Victor Manuel Perez Valera

Más allá del espectáculo, la función crítica de la muerte

La muerte se nos presenta con diferentes rostros paradójicos, con los que se disfraza.

Sófocles, en la extraordinaria tragedia de Antígona, nos presenta al ser humano como un ente maravillosamente misterioso: “Hay muchas cosas misteriosas/pero ninguna más misteriosa que el hombre”./ Él en alas del viento entre la bruma/ cruza la blanca mar, sin que le asombre/ la hinchada ola de rugiente espuma… /A los monstruos del ponto y a las fieras,/ ingenioso y sagaz, las redes tiende,/ y nada de sus mallas se defiende./ Bajo el yugo domador sujeta/ al resistente toro de montaña,/ al potro hirsuto de cerviz inquieta./ El lenguaje adquirió, y el pensamiento/ que corre más veloz que el viento,/ los flechazos del hielo astuto esquiva/ y el chubasco importuno./ Su avance no detiene azar alguno,/ y no hay dolencia que le salga al paso/ que a soslayar no acierte,/ de solo un mal no escapa: de la muerte”.

En efecto, la muerte se nos presenta con diferentes rostros paradójicos, con los que se disfraza. Es presente y ausente, lejana y cercana, amiga y enemiga, natural y antinatural. Ella posee una función crítica, purificadora de la persona humana y de la sociedad.

La muerte refleja una realidad dialéctica: está presente y ausente. Ella manifiesta una curiosa y extraña simbiosis. La literatura latina decía: “En medio de la vida, estamos en la muerte” o bien, podríamos decir la muerte está en nosotros. El poeta Javier Villaurrutia escribía que la muerte es como una sombra de la que no podemos desprendernos: “Estoy tan cerca que no puedes verme; estoy fuera de ti y a un mismo tiempo, dentro”.

La muerte es también lejana y cercana. La muerte está presente desde el principio de la vida. Los médicos ante un moribundo exclaman: “Está por morir”, igualmente podemos decir lo mismo ante alguien que nace. Apenas nace un niño, ya está listo para la muerte. Rilke decía que la muerte ya es bastante grande en el recién nacido. (Dein Tod war shon alt/ als dein Leben begann). Los biólogos afirman que la vida es un “equilibrio lábil”, es decir, precario, débil, amenazado de muerte. La muerte está presente en la estructura profunda del ser humano: es una ausencia que tiende a terminar y una presencia que tiende a consolidarse, es próxima y lejana.

La muerte es amiga y enemiga. En la Biblia, la muerte se presenta en muchos pasajes como enemiga: se dice “tinieblas de muerte” o, como “el último enemigo a vencer”, como algo dramático. En contraste, Francisco de Asís la denomina: “la hermana muerte”, lo mismo que el dramaturgo J.W. Goethe: “y pasan las nubes, se apagan los astros. De lejos ya viene la hermana, ya viene la muerte.

Ingeniosamente P. Kreeft considera la muerte como un “sparring” del boxeo, que es enemigo porque nos golpea y nos pone a prueba, pero a la vez, es amigo porque nos entrena para luchar y triunfar. Por consiguiente, la muerte posee una presencia benéfica que nos conduce a explorar las profundidades del ser humano, a descubrir la fugacidad del tiempo y la importancia de aprovecharlo. Este aspecto de la muerte lo descubren vivencialmente los grandes místicos. Santa Teresa de Ávila escribía “… y tan alta vida espero, que muero porque no muero”.

Estos rostros de la muerte nos indican que ella tiene una función crítica (krik, del sanscrito purificar), para la persona humana y para la sociedad. Vivir de cara a la muerte implica un llamado a la autenticidad y a la sinceridad. Ignacio de Loyola, gran maestro de espiritualidad decía que, para hacer una sana y buena elección, nos preguntáramos qué haríamos si estuviéramos en la hora de la muerte. En esa hora, se deben quitar todas las máscaras y vivir de modo auténtico. La muerte es como un crisol: todo lo postizo y lo falso, toda la escoria se evapora en el crisol de la muerte. En la tauromaquia, el momento en que el torero entra a matar, se le llama la “hora de la verdad”.

En efecto, la conciencia de nuestra condición mortal debe conducirnos a un análisis crítico del camino recorrido (recuerdo benéfico) y a un proyecto renovador del camino por recorrer. La fugacidad del tiempo, para Píndaro “el sueño de una sobra”, nos invita a aprovechar el momento presente, a vivir una vida de acuerdo con los valores del espíritu, a colaborar, aunque sea modestamente, por la construcción de un mundo mejor. Pedro Arrupe, General de los jesuitas, escribía: “No me resigno a que, cuando yo muera, siga el mundo como si yo no hubiera existido”.

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