Opinión

De aquí pa’l real

 
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Revolución mexicana. (culturacolectiva.com)

Uno. En vez de “Mover a México”, de lo que tanto se ufana hasta atosigar, el régimen actual se inmoviliza en un atolladero. Opacidad (por decir lo menos), expedientes abiertos, promesas tejidas de promesas, demagogia electrónica.

Aunque el tremedal viene de lejos. Y (me temo), no hay salida posible sin una exploración quirúrgica de los puntos ciegos en los que llevamos décadas sin rumbo cierto. El del regreso del PRI a Los Pinos (Palacio Nacional lleva rato de Salón de Fiestas), no es más que la última vuelta del incesante mordernos la cola.

Y, la verdad, no ayuda la amnesia sobre la Revolución Mexicana.

Dos. Nos cuadre o no, a nuestro siglo XX (si es que, en efecto, se había acabado el siglo XIX), lo marca a fuego la Revolución Mexicana con mayúsculas. Mezcla explosiva de secular desigualdad, reclamos regionales, ideas sociales, caudillos, infamias, perspectivas. Repertorio abigarrado de revoluciones con minúscula (la cultural una de ellas) y contrarrevoluciones varias.

Tres. Sin mayor esfuerzo conceptual, a la Revolución Mexicana podemos reconocerle varias etapas. Con sus antecedentes, la que va de 1910 a 1913. La de 1914 a 1921. La de la construcción del Nuevo Estado, que arranca con Venustiano Carranza y culmina con Lázaro Cárdenas. La de la postrevolución, de 1940 a 1968. Y la de la desinstauración entre 1968 y 2000. Año este último en el que el PAN (que no ha cambiado de siglas desde 1939) derrota electoralmente al Revolucionario Institucional.

Cuatro. Largo tiempo, la Revolución Mexicana emuló, metafóricamente, al Parque de Yellowstone, uno de los de mayor actividad tectónica y volcánica de la tierra. Sólo que sin limitarse a tres estados de la Unión Americana (Wyoming, Idaho y Montana), sino abarcando la casi totalidad del territorio nacional. Digo “casi” porque suele admitirse, por ejemplo, que la Revolución Mexicana no pasó por el estado de Chiapas (y, el colmo, a la fecha lo invade una plaga verde).

Cinco. Llama la atención que el gran movimiento social que estalla el 20 de noviembre de 1910, no aparezca ni por, pienso, en el discurso oficial de la actual administración; ni, el colmo, en el del partido que lo llevó a la Presidencia de la República. Despierta curiosidad cómo encararán, uno y otro, el centenario de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, la Revolución hecha ley. Y no falta mucho.

Seis. En fin, frente o contra la Revolución Mexicana se yerguen: la oposición panista, la genuina, de un lado; y, de otro, dos corrientes que resultarán a largo plazo, una fallida, la otra funesta. Pero que se propalan como nuevos paradigmas.

La “contestación” del 68 y el reformismo político que se dispara, en 1976, con la LOPPE. Desarticuladas en esencia, en vano se ha intentado, desde algún cubículo académico, fundirlas; vaya, meterlas en el mismo costal. Cuando en realidad sólo comparten el ADN del poder.

Siete. Dicho sin patrañuelas, aunque contracultural, en la ola planetaria de la rebeldía y exaltación juveniles, revuelta sexual y antiautoritaria, el 68 mexicano no suscribió, no en primer término, el salto democrático. Ni hacia la pareja, la familia, la fábrica, la escuela, la homosexualidad, la gestión urbana; ni hacia el sistema político representativo. Aunque, no tan soterrada, lo contaminó la sucesión presidencial de 1970.

Ocho. Dicho en plata, el reformismo político, esa pifia, esa industria delictiva que hoy por hoy lamentamos, nace de una simple coyuntura. Caballo de hacienda, López Portillo gana a nadie la Presidencia de la República. Alarma ruidosa del sistema que ya daba tumbos. Jesús Reyes Heroles, secretario de Gobernación, artífice de la LOPPE, se inspira en la brillante transición política española.

¿Procedía la comparación? En modo alguno. Aquí, por ejemplo, una “Cabeza” (estalinista) sin “Proletariado” que hubo que inventarle. Allá, en contrapartida un PSOE nacido en 1879 y un Partido Comunista en trance de eurocomunismo.

Nueve. Por aquí, por los mitos, deberíamos empezar.

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