La semana pasada, durante la presentación de mi libro Poderoso compañero es el dinero, tuve la oportunidad de compartir unos momentos con Antonio José López Franco, fundador de Grupo Salzillo, empresario humanista y con gran sentido de responsabilidad social en el sector del transporte de carga. José, quien tenía experiencia como vendedor de tractocamiones, se atrevió a hacer algo que muchos hubiesen considerado descabellado: sin importarle la crisis económica que atravesaba el mundo entero —o quizá justo por eso—, vendió su casa para juntar el dinero que le permitió comprar los primeros dos tractocamiones para su nueva empresa de transporte. Desde el inicio, Antonio se puso como objetivo ser un excelente líder: sus operadores solo recorren las rutas más eficientes y seguras, nunca van a exceso de velocidad ni tampoco con el cansancio de días encima, cumplen con horarios de entrega razonables y si algún cliente los presiona para tomar riesgos y convertir un viaje de 8 horas en 6, Antonio no tiene ningún apuro en borrarlos de su base de datos. Como sus camiones, Antonio siempre se va por el camino más recto y pone como prioridad la seguridad y el bienestar de sus operadores. “Los clientes sobran, lo que importa es cuidar al operador”, dijo en una entrevista con Neuron Business Media, y su humanismo no le ha impedido ser exitoso: 18 años después, Salzillo ya no cuenta con dos camiones, sino con 102 unidades bajo su administración y gestión. Hacer lo correcto siempre es lo más rentable.
Fiel a su ideología humanista, Antonio no solo se dedica a mover mercancía de un lado a otro, sino también a formar futuros emprendedores que compartan sus valores y se esfuercen para mejorar tanto sus propias vidas como la de los demás. De los 102 camiones de su flotilla, solo cinco son de la compañía y el resto les pertenece a inversores que confían en él para ponerlos a trabajar. Estos inversores pueden venir de cualquier lado, pero algunos son sus propios operadores que sueñan con ser microempresarios. El trato es simple: Salzillo los avala para que compren un tractocamión a crédito, van pagando el préstamo mientras trabajan y aprenden de primera mano cómo es el negocio y al final tienen su propio camión y las herramientas para iniciar y administrar su propia empresa de transporte. La perseverancia, la ética de trabajo y el trato humano y digno de José crea una cultura de lealtad y compromiso en su empresa —trata como quieres ser tratado—, enseñanzas que se llevan sus emprendedores para replicarlas en sus negocios o quedarse bajo el paraguas comercial de Salzillo. El modelo innovador de Antonio es digno de elogio.
El Gobierno de la Ciudad de México, reconociendo la importancia de la cultura emprendedora para el desarrollo económico y social, ha establecido, en el artículo 17 de su Constitución, que se deberá crear un instituto para el emprendimiento que fomente la creación de proyectos empresariales, promocione su financiamiento y capacite a futuros emprendedores. La Coparmex CDMX, en su capacidad como organismo dedicado al humanismo empresarial, tiene mucho que aportar. Es cierto que el gobierno de Clara Brugada tiene la meta de crear una nueva generación de empresarios comprometidos con su comunidad, pero creo que es necesario que los mentores sean empresarios que demuestren lo valioso que es hacer las cosas como se deben: con legalidad y buscando en todo momento un beneficio compartido. Antonio, Sr. Salzillo, no deja a nadie atrás, y la Coparmex CDMX tampoco. Estamos listos para que el Instituto del Emprendedor de la Ciudad de México comience a operar y no se quede solo en papel.