El pasado domingo en la tarde, al llegar a casa, me encontré a mi mamá y a mi hermano mayor, Juan, a quien le dediqué mi último libro. Él vive conmigo. Mi mamá, a la que no le he dedicado aún libro alguno, entra y sale por mi casa, afortunadamente. Para mi sorpresa, me propusieron ir a ver La Odisea. De inmediato acepté, aunque ya la había visto. Si alguien me pregunta qué es la felicidad para mí, y debo responder algo concreto, es ir al cine con mi familia. En silencio, sentados todos juntos, es mi definición gráfica de ser feliz, pleno.
Entrada la noche, me he quedado pensando en esto: sentí algo íntimamente relacionado entre la peli y la invitación de mi mamá. Y no, no es la obvia relación entre la nostalgia de volver a casa o de regresar con tu familia; va más allá de eso. Hay algo mucho más profundo que Christopher Nolan muestra a través de las múltiples licencias literarias que se tomó (si se hace con Twilight que no se haga con Homero, qué tiene de malo). El protagonista habla reiteradamente sobre el pecado original que implicó el Caballo de Troya, porque convirtió un acto de hospitalidad en un arma. Fue una estratagema militar genial, sí, pero con un costo altísimo que pagó Occidente, incluyendo a los vencedores que terminaron en vencidos. Esto me encantó de la película, porque hace de esta idea el hilo conductor de la trama. Odiseo se atrevió a romper una de las leyes más sagradas sobre las que construyen las civilizaciones. En tiempos donde no existía Internet, ni Uber, ni los bancos centrales, la ley de la hospitalidad era eso. En un mundo donde todos éramos completos extraños, la obligación moral de cuidar y respetar a un extraño iba mucho más allá de ser un anfitrión educado y de buenas maneras.
Polifemo no era un monstruo porque tuviera un solo ojo, lo era porque no veía la humanidad en el otro, sólo comida. Los pretendientes de Penélope, huéspedes depredadores y abusivos e incluso el mismo Odiseo y el ejército del rey Menelao, que decidieron ganar la guerra perdiéndose a sí mismos, comparten con el cíclope la monstruosidad de reducir al otro por su utilidad.
Francis Fukuyama lo explicó con una sencillez genial en Trust: the social virtue and the creation of prosperity, en donde explica que los países más prósperos no son los que tienen empresas más grandes sino un nivel alto de confianza interpersonal. Esto permite hacer negocios entre extraños aunque no sean nuestros primos, y esto se traduce en menos costos de transacción y emprendimientos más grandes y audaces. Pensamos que nuestra tecnología y nuestra técnica nos hace ser lo que somos, pero detrás de la IA, el Internet o el papel moneda, la confianza es la verdadera gran tecnología de la humanidad. Sin embargo, incluso esta confianza no es lo verdaderamente importante por sí misma sino por lo que representaba: lo sagrado. No en el sentido religioso, sino en el de tener cosas que son no-negociables.
Homero, tres mil años después, viene a recordarnos que cuando todo es negociable deja de existir comunidad. Que si para obtener la victoria, personal o nacional, rompemos aquello que consideramos sagrado, nos quedará algo muy parecido a la derrota. No sé qué cosas sigan siendo sagradas para los mexicanos. Sí sé cuáles lo son para mí. En unos días, si Dios lo permite, volveré al cine con mi familia a ver de nuevo La Odisea. ¿Qué cosas son sagradas para ti?
Con amor, para Celia Ávalos.