Monterrey

Sara Lozano Alamilla: Entre las palabras y la obsesión

Hoy no escribo de elecciones, campañas ni pandemia, sólo un poco de política.

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Sara Lozano

Mi pasión y obsesión es el lenguaje, tengo un radar hipersensible para detectar entre miles de palabras la que está mal escrita, peor si está mal empleada. Los chats desde el ICQ hasta hoy me han entrenado en la paciencia y el perdón, para mí y para otros. ¡Se escribe tanto y todo el día! Sin embargo, no puedo seguir si Word subraya algo en azul o rojo, todo se interrumpe si no corrijo el error o le pido al diccionario que la agregue o la ignore.

Esta fijación no mejora cuando alguien habla, mentalmente corrijo el ‘volver a verte’ por ‘volverte a ver’ o viceversa, dependiendo de quién vuelve. Pasar ‘desapercibido’ no es incorrecto, pero es impreciso, para eso existe ‘inadvertido’. Además, ¿cuál es la necesidad de ‘apercibir’ si la intención es ‘percibir’? No me gusta la palabra ‘adecua’ y menos ‘adecúa’, prefiero el asunto que se negocia, no el que se negocía. No me agradan las palabras mal aplicadas que se vuelven correctas por el uso generalizado, el pobre diccionario va cargando acepción tras acepción.

No es purismo, es obsesión. El lenguaje es tan maleable, tan dócil, tan perfecto, tan dinámico y a la vez tan permanente, que me afecta si se le maltrata. Me cuesta mucho tolerar un ‘haiga’, pero no tengo problema con la dulce verbalización regia para hablar de su ‘suidad’. También me maravillan los meneos que las generaciones digitales van imprimiendo, la versatilidad con la que escriben entreverando letras, emojies, stickers y gifs con extremos signos de puntuación; estandarizando en siglas las frases trilladas y las mayúsculas si lo que se quiere es gritar. Sí, una aberración, lo silvestre del novato que algún día alcanzará su genialidad. Así de noble es el lenguaje.

Cosa diferente es confundirse con el ‘vamos haber’ sin ver que haber no tiene nada que ver; los enredos con el ‘ay, ahí o hay’ o el ‘rayado o rallado’ o ‘la aya, él haya, los halla por allá.

La magia del lenguaje está en lo que enuncia, lo que anuncia y lo que denuncia. Se cuela entre palabras el ruido que nos habita, quien bien lee/escucha descubrirá la verdadera intención. Es imborrable la impresión que deja una persona por lo que dice y cómo lo dice. No se enjuicia a nadie, poco se ha enseñado sobre el lenguaje, poco se ha explotado el manejo lógico-estratégico de las ideas, la identificación de audiencias y la reestructuración del discurso. Y no es soberbia, es obsesión.

Imposible dejar pasar a la grandeza de la coma, “la puerta giratoria del pensamiento”. Julio, se dedicó a jugar como legos con todas las grafías, a él nadie lo corrigió por usar mal esa pausa mental que provoca la coma, Cortázar así trocaba el rumbo de sus historias y paseaba con correa los sentimientos de sus lectores.

El lenguaje se reivindica, aunque sigan sin hacerle mucho caso. Apostaría a que Habermas leyó a Cortázar, este politólogo sostiene que al mundo le sobra racionalidad y le falta humanidad todo por desestimar la lógica de las palabras.

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