Opinión

Leyes

 
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Las comisiones unidas del Senado sesionaron durante casi seis horas para debatir sobre las leyes secundarias de telecomunicaciones. (Eladio Ortiz)

Los mexicanos creen que las leyes no son obligación, sino sugerencia. Para eso sirve el semáforo en rojo, para sugerirnos bajar la velocidad y cruzar con un mínimo de precaución. Y si respetar los derechos de otros, incluidos los derechos de propiedad, es una simple recomendación, entonces robar se convierte en el pasatiempo nacional.

Mire de qué tamaño es el problema que la primera gasolinera que no es de Pemex, la instalada por BP en Santa Fe, tiene colas de automovilistas que, dicen, van ahí porque les darán litros completos. Creen que todas las demás roban. Como lo hace la empresa misma, cuando 'pierde' 120 mil millones de pesos al año en refinar la gasolina. O peor, las poblaciones en Puebla que se dedican a robar el combustible de los ductos de Pemex. No un ladrón o dos, comunidades enteras. Parecido a las colonias de la Ciudad de México que tienen como actividad preponderante el robo a transeúnte: lo hacen algunos miembros de cada familia, que son cubiertos por los demás cuando la policía los llega a buscar.

La excusa común es que las leyes están hechas para beneficiar a los ricos y poderosos. Se trata de una mala excusa. Los ricos y poderosos no necesitan la ley para abusar de los demás, para eso tienen ya el dinero y la fuerza. Eso es lo que hacen los criminales, que ahora llamamos organizados: gracias a su poder de fuego y sus recursos, saquean a las poblaciones. Hace años ocurría poco y en lugares aislados. Ahora parece ser la norma. Antes decían que eran de Los Zetas, ahora dirán que son Ardillos o Rojos o del CIDA o del Cártel Jalisco Nueva Generación. Nadie va a ponerse a averiguar. Esos grupos, y muchos otros, extraen recursos de la población porque pueden. Y para eso no sólo no necesitan la ley, les estorba.

La ley es el invento humano que ha servido para equilibrar fuerzas en las sociedades. Durante la mayor parte de la historia había leyes diferentes para diferentes grupos de personas. El caso más frecuente era que un grupo (monarcas, aristócratas, etcétera) tenía leyes mucho más suaves que las que se aplicaban al resto. Acá en México, durante la Colonia, tuvimos leyes diferentes para indios y para españoles (mestizos y castas). Pero es sólo a través de la ley que puede uno más o menos limitar a los poderosos y cuidar de los débiles.

Cuando alguien afirma que antes que la ley, lo que hay que aplicar es la justicia, lo que está diciendo es que, en cuanto tenga poder, decidirá quiénes son culpables, de qué y cómo castigarlos. En otras palabras, actuará como poderoso, abusando de los demás. Justicieros de ese tipo hay de sobra: Robespierre, Lenin, El Che y, en cierta medida, nuestro cura Hidalgo entrando en Guanajuato. O aquél que repartía justicia a todos, menos a sus amigos, a los que además dispensaba gracia.

Acordar reglas y cumplirlas permite vivir mejor. Todos sacrifican un poco (esperar unos segundos en el semáforo, ganar menos en la gasolinera, tener que trabajar), pero a cambio nadie pierde todo de golpe, a nadie se le quita su patrimonio o su vida sin mediar un proceso en el que puede defenderse en condiciones de igualdad.

Para que las reglas funcionen, es necesario que se castigue a quienes las incumplen. Si eso no ocurre, los que puedan las evadirán. Y los que pueden, por definición, son poderosos. Es decir, si no hay obligación de cumplirlas, las leyes no existen, el abuso no puede limitarse, y todos acabamos perdiendo. Quienes cometen delitos y no son castigados, los impunes, abusan de todos los demás. Hay dos tipos principales: los corruptos y los criminales. Lunes hablamos de qué hacer con ellos.

Profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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