Financial Times

Trump se enfrenta a la realidad del comercio

La lucha política que actualmente se registra a nivel mundial es sobre quién se beneficia de los conocimientos y capacidades desarrollados por las empresas de los países de altos ingresos.
Martin Wolf Financial Times
22 noviembre 2016 20:19 Última actualización 23 noviembre 2016 5:0
FT. Trump se enfrenta a la realidad del comercio.

El presidente electo de EU debe decidir qué hacer con China. (El Financiero)

¿Pudiera China rescatar la globalización del comercio de su rechazo por parte de EU bajo el presidente Donald Trump? ¿Sería posible que la amenaza del liderazgo chino, o la presión de los negocios estadounidenses, persuadieran a Trump para que reconsiderara los acuerdos comerciales, incluso al Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP, por sus siglas en inglés) del presidente Barack Obama?

La respuesta a la primera pregunta es: sólo hasta cierto punto. Aunque China quisiera no podría reemplazar a un EU comprometido y abierto, pero podría ayudar. En cuanto a las intenciones de Trump, ¿son fijas o negociables?

El presidente Xi Jinping prometió este fin de semana un nuevo y valiente orden, dirigido por Beijing, caracterizado por la apertura al comercio y a la inversión. El TPP de Obama fue diseñado para excluir a China. Ahora, Trump ha anunciado que EU se retirará del acuerdo cuando él asuma el cargo. Esto le deja el camino abierto a China para seguir adelante con su alternativa: la Asociación Económica Regional Integral (RCEP, por sus siglas en inglés). Siete de los 12 presuntos miembros del TPP son miembros potenciales de la RCEP. El Sr. Xi también les ofrece a los países latinoamericanos acceso a la iniciativa “Un cinturón, una ruta” de China.

Sin embargo, existen límites de hasta qué punto China pudiera reemplazar a EU, y menos aún al Occidente, en el comercio mundial. Si observamos las proporciones del producto interno bruto (PIB) mundial a precios de mercado, una medida aproximada del poder adquisitivo real, la participación de China aumentó del 4 por ciento en 2000 al 15 por ciento en 2016. La participación de Asia (incluido Japón) es del 31 por ciento. Mientras tanto, EU y la Unión Europea (UE) conjuntamente representan el 47 por ciento del PIB mundial. Del mismo modo, a pesar de un crecimiento rápido, la porción de China en las importaciones mundiales fue sólo del 12 por ciento durante 2015, mientras que la de Asia fue del 36 por ciento. EU y la UE (excluyendo el comercio dentro de la UE) todavía representaron el 31 por ciento de las importaciones mundiales.

Además, esto subestima el papel de las economías de altos ingresos en el comercio mundial en dos aspectos significativos. En primer lugar, gran parte de la demanda final del mundo todavía proviene de estas economías: a precios de mercado, el consumo chino fue aproximadamente una cuarta parte del consumo de EU y de la UE combinados en 2015. En segundo lugar, y mucho más importante, el conocimiento que impulsa gran parte del comercio contemporáneo proviene de empresas en economías de altos ingresos. Las empresas chinas todavía no poseen una profundidad comparable de conocimientos y capacidades que puedan ofrecer.

En su libro “The Great Convergence” (La gran convergencia), Richard Baldwin de la Escuela de Posgrado de Ginebra clarifica la naturaleza del comercio durante la actual era, la “segunda globalización” desde la Revolución Industrial.

Su punto central es que el comercio siempre está limitado por los costos de la distancia, siendo los costos relevantes los de transporte, comunicación y contacto en persona. Durante la primera globalización, a finales del siglo XIX, la caída de los costos de transporte de bienes impulsó el rápido crecimiento del comercio mundial. Esto permitió crear un intercambio global de manufacturas en contraste con los recursos naturales y los productos agrícolas, principalmente de las Américas y de Australasia.

En esa época, sin embargo, era imposible separar el proceso de fabricación. Para competir dentro del campo industrial, un país tenía que dominar todas las habilidades necesarias.

Como resultado, la fabricación, y con ella los beneficios de las economías de escala y el aprendizaje por medio de la práctica, se concentraron en las economías de altos ingresos.

Además, los trabajadores modestamente calificados en estos países compartieron gran parte de estas ganancias y lograron, como resultado, ingresos e influencia política sin precedentes. Esto ocurrió porque tenían acceso privilegiado a los frutos del conocimiento desarrollado dentro de sus economías.

Hasta hace aproximadamente un cuarto de siglo, la única forma de entrar en este ‘círculo encantado’ era desarrollar industrias competitivas propias. Esto era difícil: pocos países lo lograron. Pero, durante la segunda globalización, los costos de la comunicación cayeron en tal medida que se posibilitó desmantelar (o fragmentar) el proceso productivo, ocasionando que la producción de componentes y el montaje final estuvieran dispersos por todo el mundo, bajo el control de fabricantes o compradores con el conocimiento relevante. Tal y como lo indica Baldwin, los trabajadores de Carolina del Sur “no están compitiendo con la mano de obra mexicana, con el capital mexicano y con la tecnología mexicana como lo hicieron en los años setenta. Están compitiendo con una combinación casi invencible de conocimientos estadounidenses y salarios mexicanos”.

La lucha política es ahora sobre quién se beneficia de los conocimientos y capacidades desarrollados por las empresas de los países de altos ingresos. Esa lucha plantea una importante cuestión: ¿quién debería ganar? ¿Favorecerá Trump a los trabajadores estadounidenses en vez de a los propietarios y administradores de compañías estadounidenses?

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