Financial Times

¡Psst! ¿Han oído que el chisme nos hace bien?

El chisme tiene mala reputación. El diccionario Oxford lo define con desdén como “conversación sin restricciones... sobre otras personas, que típicamente incluye detalles que no están confirmados como ciertos.”
Lucy Kellaway
02 marzo 2014 18:37 Última actualización 03 marzo 2014 5:0
oficina móvil de Microsoft

Se sugiere que esta práctica es particularmente importante en las oficinas. (Cortesía)

Hace un par de semanas me topé con un hombre que antes trabajaba conmigo. Charlamos un poco sobre personas que conocíamos en el periodismo, y yo le conté que Fulano de Tal había dejado a su mujer y ahora cohabitaba con una de sus subalternas. Mi excolega frunció los labios. Yo no chismeo, me dijo.

Por unos dos segundos me sentí abochornada, pero después me enojé con él en vez. Qué mojigato. ¿Cómo se puede ser un experiodista y no chismear?

El chisme tiene mala reputación. El diccionario Oxford lo define con desdén como “conversación sin restricciones... sobre otras personas, que típicamente incluye detalles que no están confirmados como ciertos.” Pero, siempre me ha parecido uno de esos raros placeres culpables donde el placer pesa más que la culpabilidad. El daño que recibe el sujeto del chisme es generalmente ínfimo, mientras que la diversión y el sentido de compañerismo que crea entre los chismosos es considerable.

Sin embargo, según una reciente investigación de la Universidad de Stanford, publicada en Psychological Science, no sólo no he hecho ningún daño chismeando, he contribuido a que el mundo sea un mejor lugar. Hablar de la gente a sus espaldas aumenta la cooperación, mantiene el código moral, castiga a los egoístas y recompensa a los altruistas. Y si las personas saben que van a ser desterradas de la isla por mal comportamiento, no se portarán tan mal.

Si esto es cierto, sugiere que el chisme es particularmente importante en las oficinas. Nos ayuda a saber a quién evitar, socava el abuso, une a las personas y refuerza la cultura de una empresa.

Poco después de leer el estudio, me encontré en la misma situación al tomar café con un colega. Mencioné un reconocido locutor con quien yo había trabajado en el pasado y dije que aunque era evidente su talento, había algo en él que era, digamos, raro. Mi colega estuvo de acuerdo. Él también había trabajado con el hombre y dijo que era un divo y un abusador, y que los únicos puntos de vista que consideraba eran los suyos propios.

Escuché emocionada; en vez de sentirme manchada, me felicité a mí misma por haber contribuido al bien público al expresar mi desaprobación de los abusadores y los egoístas.

Pero entonces vi el punto débil del sistema. Para que el chisme promueva el buen comportamiento no es suficiente que la desaprobación tome lugar a espaldas de alguien. El sujeto tiene que darse cuenta –lo cual es más fácil dicho que hecho. La próxima vez que vea al locutor, no voy a escurrirme disgustada; probablemente seré bien agradable.

En efecto, lo que es verdaderamente sorprendente es –dado cuánto chisme hay (según el antropólogo Robin Dunbar, dos tercios de toda la conversación humana es chisme), y dado que todos nosotros somos objetos de chismes todo el tiempo– lo poco que sabemos sobre lo que la gente dice de nosotros a nuestras espaldas. Yo no tengo la menor idea de lo que la gente dice cuando no estoy presente –lo cual pudiera ser malo para mis posibilidades de mejoramiento, pero hace que mi vida sea más fácil.

Hay varias razones que explican por qué los chismes no llegan a los sujetos sobre los cuales se chismean. Primero, ya que se trata de algo a) secreto y b) casi siempre de veracidad incierta, estamos programados a no hacer nada al respecto. Un obstáculo aún mayor es que la jerarquía supera a la chismografía en toda instancia. Desterrar a alguien en base a chismes es particularmente imposible si la persona está por encima de uno en la organización.

Más fundamentalmente, hay dos problemas con la idea de que el chisme es una fuerza moral regulatoria. El primero es que el chisme necesita ser mayormente cierto –lo cual es dudoso dado su inclinación negativa. “!Psst! ¿Oíste que ‘x’ es un gran jefe y muy trabajador?” no es el mejor cuento. Segundo, el chisme no siempre está motivado por nuestros valores morales. Al divulgar el chisme sobre la concubina del periodista yo no estaba necesariamente defendiendo la santidad del matrimonio. Simplemente estaba indicando que esa noticia me parecía divertida.

En vez, el verdadero valor del chisme no tiene nada que ver con el sujeto del chisme y mucho con quien está chismeando. La semana pasada me presentaron a un banquero que resultó haber estado en la universidad a la misma vez que yo. Él mencionó el nombre de un contemporáneo famoso y entonces dijo, de forma oscura: “Tenía un pasado notorio. Nada ilegal, pero bastante loco”.

“¿De verdad?”, dije. “Cuéntame”.

Y me contó que este legendario hombre de negocios era un mujeriego inveterado, lo cual nos pareció sorprendente ya que no era muy bien parecido.

Este chisme no servía ningún propósito social o moral. Era algo en el pasado. Era tenue. Era bastante irrelevante. Y aun así resultó valioso. Me dijo algo sobre este banquero: Soy bastante divertido, pero no soy totalmente confiable.

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