa participación.
Tenemos que preguntarnos cómo acompañar a nuestros investigadores y emprendedores tanto de universidades públicas como privadas durante todo ese recorrido que implica la innovación que ha distinguido al crecimiento económico de tantos países en Asia. ¿Quién financia la primera validación de un robot? ¿Quién apoya la fabricación de una serie en pequeña escala de nuevas computadoras? ¿Quién se convierte en el primer cliente? ¿Qué instrumentos permiten que una empresa tecnológica crezca sin perder prematuramente el control de sus capacidades?
Nuestra estrategia debería conectar universidades, proveedores, inversionistas y compradores alrededor de problemas concretos. En robótica e inteligencia artificial hay oportunidades para desarrollar soluciones propias y establecer alianzas estratégicas internacionales que fortalezcan la ingeniería mexicana. En la reciente feria de Cantón veía hordas de Brasileños y Colombianos, comitivas e incluso y pabellón completo para los cariocas donde podían tener reuniones. Eso exige incorporar desde el inicio la pregunta económica: cómo se financiará el aprendizaje necesario para llegar a un producto competitivo.
También necesitamos evaluar los resultados con rigor. El capital paciente debe tener hitos técnicos, transparencia y disciplina. Una política de innovación debe distinguir entre el riesgo inevitable de explorar y la prolongación de proyectos que no demuestran avances. Aprender de Shenzhen implica estudiar sus mecanismos y sus límites, y adaptar lo pertinente a nuestras instituciones.
Me llevo de esta visita una sorpresa que va más allá de la tecnología que puedo observar. Al encontrarme con los preparativos de APEC, veo una oportunidad para discutir la relación entre innovación, cooperación y financiamiento desde el lugar donde esas relaciones adquieren forma industrial.
En noviembre, Shenzhen recibirá a líderes y empresarios para hablar del futuro de Asia-Pacífico. Mientras tanto, al final de una larga jornada en el parque dedicado al talento, veo llegar un dron con mi cena, con una naturalidad que hace pocos años habría parecido ciencia ficción. Es una imagen sencilla, pero resume el punto central: la tecnología se vuelve cotidiana cuando alguien financió, probó y corrigió cada una de sus piezas.
Disfruto mi cena y leo en un hermoso monumento la frase 創新驅動實質上是人才驅動 (en castellano “El motor de la innovación es, en esencia, el talento humano”) y me surge la pregunta obligada que debe acompañar toda conversación ante la reunión de la APEC : ¿estamos construyendo las condiciones financieras para que nuestras ideas lleguen a convertirse en empresas, productos y capacidades propias?