Victor Manuel Perez Valera

¿Barbarie e impunidad en la Tarahumara?

No bastan palabras, hay que pasar a los hechos, no basta la buena voluntad, hay que pasar a acciones eficaces para la rehumanización de nuestro país.

Cuando llegaron los jesuitas a México a petición, entre otros, de Vasco de Quiroga, inmediatamente se lanzaron a la conquista espiritual del noroeste. Entre estos destacaron: Kino, Ugarte y Salvatierra. En 1676 los jesuitas fundaron la misión de la Tarahumara, hasta que en 1767 fueron expulsados de México y toda América Latina mediante un decreto del rey Carlos III de España “por razones que guardaba en su real pecho”.

En 1814 la Compañía de Jesús fue restaurada y regresaron del destierro a México unos cuantos sacerdotes ancianos y enfermos que comenzaron a refundar la Provincia Mexicana. Con un número tan escaso fue imposible regresar inmediatamente a la Tarahumara, pero esto se logró a finales de 1900. Los padres Arocena, Vargas, Louvet y el hermano coadjutor N. Gogorza fueron los nuevos fundadores de la misión. Desde ese tiempo, hasta la fecha, la presencia de los jesuitas ha sido de suma importancia.

Desde entonces, se reanudaron las manifestaciones de humildad y abnegación: se volvió a recorrer con penosa fatiga entre lluvias y nieve, las barrancas y los montes, los pueblos de los chabochi y las chozas de los rarámuris. Se recorría a pie la Barranca del Cobre para llegar a Cerocahui y se admiraba, de paso, la cascada de Basaseachi, de más de 300 metros de altura. Muy bien lo describe el poeta: “Es la voz del torrente fragoroso/ que se despeña a descarpada altura/ y al pasar por la estrecha cortadura/ se arremolina, se retuerce y choca /y salta enfurecido y espumoso/ como el mar, por las quiebras de la roca… Ante aquel espectáculo sublime/ retumba el eco, la montaña gime”.

Entre los misioneros más recientes se distinguieron David Brambila, S. J., a quien los rarámuris apodaban Ropiri (punta de flecha), que convivió más de treinta años con los indígenas y estudió cuidadosamente la lengua rarámuri. Publicó la Gramática Rarámuri, un volumen de 644 páginas y, además, el Diccionario Español-Rarámuri, también obra monumental. En una ocasión, Ropiri me comentó que el idioma rarámuri era de tal perfección que se asemejaba mucho a la lengua griega.

El segundo obispo de la misión, José Llaguno, S. J. se distinguió por ser un defensor incansable de los derechos de los indígenas y el P. Luis Verplancken, S. J. se destacó en la construcción de una extraordinaria clínica en Creel para los enfermos rarámuris. En general, todos los misioneros se han distinguido por su entrega y dedicación en esta zona tan necesitada del país.

Con las cualidades anteriores y el amor al pueblo rarámuri, trabajaron los dos jesuitas recientemente asesinados: Joaquín Mora, S. J. que llevaba 23 años en Cerocahui y Javier Campos, S. J. con más de cuarenta años en la misión. Un exalumno del Instituto Cultural de Tampico recuerda al P. Joaquín como un hombre extraordinario que en su tiempo libre acudía a brindar sus servicios a la colonia La Pesquería, una de las regiones más pobres del Estado, e invitaba a sus alumnos a visitar a esta gente tan pobre materialmente y tan rica espiritualmente. Ya desde esa época Joaquín llevaba una vida sumamente austera.

El asesinato de estos dos jesuitas, dentro de su iglesia, ha provocado profunda consternación y gran indignación no solo en México, sino también en el ámbito internacional. Ya no se trata de violencia sino de barbarie cobijada con la impunidad. ¿Por qué estos asesinatos han tenido tanto eco? Porque con ellos se ha herido al pueblo, no solo de Cerocahui sino de toda la Tarahumara.

Es importante que estos hechos no caigan en el olvido, sino que sean cuidadosa y profundamente investigados. Que se recuperen los cuerpos, que se capture y sancione a los responsables, que se proteja a la comunidad de Cerocahui y, sobre todo, que se asuman en serio políticas eficaces para proteger la vida de los ciudadanos. Este es sin duda, el principal propósito que debe cumplir el gobierno, para después promover los demás derechos humanos.

No bastan palabras, hay que pasar a los hechos, no basta la buena voluntad, hay que pasar a acciones eficaces para la rehumanización de nuestro país. De otro modo, con la impunidad y con discursos vacíos, el gobierno se convertiría en cómplice de los criminales o al menos demostraría ineptitud e incapacidad para sancionar, como es su obligación, a los que vulneran los derechos fundamentales de nuestro pueblo.

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