Opinión

Peña Nieto perfila cambios

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Enrique Peña Nieto

En la prensa pasó inadvertido el cambio estratégico que hizo el presidente Enrique Peña Nieto hace unos días en la Oficina de la Presidencia. El énfasis fue en la redundancia que se fundía la vocería con la Dirección de Comunicación Social, que de facto ya lo hacía Eduardo Sánchez, y la incorporación de un experto en manejo de crisis, Paulo Carreño, para servir de enlace con los medios extranjeros y que a través de una gestión global mejore la marca país. Lo importante, por lo que significa en el corto plazo, ocurrió en otra área, la Oficina de la Presidencia, que encabeza Aurelio Nuño.

El escueto comunicado de Los Pinos anunció la desaparición de la Coordinación de Estrategia y Mensaje –spots y propaganda, básicamente– que encabezaba Andrés Massieu, así como la de la Coordinación de Vinculación, acéfala desde que su titular Jesús Ramírez Stabros, atrapado en un conflicto de interés, tuvo que renunciar en septiembre pasado. La nueva Coordinación General de la Oficina de la Presidencia será manejada por Massieu, quien de esa forma avanzó al puesto número tres en importancia dentro de la presidencia, sólo debajo de Peña Nieto y Nuño. Las señales están ahí.

En la política, la semiótica juega un papel central. Los presídiums en los eventos de los presidentes sirven para mostrar cómo están los afectos y los desamores del líder del gobierno. Salvo los lugares y funciones que por protocolo se cumplen –como en dónde sientan a los secretarios de Gobernación, Relaciones Exteriores, Defensa y Marina–, quiénes están cerca, por decisión presidencial, dice más que muchas palabras que, en estos niveles, sólo causan ruido.

Por ejemplo, ¿por qué fue el secretario de Hacienda quien acompañó al presidente a la unción del Papa Francisco, cuando sus funciones son tan extrañas a ese campo? ¿Por qué el secretario de Gobernación, jefe del gabinete, no lo acompañó a la reunión en la Casa Blanca con el presidente Barack Obama? ¿Por qué sí estuvo Nuño, quien habló en privado con el secretario de Estado adjunto, Tony Blinken en su reciente visita a México, pese a no tener representación formal de gobierno?

El presidente le ha venido dando un trato de confianza excepcional a Nuño, tanto en lo personal como en lo profesional. Su agenda está entregada a su planeación –lo que le trajo diferencias con uno de sus mentores, el secretario de Hacienda, Luis Videgaray–, y durante las negociaciones con los partidos dentro del Pacto por México fueron él y el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, quienes mantenían el diálogo con los líderes de los partidos y concretaban los acuerdos. Entre quienes revisaron, cuestionaron y aprobaron las listas para diputados y senadores, se encuentra él.

Nuño es tan poderoso en temas políticos como lo fueron los secretarios particulares de Ernesto Zedillo (Liébano Sáenz) y Adolfo López Mateos (Humberto Romero). El presidente le ha dado ese poder porque le funciona. Este nuevo cambio en Los Pinos sería inentendible si en el diseño de Peña Nieto para después de las elecciones de junio, no juega un papel crucial enfilado al tablero sucesorio. La Oficina de la Presidencia lo anula para un cargo de elección popular en dos años y medio, y no es una plataforma adecuada. Llevarlo al gabinete o al PRI, es mover un alfil dentro del gran esquema que debe tener Peña Nieto para lo que resta de su sexenio y la sucesión presidencial. Es una réplica de sus acciones tácticas cuando preparaba su sucesión en el Estado de México.

Pero el presidente, puede uno alegar, no podría pensar en deshacerse de Nuño –para utilizarlo estratégicamente en otro cargo– sin antes no tener perfectamente articulada su oficina para evitar que la centralización que ha sido la marca, sufra desperfectos, se paralice o, peor aún, se desplome. En esta línea de pensamiento –hipotéticamente hablando– entra Massieu, un hombre cercano e incondicional de Nuño, quien con sus nuevas tareas alcanzará varios objetivos.

Uno es que al dejar de ser pares de muchos y convertirse en su superior jerárquico, al tiempo que acompaña a Nuño como su segundo, lo dotan de toda la autoridad para que sea él quien hable o instruya a nombre del jefe de la Oficina de la Presidencia. Es decir, está en el proceso de empoderamiento. Otro, hacia el exterior de Los Pinos, es la interlocución que por trabajo empieza a tener con el gabinete, que con este nombramiento sabrán que el que habla tiene la autoridad plena para hacerlo, y para llevar de regreso los mensajes que el equipo envíe a la Presidencia; es decir, la legitimidad.

El presidente Peña Nieto no ha hecho cambios estratégicos en su gobierno, pero no significa que no los ha pensado. Uno ha sido el de Nuño, con quien incluso coqueteó la idea de enviarlo como coordinador del PRI en la próxima Legislatura en el Congreso, pero decidió en contra por alguna razón. Al haber sido el responsable de la redacción y negociación de la reforma educativa, ese despacho parece natural. No son los únicos espacios que se abrirán y quizás, como actuó Peña Nieto en Toluca, espera los resultados de las elecciones para la decisión final.
La llegada de Massieu es el primer paso del ajedrez presidencial de la sucesión, que pronto deberá mostrar sus primeras jugadas para 2018.

Twitter: @rivapa

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