Victor Manuel Perez Valera

Amor y muerte en Semana Santa

No se puede hablar del sentido de la muerte del cristiano sin conectarlo de modo indisoluble con la muerte de Jesucristo.

El notable biblista Raymond Brown nos recuerda que los Evangelios, y de modo especial, los relatos de la pasión, son versiones históricas, pero no en el sentido moderno de la palabra. Cada Evangelio nos presenta una faceta diferente de la pasión y muerte de Jesucristo, aunque las de Mateo y Marcos difieren muy poco.

Marcos describe un dramático y total abandono de Jesús. Todo es negativo: la conducta de los discípulos está marcada desde el huerto de Getsemaní por la carencia de acompañamiento, la traición, la negación y el abandono; los jueces son cínicos. Jesús pende seis horas de la cruz en medio de burlas: su grito lastimero es «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Salmo 22). Cristo, comenta Pascal, «sufre este dolor y abandono en el horror de la noche», en un vértigo de completa oscuridad y desoladora incomprensión.

La narración de Lucas es bastante diferente. La actuación de los discípulos es en algún modo excusable; las autoridades no aparecen tan despiadadas; el pueblo está del lado de Jesús; Jesús está más preocupado por los demás, (por el siervo de Malco, por las mujeres piadosas, por el buen ladrón) que por su propia suerte. La crucifixión es ocasión de perdón, y la última palabra es oración y ofrenda: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu».

En cambio, en la pasión según Juan, Jesús siempre muestra compostura, dignidad, dominio de la situación. No está totalmente solo en la cruz, su realeza se proclama en tres lenguas; su último grito anuncia el cumplimiento de su misión: «Todo está cumplido».

¿Cuál de estas tres imágenes es la más correcta? R. Brown responde decididamente: las tres. Ninguna de ellas agota el significado de la pasión y muerte de Jesús. Son como tres facetas del mismo diamante. «Si escogemos una imagen de Jesús crucificado de modo que se excluyan las otras, o si las armonizamos en una sola, le quitamos a la cruz mucho de su significado. Es importante que algunos puedan ver la cabeza inclinada de abatimiento; otros observen los brazos extendidos como signo de perdón, y otros perciban en el letrero de la cruz la proclamación del rey soberano».

Ahora bien, no se puede hablar del sentido de la muerte del cristiano sin conectarlo de modo indisoluble con la muerte de Jesucristo. Ya Pascal lo había expresado magníficamente: «Fuera de Jesucristo no sabemos qué es la muerte, ni qué es la vida, ni qué es Dios, ni qué somos nosotros mismos».

Otro gran biblista, H. Schürmann subraya la importancia que tiene el amor en la muerte de Jesús. Él había dicho que nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos. Aquí aparecen de nuevo unidos amor y muerte. Amor irrestricto, sin fronteras, que llega hasta dar la vida por sus amigos. El amor no se propone cálculos de máximos y mínimos, sencillamente escoge lo máximo. Su condescendencia al asumir plenamente la condición humana lo pone ya en el camino de la muerte, del vaciamiento (kenosis), del despojo total. El grano de trigo debe morir para dar fruto y revelar la fecundidad del amor y de la muerte.

En efecto, el porqué de la muerte encuentra en la muerte de Cristo una respuesta. La muerte es la cruz que cada hombre abraza, lo sepa o no, cuando muere. En «Morir con Cristo» es donde se da la unión estrecha entre Dios y el hombre, el Redentor y el redimido, la muerte de Dios y la muerte del hombre. Y así como Dios se identifica con el hombre en la muerte, el hombre se identifica en la muerte con Dios. La muerte ha dejado su aguijón en la carne viva de Dios. Dios no se nos revela como un Dios apático, frío y lejano, sino como un Dios cercano, un «Dios-con-nosotros» como un Dios crucificado, que comparte con el hombre la miseria de la muerte.

COLUMNAS ANTERIORES

¿Es conveniente hacer una nueva reforma educativa?
Los jesuitas y la Organización Internacional del Trabajo (OIT)

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.