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Son monopolios amigos de las burocracias

El triángulo de Harberger es la pérdida para la sociedad conforme los monopolistas aumentan sus precios y lleva el nombre de Arnold Harberger, quien hace 60 años descubrió que los costos del monopolio eran alrededor del 0.1% del PIB de EU.
Tim Harford
12 agosto 2014 21:20 Última actualización 13 agosto 2014 8:10
Módulo especial Financial Times monopolios

Las grandes empresas nos rodean. Compramos nuestro café a media mañana de marcas globales como Starbucks. (Bloomberg)

“Se necesitan muchos triángulos de Harberger para llenar el vacío de Okun”, escribió James Tobin en 1977, cuatro años antes de ganar el Premio Nobel de Economía. Quiso decir que el gran problema en la economía no era luchar contra los monopolistas, sino prevenir las recesiones y promover la recuperación.

Después de la miseria de los últimos años, nadie puede dudar que prevenir la recesión y promover la recuperación hubieran sido muy buenas ideas. Pero los economistas deberían ser capaces de pensar en más de una cosa a la vez. ¿Qué pasa si los monopolios importan también?

El triángulo de Harberger es la pérdida para la sociedad conforme los monopolistas aumentan sus precios y lleva el nombre de Arnold Harberger, quien hace 60 años descubrió que los costos del monopolio eran alrededor del 0.1 por ciento del Producto Interno Bruto de EU –unos miles de millones de dólares en estos días, mucho menos de lo esperado y mucho menos que el costo de una recesión.

El descubrimiento del profesor Harberger ayudó a construir un consenso para que las autoridades de competencia se relajaran sobre el poder de las grandes empresas. Pero, ¿Nos hemos relajado demasiado?

Las grandes empresas nos rodean. Compramos nuestro café a media mañana de marcas globales como Starbucks, usamos gasolina de Exxon o Shell, escuchamos música comprada de un conglomerado como Sony (a través de iTunes de Apple), usamos computadoras que ejecutan Microsoft en un procesador Intel. Los servicios públicos cruciales –agua, energía, calefacción, Internet y teléfono– se suministran por unos pocos grupos dominantes, con contratos que asustan a cualquier competidor.

Está claro que no todas las grandes empresas tienen poder monopólico. Tesco, el monarca de los supermercados británicos, ha encontrado competidores de descuento que están amenazando su reinado. Apple y Google están suplantando a Microsoft. Y aun cuando el poder del mercado es real, el punto del profesor Harberger fue que tal vez importa menos de lo que pensamos. No obstante, su influyente análisis se centró en la fijación de precios de los monopolios. Ahora sabemos que hay muchas otras maneras en que las empresas dominantes pueden hacernos daño.

En 1989 las Beer Orders agitaron la industria de los pubs británicos controlada por seis fábricas de cerveza. La esperanza era que una mayor competencia llevaría a más cerveza más barata. No lo hizo. El precio de la cerveza aumentó. Sin embargo, también lo hizo la calidad de los pubs. Donde una vez cada pub había ofrecido sándwiches gomosos y urinarios malolientes, de repente hubo bares deportivos, “gastropubs” a luz de las velas y otras opciones. La competencia es mucho más que precios más bajos.

Los monopolistas pueden a veces utilizar su escala y su flujo de caja para producir innovaciones reales –los años de gloria de Bell Labs vienen a la mente. Pero el feroz estira y afloja de los competidores más pequeños parece una forma más fiable para producir muchas de las innovaciones importantes del diario.

Ese estira y afloja ya no está logrando lo que una vez logró. “El sector empresarial de la economía de EU está envejeciendo”, dice un documento de investigación de Brookings. Se trata de una tendencia en todas las regiones y los sectores, mientras que operadores tradicionales gozan de ventajas arraigadas. “La tasa de creación de empresas y el ritmo de dinamismo del empleo en la economía de EU se ha reducido en las últimas décadas... Esta tendencia descendente se aceleró después de 2000”, añade un estudio en el Journal of Economic Perspectives.

Eso se traduce en precios más altos y menos innovación, pero tal vez el juego es más amplio aún. El continuo debate en EU sobre la “neutralidad de la red” es realmente un argumento acerca de la forma menos perjudicial para regular la conducta de las compañías de cable que tienen monopolios locales. Si los clientes tienen una opción real sobre su proveedor de servicio de Internet, se necesitarían normas de neutralidad de la red sólo como un respaldo.

Como nos recuerda el debate, las grandes empresas gozan de poder como grupos de presión. Cuando tales empresas son monopolistas, el incentivo para cabildear aumenta porque las ganancias derivadas de las nuevas normas y leyes convenientes las afectan exclusivamente a ellas. Los monopolios no son amigos de una democracia sana.

Son, por desgracia, a menudo amigos de las burocracias gubernamentales. Esto no es sólo un caso de corrupción, sino también sobre lo que es conveniente y comprensible para un político o funcionario público. Si quieren hacer algo sobre el cambio climático, tienen una charla con las empresas petroleras. La obesidad es un problema a discutir con McDonald’s. Si cualquier cosa en el Internet hiere los sentimientos de un político, desde una supuesta infracción de derechos de autor hasta el “derecho a ser olvidado”, ahora hay una ventanilla única para ordenar todo: Google.

Los políticos sienten que ésta es una sensata, y casi agradable, manera de hacer negocios –pero ni los problemas en cuestión, ni el objetivo de una competencia vigorosa se resuelven como resultado.

Ninguna política puede garantizar la innovación, la estabilidad financiera, mayor concentración en los problemas sociales, democracias más saludables, de mayor calidad y precios más bajos. Pero la política de competencia asertiva mejoraría nuestras posibilidades, ya sea ayudando a los consumidores a tomar decisiones empoderadas, dividiendo las grandes corporaciones o bloqueando megafusiones. Tales enfoques estructurales son más eficaces que mirar por encima de los hombros de las grandes corporaciones y regañarlas; deberían ser una herramienta confiable del gobierno en lugar de un último recurso.

La libertad de llevar tu negocio a otro lugar no es una gran ni noble libertad –pero tampoco es una que debemos abandonar sin luchar.

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