Hay una estrecha relación entre la virtud de la justicia como parte de la Ética, que influye en la política: con razón se dice, “si quieres la paz, trabaja por la justicia”. Max Scheler reconoce en la Ética moderna que la palabra virtud se ha desgastado, no obstante que virtud, en griego areté, de la raíz ar, significa excelencia, lo que se destaca de la masa, que descuella por sus proezas, lo que posee liderazgo. Scheler denominó valores a las virtudes cardinales. Las virtudes o valores cardinales (magnanimidad, fortaleza, prudencia y justicia) reciben esta denominación por la palabra latina cardo (gozne o quicio) sobre el que gira la puerta, de aquí que el que carezca de estos valores tendría a una vida des-quiciada.
Hans Kelsen, que reduce el Derecho a la lógica jurídica, opina que la definición clásica de justicia, atribuida a Ulpiano es una tautología: suum cuique tribuere (dar a cada quien lo suyo). Una refutación de Kelsen desarrolla el significado de la expresión “lo suyo”:
a) Son míos mi cuerpo, mis órganos, mis miembros y sus funciones, mi espíritu, todas mis facultades y los actos que me son imputables.
b) Todo lo que es indispensable para mi subsistencia: derecho del trabajo, derecho al justo salario, etc.
c) Los medios para conservar la vida con dignidad y decoro: libertad y autonomía.
d) Las condiciones sociales concretas que me ayudan al íntegro desempeño de mi personalidad.
e) El producto de mi actividad y las consecuencias de mi conducta.
f) Lo que de modo consciente y libre se me ha prometido o deba dárseme en compensación de lo que haya hecho.
g) Todo lo que el derecho positivo reconoce como lo que me corresponde o me es debido jurídicamente.
El eminente pensador alemán Emil Brunner, en su libro La justicia, doctrina de las leyes fundamentales del orden social, desarrolla, de modo brillante, lo que hemos dicho en el párrafo anterior, y en especial, la relación entre el amor y la justicia.
En este sentido, Aristóteles señala acertadamente que la justicia conlleva “cierta igualdad”. Es importante no confundir igualdad con igualitarismo, lo cual sería una falacia. El igualitarismo, impone a rajatabla la igualdad en todo, sin atender a la diversidad y a las diferencias en inteligencia, habilidad, virtud, motivación, laboriosidad, etc. Poseer una dignidad humana básica y ser políticamente igual, no borra las diferencias ni sus consecuencias.
El igualitarismo se vence a sí mismo: aspira a elevar a todos a la misma posición, pero esta nivelación social suele darse en lo inferior y fomenta la mediocridad. A este respecto, el distinguido filósofo Heráclito (540-470 a.C.) reaccionó contra la estupidez de la justicia igualitaria que se vuelve injusticia: cuando a Éfeso llegó un dictador, se expulsaron a varios intelectuales, entre ellos al más noble Hermadoro, la razón era muy sencilla: “al que descuella se le corta la cabeza”.
Los aspectos negativos del igualitarismo que impiden la prosperidad y la paz, los desarrolló de modo brillante Abraham Lincoln: “No se puede ayudar a los pobres destruyendo a los ricos. No puede fortalecerse al débil, debilitando al fuerte. No se puede lograr la prosperidad, desalentando el ahorro… No se puede promover la fraternidad, incitando al odio de clases. No se puede formar el carácter y el valor mediante la eliminación de la iniciativa e independencia de las personas. No se puede ayudar a las personas, de modo permanente, haciendo por ellos, lo que ellos pueden y deben hacer por sí mismos”.
A este propósito, conviene recordar a Caspar W. Weinberger, Secretario de Salud y Asistencia Social en Estados Unidos (1973-1975) que ante el incremento de la asistencia social, subrayaba: “La igualdad de oportunidades significa el derecho a competir igualmente en pos de la recompensa a la excelencia, no a compartir sus frutos sin tener en cuenta los esfuerzos”. Conviene ayudar a los miembros más vulnerables, pero si no atendemos a la búsqueda de la excelencia, estaremos asesinando a la excelencia, en otras palabras, al bien del país.
Ante los gobernantes que caen en esta falacia, podríamos decir que es tan nefasto el gobernante corrupto, como el ignorante que cree saberlo todo.