Opinión

Medalla empresarial

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El Senado de la República entregó a Alberto Bailléres la medalla Belisario Domínguez. (Eladio Ortíz)

La Revolución Mexicana fue contemporánea de la Rusa. Compartió también la fascinación por el colectivismo que nos permitiría hacernos ricos y al mismo tiempo igualitarios. Ambas revoluciones fueron referencia. La nuestra, en América Latina, la Soviética, en todo el planeta. Se puede demostrar, sin mucha dificultad, que ambas ocurren porque había razones para ello: millones en la miseria, unos pocos en la abundancia. Pero también puede demostrarse, sin dificultad, que ambas fueron un gran fracaso. En los dos casos, el resultado fue un gobierno autoritario, y totalitario por momentos (en México, al menos, de 1935 a 1938; en Rusia, todo el tiempo de Stalin). Y la herencia de las revoluciones, cien años después, no creo que pueda festejarse. La Mexicana mostró su inutilidad para 1982, y desde 1986 inició su liquidación; la Soviética desapareció en 1991.

Pero también lograron, ambas revoluciones, heredarnos un conjunto de creencias. En ambos casos, por décadas de adoctrinamiento, creo que mucho más exitoso en México que en Rusia. Nosotros aprendimos desde niños a través de libros de texto gratuito que repetían el catecismo del nacionalismo revolucionario. Y eso era lo que los maestros conocían, y en lo que creían. Y sigue igual. De ahí nuestra repulsión por los empresarios, los estadounidenses, y tantas otras cosas. Ya alguna vez lo comentamos aquí, pero vale la pena repetirlo.

La generación de riqueza sólo ocurre cuando se enfrenta el riesgo. Sin riesgo, no hay riqueza alguna. De forma que una sociedad sólo puede producir riqueza cuando existen personas dispuestas a enfrentar el riesgo. Si la sociedad decide eliminar el riesgo, no habrá generación de riqueza. Seguramente habrá redistribución: no de ricos a pobres, sino de unos a otros. Empresas rescatadas de la quiebra u obreros protegidos del despido no son otra cosa que lastres de la economía que tienen que ser pagados por otras empresas y otros obreros, que no pueden encontrar espacio para producir. Las personas que enfrentan el riesgo, y con ello abren la posibilidad de generar riqueza, son los empresarios. Así, la persona más importante en una economía moderna es el empresario: el creador de riqueza, de espacios para la producción que pueden ser ocupados por tantos otros que no tienen la misma voluntad de enfrentar el riesgo, pero están dispuestos a producir y tienen habilidades para ello. Ellos serán empleados por quien tuvo la voluntad de enfrentar el riesgo: el empresario.

En nuestro catecismo laico, el empresario es el maligno. Es el explotador que abusa de obreros y campesinos. Es, además, amigo de extranjeros y súbdito de la Iglesia, porque así se construyó el mito revolucionario. Para la izquierda mexicana, que es ese muégano que va desde el PRI hasta Morena, pasando por el PRD y Movimiento Ciudadano, el empresario sigue siendo el maligno. Mucho más, mientras más dinero tenga. No podría ser distinto, así los educó la Revolución. A ellos, y a millones de mexicanos.

El otorgamiento de la medalla Belisario Domínguez a Alberto Baillères ha producido grandes molestias en estos grupos denostadores del empresariado. Aderezan sus quejas con referencias a la historia familiar del empresario o comparaciones con otras fortunas, pero en el fondo el enojo les sale de las entrañas. Del catecismo aprendido desde su más tierna infancia. De poco sirve demostrarles que sus creencias son absurdas, jamás lo podrán aceptar. Son creyentes, y eso es todo. Además, Baillères comparte con la familia Garza Sada una de las más importantes herencias al país. Baillères con el ITAM, Garza Sada con el Tec de Monterrey, han dotado a este país de educación globalmente competitiva. Pero eso incrementa el odio entre los detractores. Una lástima.

El autor es profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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