Pearl Jam y Nirvana, con sus acordes inconformes y letras que debatían la erosión de las comunidades, el individualismo y la falta de autenticidad, fueron los representantes emblemáticos de la escena musical alternativa en los noventa. Todavía hoy, la voz abiertamente crítica de Eddie Vedder apuntala una tradición opositora al hubris del gobierno más poderoso y peligroso del planeta. Por ello resulta increíble recordar que en algún momento Kurt Cobain tachara a la banda de Vedder de “marioneta corporativa”, pero es que los estándares que los regían eran muy distintos a los actuales. Para ellos, el éxito comercial llegó a significar fracaso, mientras que la acusación de ser “comercial” y haberse “vendido” era una pena que acechaba a quienquiera que se valorara como un ser humano.
Pero ahora, tal como dice el crítico David Marx, parece que vivimos en un mundo donde finalmente se impuso la perspectiva comercial como nuevo paradigma en el arte. Sabemos que el dinero por sí solo no puede impulsar la creatividad, pero dejó de escucharse la oposición más radical que mantenía el balance. Lo anterior ayuda a comprender el impasse artístico que nos aburre, por ejemplo, en el cine y en la moda, pero también como parte de un problema general de creatividad, con repercusiones en la ciencia, la economía y el gobierno. Me parece que una forma de salir de este enclaustramiento consiste en alcanzar una perspectiva emocional sobre el dinero que nos permita valorarlo no como un elemento positivo o negativo en nuestras vidas, sino como una parte esencial de nuestra historia, con la que es necesaria una relación emocionalmente saludable.
Y tecnológica
Similarmente a como sucede con la confusión entre el éxito comercial y el valor artístico —que, más que ser contrarios, requieren de la mediación introspectiva que los vincule vitalmente—, el progreso tecnológico se ha llegado a identificar con la abundancia. Las apps, por ejemplo. Al principio solo había unas cuantas apps básicas, como las que daban las noticias y gestionaban los correos. Ahora hay apps que te retan a lanzar tu celular lo más alto que puedas para luego ver si lo atrapas. Sin embargo, sigue siendo más fácil llamar y pedir una pizza.
Después de todo, ¿qué progreso hay en un centro de lavado con pantalla para ver YouTube cuando sigue recurriendo a los mismos procesos de secado y lavado de hace cien años? La música no ha sido la única empobrecida gracias al dogmatismo incuestionado de la lógica comercial; hay un mundo por descubrir —en el arte y los electrodomésticos— que aparecerá cuando hagamos las paces con el dinero.
Un pobre elefante electrocutado
El poeta persa Saadi decía que “lo que nos causa una buena sensación en el corazón, le parece bello a nuestros ojos”. No importa que sea una persona o un producto: lo que nos haga sentir influenciará la opinión que tengamos de ellos. Los “experimentos” de Edison con corriente alterna hicieron que las personas sintieran miedo a los postes de luz, pero, cincuenta años después, una alegre campaña publicitaria logró convertir a la energía nuclear en la imagen de un futuro brillante.
Aunque hoy la IA se hace acompañar del mejor de los discursos, sus experimentos y costos —ambientales y energéticos— están provocando cada vez más resistencia, a tal grado que los CEO de Nvidia y Microsoft han pedido que dejemos de hablar mal de la IA. Por el contrario, los mejores finales tienen detrás las mejores historias, y un mundo donde la tecnología y el dinero pongan fin a los males de la época solo será posible si se promueve la crítica desobediente del presente para construir la narrativa de una cultura memorable.