En la antropología bíblica, que en cierto sentido se puede incorporar a la antropología filosófica del mundo occidental, se señalan seis símbolos corporales que encierran las diversas funciones del actuar humano. Atendiendo al orden de su desarrollo, podemos señalarlos: el corazón, (el núcleo de la personalidad) los ojos (la mirada), los labios (la palabra), el oído (la escucha), las manos (el actuar humano) y los pies (el camino que se sigue en la vida). Estos seis símbolos están relacionados entre sí. A continuación, vamos a resaltar la importancia de la escucha.
La palabra es un privilegio del ser humano que manifiesta, de manera más precisa, la comunicación, la conversación y el diálogo. En toda conversación antes de responder es necesario escuchar. Hablar es fácil, escuchar es más difícil, ya que ésta es la profundización del simple oír. Escuchar no es algo pasivo, sino una actitud sumamente dinámica, que supone llevar el corazón al oído. La escucha es ingrediente decisivo para el diálogo, y de la escucha profunda deriva la obligación ética del secreto: la comunicación confidencial queda sepultada en lo más íntimo del corazón.
Los ojos y la boca pueden cerrarse a voluntad, pero los oídos permanecen abiertos. Sin embargo, es importante señalar que hay oídos sordos, y lo más trágico es que “no hay peor sordo que el que no quiere oír”.
El actuar humano, sobre todo, supone escuchar la voz de la conciencia, la voz del corazón que indica con claridad cuál es el bien que se debe hacer, y el mal que se debe evitar. En esta temática no podemos engañarnos: engañar a Dios es imposible, engañar a otro es pecado, engañarse a sí mismo es la peor estupidez.
Esto último, lo expresa, de modo poético, un autor contemporáneo, Luis Carlos Flores Mateos, S.J.: “Escuchar al corazón. / No está indefensa mi razón; la asiste/ una fuerza divina, solidaria/que la comunidad entera de los seres/ en amorosa conjunción abarca./ ¡Ah, si escuchara al corazón entonces,/ cómo mi mundo en derredor cambiara!”
La escucha es de fundamental importancia en la psicología humanista. En efecto, en la logoterapia de Víctor Frankl y en la terapia centrada en el sujeto (autagógica) de Carl Rogers, se señala, con razón, que la persona que confía en nosotros más que buscar consejos, requiere que alguien la comprenda, y en el fondo que ella misma se aconseje.
Escuchar es una habilidad, y por consiguiente, podemos aprestarnos a la escucha más profunda. El Dr. Edward Wakin, profesor de comunicación en la Universidad de Fordham, sugiere varios consejos para una mejor escucha. a) mostrar interés, una curiosidad viva que aliente a hablar con libertad. b) Agudizar nuestra atención y mostrarlo en las actitudes del rostro. c) Tener paciencia, no interrumpir a la persona, no sacar conclusiones precipitadas. d) Tratar de descubrir cuál es la idea principal disfrazada en los detalles. e) Evitar los prejuicios y las ideas preconcebidas. f) Atender al lenguaje no hablado: los gestos, las expresiones del rostro, el tono de voz, la sonrisa o la risa nerviosa, etc. g) Que los comentarios breves apoyen la actitud del interlocutor…
Como insinuamos antes, la escucha es una sabiduría, saborear la palabra que se nos comunica y acogerla en el corazón atento, inclinado a la comprensión y al amor. En la Biblia se recomienda al creyente, “ser pronto para escuchar y tardo para hablar”. (Stgo 1,19). La escucha supone respeto a la persona que se comunica y que se manifiesta en una atención solícita. La arrogancia tiene el terrible poder de cerrar el corazón y los oídos. En la educación de los hijos debe enseñarse el arte de la escucha, la cual es condición para la obediencia: enseñar al niño a salir de sí mismo y abrirse a los demás.
Finalmente, en la vida religiosa, también es de gran importancia la escucha de la palabra de Dios, meditarla con amor. En el libro de Samuel, la vocación profética de éste comienza con la expresión: “Habla Señor, que tu siervo escucha”: la función del profeta es también ser “servidor de los hombres”. La obediencia de la fe se expresa en el griego del Nuevo Testamento con la palabra ὑπακοή, ῆς(obediencia): que está compuesta del verbo ὑπό (hacia abajo) y ακούω (escuchar): Escuchar inclinando la cabeza. Esta es la obediencia de la fe. La plegaria brota cuando “recibimos” internamente la “Palabra”.