El mito de la caverna de Platón y la cueva de Belén
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El mito de la caverna de Platón y la cueva de Belén

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El mito de la caverna de Platón y la cueva de Belén

12/12/2018

El mito de la caverna en Platón, pretende mostrarnos de modo análogo el gran privilegio del hombre, la importancia del conocimiento. Éste, según el mito, es bastante limitado, estamos encadenados desde que nacemos en una cueva que tiene en la entrada una hoguera, y en la pared de la cueva apreciamos las sombras que revelan la realidad. La filosofía de Platón pretende liberarnos de estas ataduras, ya que la masa, en general, vive cómoda en su ignorancia y esto repercute en el modo de auto-gobernarnos.

Uno de los prisioneros escapa de sus cadenas y logra conocer de modo más pleno la realidad, pero cuando regresa para liberar a sus amigos, éstos no lo escuchan, lo tratan de loco y lo condenan a muerte. Platón nos enseña que debemos aspirar a un conocimiento más pleno, que nos libere de las ataduras y nos ayude a realizarnos como seres humanos: “todas las cosas rectas y bellas que en el ámbito visible ha engendrado la luz y al señor de ésta… es necesario tenerlas a la vista para poder obrar con sabiduría, tanto en lo privado como en lo público”. (Rep. 517 b).

Nuestro propio conocimiento y el de nuestro mundo, lo percibimos a través de las sombras que nos transmite un mundo confuso y limitado, es necesario traspasar la hoguera que está en la boca de la cueva para poder encontrar la liberación moral e intelectual de las ataduras del mundo sensible: el ideal es el aforismo “conócete a ti mismo”, mediante la ascensión al mundo inteligible.

El conocimiento tiene una dimensión moral y política, por eso, este mito se encuentra en el capítulo séptimo del diálogo La República. Con la muerte del que quiere liberarnos, se ejemplifica la condena a muerte de Sócrates, y que de algún modo la encontramos en el misterio de la cueva de Belén, en el que el Logos, tampoco es escuchado, sino a la postre, condenado a muerte. La lucha entre la luz y las tinieblas se refleja tanto en la caverna de Platón como en la cueva de Belén.

La historia bíblica nos narra como unos peregrinos que emigraron a Belén, no encontraron sitio en la posada del pueblo. Una antigua tradición afirma que “el Salvador” nació en una gruta, lo cual corroboran escritos del siglo II, como el de Justino mártir y el Protoevangelio de Santiago. Por lo demás, se puede constatar que alrededor de Belén hay muchas cuevas que servían de establo a los animales. Un poco después San Jerónimo señala que la actual basílica de la Natividad se construyó sobre una cueva.

El mito de la caverna es atemporal, en el misterio de la cueva de Belén en cambio, se trata de un tiempo especial: “al llegar la plenitud de los tiempos…” (Gal 4,4). Es un acontecimiento que dividirá la historia de la humanidad entre un antes y un después. Existía una promesa desde tiempos inmemoriales sobre este misterio, en varios profetas de la antigüedad judía: Isaías y Miqueas. Este misterio no es enigmático, sino es luz que se difunde sobre el mundo: el futuro del hombre sería incomprensible sin él. Su luz disipa las tinieblas y su brillo es verdad y vida.

Este acontecimiento es la apoteosis del amor, culmen de la dialéctica del Eros de Platón. La encarnación del Logos, es la Palabra fuente y plenitud del conocimiento, que penetró en nuestra historia y en nuestra cultura. El Logos es creador y de él recibimos la plenitud.

A mediados del siglo XX el gran filósofo español Javier Zubiri escribió que la sociedad moderna se había instalado en la finitud. El sabor de la finitud, centrado en lo caduco y temporal, ha cerrado al hombre moderno las puertas de la trascendencia, del misterio que está más allá de nuestras pequeñas aspiraciones. Nos hemos creado demasiados y graves problemas y no encontramos las soluciones. Vivimos en el desconcierto.

La cueva de Belén nos abre un horizonte de esperanza, de aspiración a la infinitud. La respuesta del hombre como problema está en la escucha del Logos, aceptar a éste en nuestra vida y en nuestros caminos, es un gran reto. El Logos es un don, “que al darse a sí mismo nos ha dado toda novedad”, es menester acoger el don y darle cobijo.

El arte de los grandes pintores religiosos tiene este aspecto, un halo de misticismo: en el Greco las figuras tienden hacia lo alto con un gesto de huida a lo más excelso, Giotto dignifica lo pequeño como trasunto de lo máximo. Fra Angélico con sus rasgos elementales insinúa el encuentro alegre de lo divino y lo humano y además nos revela que la Navidad no es sólo individual, sino algo comunitario y fraternal.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.