Sin dejar a nadie atrás

Menos golf y más México

Por definición, los empresarios interdependemos: necesitamos trabajadores preparados, comunidades seguras, instituciones confiables, energía suficiente, proveedores sanos y consumidores con ingresos.

La semana pasada asistí a la comida mensual de la USEM. Ahí escuché la conferencia de Juan Pablo Castañón, expresidente de Coparmex Nacional. Su mensaje fue tan sencillo como incómodo: frente a lo que vive México, ¿qué estamos haciendo los empresarios?

Solemos quejarnos de la inseguridad, de la falta de energía e infraestructura, de la incertidumbre, de la debilidad del Estado de derecho… Buena parte de esas quejas es legítima. Mucho está mal y casi todo es perfectible. El problema comienza cuando la queja sustituye a la responsabilidad y a la acción: en el intermedio pedimos otro whisky, nos lo traen y seguimos. ¿En qué estábamos? Ah, sí: en lo mal que está México.

Como dice el viejo refrán: cuando señalamos con un dedo, tres apuntan hacia nosotros. No porque seamos responsables de los problemas del país, sino porque el privilegio de diagnosticarlo revela algo que preferimos no mirar: tenemos capacidades, relaciones, recursos y oportunidades que millones no tienen. Podemos llamarlo mérito, suerte o privilegio. Casi siempre es una combinación de los tres.

Castañón nos recordó la parábola bíblica que más me interpela: la de los talentos, en el versículo 25 del Evangelio de Mateo. Un hombre confía sus bienes a tres siervos. Dos los ponen a trabajar y los multiplican; el tercero, por miedo a perder, entierra lo recibido. Cuando el señor vuelve, no castiga el fracaso: castiga la parálisis.

Durante años entendí esa parábola principalmente como una lección sobre la responsabilidad fiduciaria de administrar bienes de terceros. No era una lectura equivocada. Ahora la veo también como una pregunta sobre el uso que damos a todo aquello que se nos confió: capital, conocimiento, influencia, tiempo y libertad. La pregunta no es sólo cuánto hemos acumulado, sino qué hicimos fructificar con ello.

En mis momentos de soledad he pensado que los talentos más valiosos quizá no sean las monedas, sino las personas que Dios pone en nuestro camino. ¿Las ayudamos a crecer o sólo medimos cuánto pueden producirnos? ¿Construimos empresas en las que las personas desarrollan capacidades o estructuras que extraen valor?

Los empresarios no tenemos por qué convertirnos en partido político ni en oposición automáticamente. Pero tampoco somos islas. Por definición, interdependemos: necesitamos trabajadores preparados, comunidades seguras, instituciones confiables, energía suficiente, proveedores sanos y consumidores con ingresos. Pretender que una empresa puede prosperar indefinidamente en un ecosistema que se deteriora no es visión empresarial; es miopía con flujo de caja.

Hacernos responsables no significa sustituir al gobierno, pero exigir no nos exime. En nuestra cancha está pagar a tiempo a proveedores, formar jóvenes, ofrecer empleos dignos y formales, invertir a largo plazo, denunciar la extorsión, participar en la comunidad, compartir experiencia con quien comienza y usar nuestras relaciones para mejorar reglas, no para obtener privilegios.

Tampoco se trata de demonizar el golf, el whisky o el éxito. Disfrutar lo construido no es una falta ética. El problema aparece cuando el confort se vuelve anestesia y cuando confundimos la prudencia con enterrar lo que recibimos. El empresario que sólo protege su burbuja quizá conserve su patrimonio por un tiempo, pero contribuye a destruir el entorno que lo hizo posible.

Por todo eso me quedó dando vueltas una frase que soltó Castañón: menos golf y más México.

Somos empresarios. Ya demostramos que sabemos construir patrimonio. Ahora toca demostrarle a Dios, al país y a nosotros mismos que también sabemos construir comunidad. Porque llegará el momento de rendir cuentas.

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