Victor Manuel Perez Valera

Reflexiones en torno a los sismos

Afirmar que una catástrofe natural es castigo de Dios es una declaración atrevida, carente de sentido.

Ante los sismos que están sacudiendo nuestro país surgen muchas interrogantes, algunas de ellas de tipo religioso: ¿los sismos, huracanes e inundaciones son castigo de Dios? ¿cómo se manifiesta la Providencia de Dios?

Ciertamente el misterio del sufrimiento, en general, se inserta directamente en el corazón de la experiencia religiosa. Desde la antigüedad el sufrimiento ha sido abordado desde el punto de vista de la Teodicea, o justificación de Dios. Así, el dolor humano ha llegado a ser para A. Camus y otros filósofos, el campo de batalla donde está en juego la existencia de Dios.

Otro interesante enfoque sobre el sufrimiento se concibe como una antropodicea, la justificación del hombre: el sufrimiento no es contra la dignidad humana, “el ser humano se engrandece cuando se mide con el obstáculo”. Más aún, el sufrimiento bien aceptado puede tener un sentido trascendente, como lo afirma el gran psicólogo humanista Viktor E. Frankl y otros filósofos y teólogos que reflexionan sobre el misterio de la cruz.

En concreto, afirmar que una catástrofe natural es castigo de Dios es una declaración atrevida, carente de sentido. La explicación que dio Jesucristo ante hechos semejantes van en contra de esa afirmación. En efecto, ante la muerte que provocó la caída de la torre de Siloé, Él comentó: “¿creen ustedes que estos que murieron era peores que otros? No, de ninguna manera”. A continuación, se habla de la importancia de un cambio de vida, de una conversión. (Lc. 13).

Más aún, el mensaje de Jesucristo no es de un Dios vengativo e iracundo, sino de un Dios misericordioso con los pecadores que se arrepienten. El mismo Jesús de Nazaret rechazó como insensata la sugerencia de hacer llover fuego del cielo contra los que lo rechazaban. (Lc 9, 56).

Por lo demás, no debemos confundir la Providencia de Dios con el providencialismo, el cual afirma erróneas concepciones de Dios y de sus atributos. En ocasiones se invoca a Dios como un “deus ex machina” conforme a la tragedia griega, o como una especie de Mandrake que con un gesto evita cualquier desgracia. Ahora bien, Dios es la causa primera y no podemos meterlo de contrabando en el engranaje de las causas segundas, creadas y finitas. Pablo de Tarso escribió (Rom 8,28) que para los que aman la dependencia confiada en Dios “todo resulta en bien”, lo cual la sabiduría popular lo traduce como “Dios escribe derecho en renglones torcidos”.

Ciertamente el misterio del mal no puede separarse del misterio del ser humano, Karl Jaspers, el gran filósofo existencialista afirmaba que “todo ser humano es un ser en situación”. Y entre estas, las más importantes son las “situaciones límite” (el sufrimiento, la muerte, la lucha y la culpa) que el hombre no puede eludir, y lo hacen profundizar su existencia y lo acercan a la frontera límite de la Trascendencia. En efecto, ante estas situaciones surgen en el ser humano las preguntas más radicales, las interrogantes más profundas: la búsqueda del sentido, del dolor y la muerte.

Asimismo, los estudiosos de la teoría de la religión nos hablan de dos tipos de experiencias que nos acercan a lo sagrado: las experiencias de plenitud y las experiencias abismales. Ante estas últimas el ser humano se siente desamparado, desprotegido, despojado de los bienes que aprecia, como cuando se cae en un abismo. Frente a este tipo de experiencias, inexorables y crueles, se vislumbra una realidad misteriosa que nos envuelve y sobrepasa.

El ser humano experimenta profundamente su contingencia, su creaturidad, su precariedad, su ser deficitario que produce un gran sentimiento de humildad, saludable antídoto del orgullo “cientista”, de una civilización prometéica y tecnocrática que cree resolver todos los problemas de nuestro mundo.

Hay mucho por reconstruir, no solo lo material. Estamos llamados a una conversión interior, a una mayor sensibilidad ante las necesidades de los demás: desde un mayor respeto en la educación vial (cerca de 9200 personas lesionadas en lo que va del año en la Cdmx), hasta una mayor conciencia social.

En suma, los sismos no solo sacuden la tierra, también deberían sacudir las conciencias: evitar los deseos de rapiña y suscitar actitudes de heroísmo, de solidaridad, de fraternidad y de servicio. Estas actitudes deberían perdurar si queremos reconstruir un país con un rostro más humano.

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