Opinión

El tipo de cambio y la competitividad de México

 
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En noviembre, el dólar superó los 20 pesos. (Bloomberg)

Después de un decepcionante 2016 en materia de comercio exterior, año en el que las exportaciones de México cayeron 1.8 por ciento y sus importaciones se contrajeron 2.1 por ciento, el año 2017 ha comenzado con un fuerte impulso y muestra de ello es que en el comparativo de enero de 2016 al mismo mes de 2017 las exportaciones de nuestro país crecieron 11.4 por ciento, mientras que las importaciones se elevaron 10.0 por ciento. El dinamismo de las exportaciones mexicanas en el arranque de este año no es poca cosa, ya que su tasa de crecimiento es la más alta observada desde octubre de 2012.

Podemos señalar que parte de este crecimiento se debe al dinamismo de las fábricas estadounidenses, las cuales acumularon en febrero de este año su sexto mes consecutivo de crecimiento, pero también se debe a que varias empresas han comenzado a capitalizar la competitividad ganada por México al haber visto al peso depreciarse frente al dólar 32.0 por ciento en los últimos tres años, lo que ha vuelto nuestras exportaciones más baratas y nuestras importaciones más caras.

De esta manera, el derrumbe del peso mexicano ha hecho más en el corto plazo por la competitividad de México, que cualquiera de las reformas estructurales, de los apoyos de Proméxico, y que las políticas públicas instrumentadas por el gobierno federal.

Debemos tener en mente que el peso mexicano ha sido una de las monedas más golpeadas en los últimos tres años, sólo por detrás de la debacle del peso argentino. Con datos del Pacific Exchange Rate Service para el periodo de marzo de 2014 al mismo mes de 2016, a continuación se presenta la evolución de diversas monedas respecto al dólar estadounidense durante el periodo de marzo de 2014 al mismo mes de 2017. (En paréntesis se indica el porcentaje de depreciación): peso argentino (-49.0 por ciento), peso mexicano (-32.0 por ciento), peso colombiano (-31.7 por ciento), real brasileño (-25.6 por ciento), euro (-22.9 por ciento), dólar canadiense (-17.1 por ciento), peso chileno (-14.8 por ciento), yuan chino (-10.5 por ciento), yen japonés (-9.8 por ciento), dong vietnamita (-7.4 por ciento) y won de Corea del Sur (-6.0 por ciento).

Lo anterior implica que la competitividad ganada por México por el efecto del tipo de cambio ha sido respecto a casi todas las monedas importantes, y en especial destaca lo que ha sucedido en la relación con el yuan chino, ya que la cotización pasó de 2.1373 pesos por yuan en marzo de 2014 a 2.8138 pesos por yuan en marzo de 2017, lo que implica que sólo por el efecto del tipo de cambio los productos chinos se han encarecido en pesos en 31.7 por ciento en los últimos tres años.

No obstante lo anterior, en el comparativo de enero de 2017 respecto al mismo mes de 2016, vemos que las importaciones de productos provenientes de China aumentaron 4.8 por ciento, aunque la buena noticia es que nuestras exportaciones hacía dicho país crecieron 37.8 por ciento. Es necesario aclarar que esto no significa de ninguna manera que estemos cerca de tener un comercio exterior equilibrado con China, ya que la proporción de importaciones a exportaciones sigue siendo de 11 a uno en favor de China, de manera que tan sólo en enero de 2017 registramos un déficit comercial con el gigante asiático de menos cuatro mil 895 miles de millones de dólares (mmdd).

Otro aspecto a destacar de la depreciación del peso y su impacto de corto plazo en la competitividad es que ésta ha fortalecido la posición de México de cara a la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), ya que si ésta sale mal y Estados Unidos desea denunciar dicho tratado y retirarse de él, igual podríamos seguir siendo competitivos en el mercado estadounidense.

Si desaparece el TLCAN México tendría que pagar el arancel de Nación Más Favorecida (NMF) vigente por parte de Estados Unidos ante la Organización Mundial de Comercio (OMC); y de acuerdo a diversos análisis, el arancel promedio que pagarían las exportaciones mexicanas para entrar al mercado de nuestro vecino del norte sería de apenas 3.25 por ciento, tasa sustancialmente más alta a la que pagan actualmente de apenas 0.12 por ciento, pero sigue siendo una tasa baja cuando se toma en cuenta que el peso mexicano ha perdido 32 por ciento de su valor en los últimos tres años.

De hecho cerca de 5.0 por ciento de los productos mexicanos tendrían que pagar aranceles de 20 por ciento o más, en caso de que desaparezca el TLCAN, pero después de la depreciación del peso ya mencionada, hasta este arancel podía ser pagado y aun así tendríamos precios en dólares más bajos a los observados hace tres años. Es por esta razón que escuchamos declaraciones de los secretarios de Economía y de Relaciones Exteriores en el sentido de que México podría retirarse del TLCAN en caso de que no se obtenga una renegociación favorable para nuestro país. Es obvio entonces que si el peso no hubiera pedido 32 por ciento de su valor en los últimos tres años, el gobierno federal mexicano no estaría tan envalentonado respecto a los posibles resultados de la renegociación del TLCAN.

Por otra parte, es necesario señalar que la competitividad ganada con la depreciación del peso no ha estado exenta de costos, y uno de ellos es el impacto que esto ha tenido en la inflación, la cual llegó a 5.29 por ciento en la primera quincena de marzo de este año, mientras que el Índica Nacional de Precios al Productor (INPP) aumentó 9.46 por ciento en el periodo de febrero de 2016 al mismo mes de 2017. En este sentido es preocupante que la calificadora Moody´s, a través de Gersan Zurita, vicepresidente sénior de Credit Standard, tenga una perspectiva de que este año y el que viene la inflación pudiera llegar a superar 7.0 por ciento.

Esta alza en la inflación, ocasionada especialmente por el aumento de los precios de los combustibles pero alimentada por el alza del dólar, ha erosionado el poder de compra de los salarios, de manera que el aumento en las remuneraciones que se dio a principios de año ya quedó pulverizado y de hecho las percepciones reales han comenzado a caer en perjuicio del dinamismo del mercado interno. Es por esto que no debería sorprendernos que el crecimiento nominal de las ventas de las cadenas afiliadas a la ANTAD durante febrero de este año haya sido de apenas 2.7 por ciento.

Muchos pudieran pensar que ahora que el dólar ha bajado a niveles de 18.75 pesos, las presiones inflacionarias comenzarán a ceder. Esto es del todo cierto, ya que muchos importadores que son proveedores de materias primas y bienes intermedios para la industria nacional compraron coberturas cambiarias a finales del año pasado y a principios de este en niveles de 22 pesos por dólar, lo que significa que aunque el dólar bajara a 18 pesos, durante algún tiempo muchos insumos de la industria nacional serán vendidos con dólares de 22 pesos.

Las presiones inflacionarias además han ocasionado otros problemas en la economía nacional, como las alzas en la tasa de interés objetivo del Banco de México, la cual pasó de 3.0 por ciento en diciembre de 2015 al actual 6.25 por ciento. Esto sin duda frenará la inversión productiva y el consumo, al volver el crédito más caro. Sin embargo, el impacto más fuerte lo vemos en el aumento en el costo financiero para el sector público federal, el cual tiene una deuda pública total neta de 9.817 billones de pesos al mes de enero de este año, de manera que por cada punto porcentual que aumenta la tasa de interés, el costo financiero de ésta se eleva en cerca de 50 mil millones de pesos.

De esta manera, este año el costo financiero de la deuda del sector público será cercano a los 700 mil millones de pesos, nivel considerablemente superior a los 473 mil millones de pesos erogados para este fin en 2016. Así, los recursos para gasto de inversión se han visto disminuidos, al igual que se han visto impactados los ya de por sí escasos apoyos para aumentar la productividad de la micro, pequeña y mediana empresas (Mipymes).

A manera de conclusión podemos señalar que la debilidad del peso, causada por la propia debilidad estructural de la economía mexicana, le ha dado un impulso al sector externo y ha fortalecido la posición negociadora de México ante Estados Unidos. Sin embargo, esto no ha sido exento de costos. Es por ello que se vuelve fundamental capitalizar en todo lo que se pueda la competitividad ganada en el corto plazo. En este sentido, lo que puedan hacer la Secretaría de Economía y Proméxico para impulsar al sector exportador mexicano será de mucho beneficio para nuestro país. De igual forma, las propuestas que se han hecho para sustituir importaciones deben ser atendidas, porque hasta ahora pareciera que el evento que se organizó a principios de febrero para lanzar la campaña para consumir lo hecho en México fue meramente mercadológico.

Director general GAEAP (Grupo Asesores en Economía y Administración Pública).

Correo: alejandro@gaeap.mx

Twitter: @alejandrogomezt

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