Opinión

Tantos muertos que ya
no importan a nadie

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Pedro Ramírez Vázquez

Han matado a un taxista, diría Javier Duarte. No, a quien ejecutaron este fin de semana en Guerrero era un activista, dirán otros. Un revoltoso menos, pensará más de uno sobre el homicidio el sábado de un líder de la UPOEG. No, han asesinado cobardemente a un buen tipo, a alguien divertido, humano, piensan quienes conocieron a Miguel Ángel Jiménez Blanco, fallecido por disparos de arma de fuego el sábado a bordo de su taxi, cerca de Acapulco.

Jiménez Blanco alcanzó notoriedad hace diez meses, cuando en medio de la tragedia de Ayotzinapa se puso a remover los cerros aledaños a Iguala para buscar a los estudiantes desaparecidos. Juan Diego Quesada, reportero de El País, lo contó así el 20 de octubre de 2014: “‘Los obligaban a cavar su propia tumba. Imagínese usted aquí en medio de la oscuridad sabiendo que se lo van echar. Se me pone la piel chinita de pensarlo’, explica Miguel Ángel Jiménez, el hombre a cargo de la expedición. Jiménez va en avanzadilla abriéndose paso con un machete. Cuando encuentra tierra removida le pide a los suyos que se afanen con el pico y la pala. ‘No hay que buscar profundo. Los sicarios son huevones. Si fueran trabajadores no matarían’, señala”.

El asesinato de Miguel Ángel Jiménez Blanco fue tan sólo uno más de muchos que hubo este fin de semana en Guerrero. Tantos que parecen ya no importar a nadie. Ni a quien cobra como gobernador de ese estado, ni a quien tomará posesión de la gubernatura ahí en octubre, ni a los partidos, ni a los diputados, ni a los alcaldes, ni al clero, ni a los empresarios que piden que hablemos bien de Acapulco, ni a… nadie en la Federación, en el Senado o en San Lázaro, en las ONG, en comisiones de derechos humanos, en… a nadie.

Al leer este lunes notas sobre la búsqueda de los estudiantes, y de otros desaparecidos, que Miguel Ángel Jiménez Blanco emprendió en Iguala, la memoria me llevó al caso, de hace 18 años, de otro Miguel Ángel Blanco (sin el Jiménez), asesinado en España por la banda terrorista ETA.

Ya sé que alguien podría encontrar exagerado, o forzado, comparar un muerto de la sangría de Guerrero con el secuestro del concejal del Partido Popular Miguel Ángel Blanco, a quien los terroristas mataron al cumplir un ultimátum criminal de 48 horas que pretendía que los presos de ETA fueran puestos en cárceles del País Vasco.

Nombres parecidos, muerte parecida, pero qué distinta la respuesta de las sociedades. Un caso que marcó para los españoles el basta ya a ETA. Así lo escribió diez años después José Luis Barbería: “Las gentes besaban la fotografía de Miguel Ángel Blanco, que poblaba, omnipresente, las calles, y escribían sobre ella palabras hermosísimas cargadas de amor y de tristeza, y también de determinación. España tenía el corazón roto y los ojos enrojecidos. Fue un asesinato a cámara lenta que provocó la catarsis ciudadana, el llanto y quebranto de la nación de las personas de bien, la explosión de las emociones más puras y la forja de una renacida voluntad por acabar con esos sujetos tan despiadados” (El día en que todos fuimos Miguel Ángel Blanco El País, http://bit.ly/1KeSzJj).

El sábado mataron en Guerrero a Miguel Ángel Jiménez Blanco, quien en su día removió con sus propias manos la tierra para encontrar a los chicos de Ayotzinapa y a otros desaparecidos.

Un muerto más en México, diremos todos con hastío paralizante. Y no diremos nada más.

Twitter:
@SalCamarena

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