Opinión

'Castlevania', ¿por qué
los videojuegos son adaptaciones complicadas?

 
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castlevania

Desde la reciente Assassin’s Creed, protagonizada por Michael Fassbender, hasta las atroces adaptaciones de Street Fighter y Mortal Kombat a mediados de los 90, el cine ha intentado traducir diversos videojuegos sin éxito. Parece inverosímil que atracciones como los Piratas del Caribe de Disneylandia se presten para mejores y más lucrativas películas que universos virtuales con la hondura de Warcraft, pero así es.

¿Por qué los videojuegos son adaptaciones tan complicadas? Tal vez la clave esté en los defectos de Castlevania, escrita por Warren Ellis, basada en la serie producida por Konami y disponible en Netflix desde hace algunos días.

Desde su primer cartucho para el Nintendo Entertainment System, Castlevania fue concebido como un pastiche del género de horror, desde el cine schlock hasta los personajes insignes de los estudios Universal y Hammer.

Dentro de sus niveles aparecían el monstruo de Frankenstein, la criatura de la laguna negra, la momia y Drácula, entre muchos otros. Siguiendo la costumbre de Konami de no revelar los nombres de sus diseñadores, los créditos colocaban como protagonistas a Lon Chaney, Bela Lugosi, Christopher Lee y hasta Terence Fisher. Castlevania, pues, se antojaba como una adaptación perfecta para una serie animada. No sólo tenía una deuda con el cine: a lo largo de 30 años había acumulado una narrativa llena de giros de tuerca, con un amplio elenco de héroes y villanos.

Aunque la serie de Netflix asombra visualmente, y si bien incluye una variedad de guiños que le darán gusto a cualquier fan de los juegos, Castlevania cojea de la misma pata que otras adaptaciones fallidas. El problema central está en los personajes. Al adaptar un videojuego de los 80 el escritor en turno debe rellenar y perfilar lo que en Nintendo eran pixeles casi carentes de rasgos.

El protagonista de Castlevania, la serie de televisión, es el mismo que en el videojuego, pero sólo nominalmente: uno es un personaje y el otro apenas un cascarón. Al trasladarlo de medio y darle características, Ellis opta por una suma de clichés más que por la curaduría de una personalidad, detalles físicos y motivaciones singulares.

Lo contrario –la especificidad en la caracterización– explica el duradero éxito de Pirates of the Caribbean. Muchas otras películas ostentan efectos digitales y costosos espectáculos, pero no todas tienen a Jack Sparrow. Qué peculiar era, con esa pinta andrógina y el acento de Keith Richards tras empinarse una botella de whisky; un sinvergüenza ayudando a los buenos por error.

Tantas secuelas han diluido su encanto y, sin embargo, el éxito de la saga es mayormente suyo. Quien quiera adaptar un videojuego a la pantalla grande (o chica) hará bien en seguir su ejemplo. Sin personajes concretos no es posible una buena adaptación, así esté basada en un casete de Nintendo o una montaña rusa.

Twitter: @dkrauze156

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