Península

Manzanero como me acuerdo y me lo contaron

Aprendí desde los 14, en las serenatas adolescentes de papás fúricos, que a los tríos se les podía pedir sus canciones y que se las sabían todas.

A todas éstas, a mí nunca me gustó que le pusieran Armando Manzanero al teatro Mérida, ese recinto con detalles art decó ubicado en el centro de la capital.

Por supuesto, no tenía pleito alguno con él. Aprendí desde los 14, en las serenatas adolescentes de papás fúricos, que a los tríos se les podía pedir sus canciones y que se las sabían todas.

Quizá Manzanero no era el mejor cantando, no obstante, para aquel Alejandro de los noventa, eterno enamorado papando moscas, Voy a apagar la luz le parecía una canción con versos dignos del libro de literatura.


Se lo comento, porque de veras me gustaba. Si en serio no quería que bajaran la palabra de la marquesina, es porque ya tenía claro que aquel nombre –Armando Manzanero Canché– muy bien podía enfundar el nombre de una avenida y no borrar el título ya bien puesto a un cine de provincia. 'Te sigues por la Armando Manzanero dos esquinas y llegas a mi casa'.

Como sea, bautizar nuevamente aquel recinto sólo vino reforzar la figura de un mito que seguía viviendo en la Ciudad Blanca, aunque estuviese en alguna otra parte del mundo. El Manzanero de carne y hueso, ya desde los setenta –calculo– se volvió omnipresente.

Quizá por eso, en cualquier cantina, a la tercera cerveza, o en la charla de señoras, se narraban verdades a medias o mentiras enteras sobre su ya remoto pasado yucateco que no puedo asegurar, pero de las que no puedo olvidarme: que no era de Mérida, sino de Seyé, que muy niño fue milpero y que cuando tocaba el piano en uno de esos viejos centros nocturnos –creo que Tulipanes, donde hasta un cenote había– algunos imbéciles de apellidos rimbombantes le gritaban que tocaba muy bonito, pero que se pusiera de espaldas, porque tenía la cara fea.

Entenderán que nada me consta, pero la última la creo más, porque, eso sí, su sola presencia desataba venenos duraderos, hipocresías gruesas y envidias de las malas en una urbe donde tener un apellido maya todavía es una maldición.

De hecho, recuerdo que, en un homenaje que le brindaron a don Armando en el Museo de la Canción Yucateca, un hombre gordo en guayabera a quien no conocía me dijo mientras lo teníamos enfrente: 'Indio, indio, pero hasta el Bosé se le planta y le dice maestro'. Sí, en todos lados se cuecen habas, pero a algunos en Mérida, el éxito de Manzanero los ponía como ollas express listas para cocinar el frijol con puerco de los lunes.

No puedo contar mucho más que eso. Sólo que crecí con su presencia como fantasma en una ciudad donde todo el mundo juraba haberlo visto cinco minutos antes.

De hecho, hasta se cortaba el pelo en la misma estética que yo –una foto grande en la pared de don Armando sonriendo probaba el hecho– y escuchaba misa en la iglesia de Itzimná, donde yo cantaba en el coro, al cual felicitó por sus grandes talentos justo dos años después de que yo me saliera. Cuento en broma que así comprobé que el Maestro tenía buen oído.

Por supuesto, también supe del escándalo, de acusaciones de maltrato y de declaraciones poco afortunadas que prueban lo que ya se sabe: que fue un hombre de otros tiempos, de chaperón para el cine, visitas hasta las ocho y besos sólo en lo oscuro. ¿Quién soy yo para lanzarle piedras a nadie? Aquí junto a mí tengo mis propias vigas y pajas.

Me quedo con el paréntesis que Manzanero me representa entre el rock y el jazz o entre Sor Juana y Octavio Paz, a quienes sigo adorando. No todo lo que ha escrito me encanta ni pienso que sea el cantautor perfecto, pero siempre valdrá la pena llegar tarde por no apagar la radio del coche al escuchar Somos novios, Esta tarde vi llover o Voy a apagar la luz.

Sí, al menos esa última, merece un lugar en el viejo libro de literatura de la prepa.

*Alejandro Fitzmaurice Cahluni (Mérida, 1980) es periodista, escritor y catedrático. Actualmente prepara una serie de crónicas: turbias letras de la Ciudad Blanca.

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