¿Escucharon sobre la campaña de seducción que México desplegó en Davos? Lo dudo, porque no hubo. México estuvo prácticamente ausente del frenético Foro Económico Mundial de la semana pasada. En sí, esto no es nada nuevo. Desde 2018, el país vive absorto en un proyecto político introvertido que trata al mundo exterior, en el mejor de los casos, como algo ajeno y, en el peor, como algo peligroso. El expresidente Andrés Manuel López Obrador (alias AMLO) rechazó deliberadamente los foros internacionales. Su sucesora, Claudia Sheinbaum, es más cosmopolita, pero se ha ceñido en gran medida al mismo guion, realizando solo cinco breves viajes al extranjero en casi 16 meses en el cargo. Aún no ha visitado la Casa Blanca ni ha salido del continente.
Pero como el presidente Donald Trump se apropió de la reunión de Davos e impuso sus melodramas, la ausencia de Sheinbaum hasta parece sensata. México ya está sometido a una intensa presión por parte de Estados Unidos en materia de seguridad, comercio y asuntos legales; exponer a Sheinbaum a una posible humillación pública, como le pasó a otros líderes, habría sido poco beneficioso.
Pero confundir la prudencia con la invisibilidad es un grave error. México tiene mucho de qué enorgullecerse sobre su impacto en la economía global: es uno de los principales exportadores del mundo, es el principal proveedor de EE.UU. y, más recientemente, es el mayor comprador de productos estadounidenses. También es uno de los grandes ganadores de la reorganización de la cadena de suministro provocada por la fragmentación geopolítica. Tanto el gobierno como las empresas deberían difundir constantemente este mensaje, especialmente ahora que estamos a tan solo unos meses de la Copa Mundial de Fútbol en el Estadio Azteca. En cambio, la estrategia predominante ha sido mantener un perfil bajo y evitar darle a Trump razones para mencionar al país.
Lo irónico es que el interés por México rara vez ha sido tan grande. En octubre, el Foro Económico Mundial trajo una delegación de 60 altos ejecutivos, encabezada por Larry Fink, de BlackRock Inc., para reunirse con Sheinbaum. Les atrajo la posibilidad de que su gobierno de izquierda adoptara una postura más favorable a los negocios tras la salida de AMLO. Sin embargo, cuando se le invitó a intervenir en Davos, la presidenta respondió enviando a un solo miembro de su gabinete: la secretaria de Medio Ambiente, Alicia Bárcena, encargada de hablar sobre “la prosperidad dentro de los límites planetarios” (Altagracia Gómez, coordinadora del Consejo Asesor Empresarial de Sheinbaum, también asistió, aunque no es una funcionaria del gobierno).
Seamos justos: las dudas de un movimiento de izquierda como Morena, el partido de AMLO, sobre un desfile de riqueza como Davos son comprensibles. El evento llega a ser hiperbólico y no es la fórmula secreta para mantener el auge económico. Pero México necesita urgentemente inversión privada y no puede darse el lujo de ignorar ninguna oportunidad de atraerla, especialmente cuando el orden mundial está cambiando de forma tan drástica. La segunda economía más grande de América Latina está estancada en la estanflación y, con poco margen para el estímulo fiscal, solo un sector privado revitalizado puede reactivar el crecimiento de manera significativa.
Esta cautela se extiende más allá del gobierno. Las empresas mexicanas también se han mostrado reacias a hablar en nombre del país. Solo conté siete líderes empresariales mexicanos inscritos para asistir a Davos, en contraste con los 24 de Brasil. Cuando la presidenta se queda en casa para minimizar el riesgo, marca la pauta para México SA. Una señal similar emana de otras partes del gobierno, consumidas por las incesantes peticiones de EE.UU., y del banco central, donde la gobernadora Victoria Rodríguez se ha mostrado claramente reticente a reunirse con inversionistas o analistas financieros, o incluso a asistir a las reuniones en las que suelen participar los banqueros centrales.
Una de las razones es que, bajo la cortés retórica pública, las relaciones entre el gobierno y las empresas son cada vez más tensas. Si se habla en privado con los ejecutivos, estos señalan la creciente incertidumbre política creada por los cambios institucionales de Morena, desde la dañina reforma judicial del año pasado hasta el próximo reacomodo electoral. Esto dificulta que los líderes empresariales defiendan públicamente la política del gobierno. Además, se avecina la revisión del T-MEC, el acuerdo comercial norteamericano que México espera negociar con la Casa Blanca este año. La imprevisibilidad de Trump y su retórica cada vez más intensa han generado tal ansiedad entre las autoridades políticas y las empresas, que pocos están dispuestos a crear polémica.
Pero buscar pasar desapercibido no es una estrategia. Como dice Damian Fraser, fundador de la empresa de comunicación corporativa Miranda Partners, con sede en Ciudad de México, México se ha centrado tanto en impulsar la revisión del T-MEC que está perdiendo de vista el objetivo más amplio: atraer inversiones. “Hay que promover a México, con o sin el T-MEC”, me dijo. “No alcanzaremos los objetivos de inversión si nos escondemos por miedo a molestar a Trump”.
Sí, México se beneficia de una gran red de instituciones que promueven los lazos bilaterales, como la US-Mexico Foundation y AmCham. Pero si miramos alrededor, no vemos que los grandes nombres del capitalismo mexicano —desde la familia Slim hasta Bimbo, Cemex o Femsa— actúen como defensores públicos del país.
Esto no es un argumento a favor de los discursos grandilocuentes al estilo de Mark Carney. Para bien o para mal, el destino geopolítico de México ha estado determinado en gran medida por la geografía, la historia y la economía: una profunda integración con el mercado estadounidense, incluso en materia de seguridad. Los llamamientos a Sheinbaum para que emule la postura confrontativa de Canadá malinterpretan tanto la política interna de México como la de Canadá. Dar prioridad a una relación funcional con Trump es realista. Pero es posible evitar la confrontación y, al mismo tiempo, presentar un argumento convincente a favor de México como destino para la inversión, el empleo y el crecimiento a largo plazo.
Por ahora, México está defendiendo esa postura con demasiada timidez. Las sesiones fotográficas con los directores ejecutivos visitantes en el Palacio Nacional o los ocasionales anuncios de inversión durante la rueda de prensa matutina de la presidenta no son suficientes. El mensaje que envían a los inversionistas es que deben darse la pena de descubrir México por su cuenta, en lugar de ser cortejados de manera activa. Esa impresión no ha hecho más que profundizarse desde que AMLO desmanteló ProMéxico —la agencia de promoción de inversiones del país—, recortó el presupuesto diplomático y se desvinculó de la comunidad empresarial. Para un país que necesita capital tanto como México, el silencio no es prudencia, es negligencia.







