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Los alces de Algonquin: safari lacustre en Ontario, Canadá

Algonquin, el más antiguo y famoso de los parques provinciales de Ontario, en Canadá, cobija más de 1,500 lagos. Un viaje en canoa por esta reserva, ubicada 260 kilómetros al noreste de Toronto, ofrece la posibilidad de ver y fotografiar alces en su hábitat natural.

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Foto: Marck Gutt

En verano, cuando los termómetros se acercan a los 30 °C, el parque Algonquin se convierte en el patio trasero de Toronto. La reserva natural más popular de la provincia de Ontario seduce a las visitas con promesas de calor y playas de agua dulce, pero no todos sus atractivos dependen del sol a tope.

Cuando los lagos vuelven a su estado líquido y la naturaleza sale del letargo invernal, miles de alces se dan cita en Algonquin. Buscan sal y la encuentran en las raíces de los lirios acuáticos. Es entonces, entre pronósticos de clima impredecibles y sitios para acampar prácticamente vacíos, que el parque se convierte en el escenario ideal para un safari fotográfico.

La compañía local Voyageur Quest organiza viajes con el fotógrafo Rob Stimpson con el objetivo de ver y retratar la fauna de Algonquin. Cada año, en junio, el safari lacustre sale en busca de alces. Las canoas, las tiendas de campaña y el conocimiento de campo corren por cuenta de los anfitriones. Las fotos de concurso, en cambio, son cuestión de suerte.

Algonquin en primavera y en otoño

El parque provincial Algonquin, con una extensión territorial superior a la de países como Luxemburgo o Trinidad y Tobago, no solo es famoso por su cercanía con Toronto. La reserva es hogar de más de 270 especies de aves y 50 especies de mamíferos, incluidos castores, lobos, osos negros y alces.

La mayoría de las personas que frecuentan Algonquin lo hacen cuando los días son largos y se prevé calor. Justamente por eso, la primavera y el otoño se presentan como una alternativa para explorar la reserva en busca de naturaleza. A cambio de sacrificar el ánimo estival y estar preparado lo mismo para sol que para lluvia, Algonquin muestra su cara más salvaje.

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Foto: Marck Gutt

En busca de alces con Voyageur Quest

Una o dos veces por temporada, en junio, Voyageur Quest ofrece un safari en canoas. El viaje consiste en pasar dos noches en la región. La primera: en una cabaña rústica, a orillas del lago Kawawaymog, equipada con un sauna a la leña. La segunda: en una tienda de campaña, dentro del parque, estratégicamente montada donde son más comunes los alces que las personas.

El primer día tiene la doble función de servir como rompehielos y mejorar la técnica de remo. Los siguientes días, río adentro y sin electricidad, ceden protagonismo a la naturaleza. Con poco más que canoas y un campamento, los ojos están puestos en cielos estrellados, alces desinhibidos y uno que otro loonie, el ave que da nombre a la moneda de un dólar canadiense.

La mirada experta de Rob Stimpson

El safari demanda pasar tiempo en una canoa y acampar en una isla virgen, pero el objetivo es claro: buscar animales, específicamente alces. Algunos asistentes se suman al viaje con binoculares y se dan por bien servidos cuando ven, relativamente cerca, al cérvido más grande del mundo. Para otros, los que cargan cámaras, ese es solo el comienzo.

Voyageur Quest organiza este viaje con Rob Stimpson, un reconocido fotógrafo canadiense especializado en naturaleza. Sus ojos, que han visto los parajes de Algonquin por décadas, encuentran fauna como las antenitas de vinil detectan la presencia del enemigo. El safari es una oportunidad para ver alces desde el agua, pero también para aprender de fotografía. Para Rob, estos viajes son una suerte de taller en los que comparte desenfadadamente su conocimiento.

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Foto: Marck Gutt

Viaje ideal para el candidato ideal

Canales que revelan lagos vírgenes y escenas protagonizadas lo mismo por tortugas mordedoras que por alces devorando lirios, son algunas de las escenas que augura el safari de Voyageur Quest. Para los que tenemos algo de David Attenborough en nosotros, aun sin experiencia en deportes de remo, el viaje es muy recomendable. Para los que sufren a falta de electricidad, señal celular y comodidades urbanas, este plan es un no rotundo.

Voyageur Quest se encarga de montar el campamento y tener la comida lista. Con aviso oportuno, el menú incluso se puede adecuar a restricciones alimenticias y dietas especiales. Dicho lo anterior, lo de acampar no es un eufemismo para glamping. No hace falta ser Lara Croft ni ganador de Survivor para disfrutar el viaje, pero es indispensable estar dispuesto a remar, caminar y dormir en un sleeping bag.

El viaje es grupal y tiene un cupo máximo de nueve personas más guías. Los lugares son limitados y se agotan con mucha anticipación. Si va en serio, es ideal planearlo con tiempo y reservar con varios meses de anticipación. La idea de hacer un safari otoñal está sobre la mesa, pero es solo una idea. Eso sí, una idea con postales de hojas rojas muy prometedoras.

Marck Guttman es fotógrafo, escritor y partidario devoto del turismo sostenible. Ha publicado más de mil historias en medios nacionales e internacionales y dirige el blogDon Viajes. En esta columna aborda temas turísticos relacionados con conservación, áreas naturales protegidas y desarrollo comunitario. Su cuenta de Instagram es don.viajes.

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