La Fiesta Está Viva

Los Godos

El toro es un misterio y quien no fracasa 100 veces jamás podrá gozar del privilegio de un martes llevar el vino a la mesa de ‘Los Godos’.

Una de las mejores costumbres que emanan de la pasión por la tauromaquia es la tertulia, la sobremesa, el intercambio de ideas, conceptos, apreciación del arte del toreo, del misterio de la bravura, de la emoción inenarrable de gozar el toreo.

32 años atrás, casi sin ponerse de acuerdo, un pequeño grupo de amigos ganaderos de bravo se reunieron a comer un martes. Lo que parecía una comida de trabajo, terminó en sabrosa plática de toros. A la semana siguiente se reunieron de nuevo, en martes, en el hotel Palace de la Ciudad de México, a un costado del Monumento a la Revolución. Así han pasado ya más de tres décadas, han cambiado la sede, mucho ha sucedido y evolucionado. Nuevas generaciones se han sumado aportando interés, respetando jerarquías y absorbiendo el conocimiento de los mayores en una manifestación de legado oral acerca de los secretos del toro, del medio y de su historia, y cómo no, también una buena parte se aplica al verbo “taurinear”, ese sabroso ejercicio de enterarse de carteles, ferias, apoderamientos, chismes, traiciones, lealtades y todo aquello que tiene que ver con el medio taurino.

Honor recordar a quienes se han adelantado en el paseíllo: don Valentín Rivero, don Raúl González, don Francisco Madrazo, don Jorge Barbachano, don Javier Garfias y don Pablo Labastida.

Un lujo escuchar a los hombres que con el pelo en plata siguen hablando bien de toros, honrando la esencia de la mesa; aunque existan acaloradas discusiones, estos hombres mantienen el temple y nobleza de la bravura; Jorge de Haro —quien es uno de los fundadores de este sano ejercicio de reunirse con los amigos a comer semanalmente—, Ramiro Alatorre Córdoba, Rodolfo Vázquez, Gonzalo Yturbe, Alejandro Martínez Vértiz, José Marrón, Jorge Martínez, Manuel Sesscose, Manuel González, Carlos Castañeda, Toño de Haro, Ramiro Alatorre Rivero y Francisco Cordero.

Con el paso de los años han ido desarrollando sanas costumbres, una de ellas me parece de máxima categoría, cuando alguno de ellos lidia y triunfa, cosa que gracias a su gran concepto y amor por el toro sucede muy seguido, el ganadero en turno lleva el mejor vino de su casa a la mesa y todos brindan por el éxito obtenido, aunque como no podría ser de otra manera en una mesa de amigos, se suelta alguna guasa fina, bien intencionada, pero guasa al fin.

Cuando las cosas no se dan bien en una plaza de toros, la mesa puede tener aún mayor presencia de amigos, se habla de las razones que pudieron tener injerencia en la tarde aciaga o en el fracaso, que los ha habido y habrá, ya que el toro es un misterio y quien no fracasa 100 veces jamás podrá gozar del privilegio de un martes llevar el vino a la mesa de “Los Godos”.

Llevo media faena escrita y no les he contado por qué esta mesa recibe el título de “Los Godos”. Haré referencia textual del texto escrito por Carlos Castañeda acerca del origen del nombre:

“De Ataúlfo a Rodrigo durante tres siglos gobernaron España los reyes visigodos. Del año 410 al 711. La mayoría de ellos murieron a espada. ‘Tlaxcala tierra de godos, parientes y enemigos todos’, decía Paco Madrazo, supongo haciendo referencia a la forma de vida y muerte de esos gobernantes que fueron un puente entre la edad antigua, la edad moderna, y la llegada de los árabes a lo que es hoy España”.

Otra costumbre que me parece formidable y sana, que además honra la esencia de la mesa, es que anualmente llevan a cabo una tienta concurso, alternando la sede. De esta manera el anfitrión recibe a los ganaderos concursantes en casa, llevando cada uno una vaca escogida y realizándose una tienta en rigor, con reglas muy claras y donde cada ganadero califica las vacas menos la suya. Aquí sí que hierve la sangre, el orgullo aflora o se traga. Los toreros que suelen ser tentadores de cada casa, saben lo que ahí se juega y el tentadero adquiere un nivel taurino formidable, donde no caben las excusas ante los ojos de los rivales amigos. La semana pasada y debido al inventario de toros que todos ellos tienen, cambiaron la tienta por un festival con toros muy serios, sin concurso, solamente por el gusto de celebrar los 32 años de amistad, de ser colegas, amigos hasta la muerte y hermanos de vida. Diego Silveti como matador, dio muestra de madurez y gusto. En un gesto que me pareció de gran significado, invitaron a cuatro novilleros que estuvieron a la altura y nos hicieron gozar, Héctor Gutiérrez, Juan Pedro Llaguno, Eduardo Neyra y Alejandro Adame tenían en el rostro antes del paseíllo la responsabilidad del evento.

Resultó la tarde magnífica, el restaurante Campo Bravo en San Juan del Río fue la sede, bello lugar y una joya gastronómica. Los toros resultaron buenos, cada uno con el matiz de su criador, y todos gozamos. En la comida se habló de toros, se recordó a los amigos y se brindó no solamente por “Los Godos”, sino por su esencia, que es la vida misma alrededor del toro.

Deseo que esta mesa perdure muchos años más, que Dios les de salud a sus integrantes y bravura a sus toros, eje de su amistad, que se hable de toros, que se valore la sabiduría de los mayores, que se integren nuevas generaciones bajo la esencia de poder exponer con respeto el concepto y matiz que cada uno tiene del toro y de la Fiesta, al final el toro que todos buscan reúne características muy similares, el cómo y el por qué otorgan la diversidad que hace de la vocación ganadera un privilegio.

Dios les bendiga, gracias por aportar a la Fiesta el don de la palabra, por amarla y vivir para el toro.

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