Victor Manuel Perez Valera

Nuevas perspectivas éticas ante el suicidio

Datos recientes de la Organización Mundial de la Salud revelan que cada año pierden la vida por suicidio más personas que por enfermedades.

El fenómeno del suicidio es muy preocupante, especialmente en tiempos de pandemia. Datos recientes de la Organización Mundial de la Salud revelan que cada año pierden la vida por suicidio más personas que por enfermedades, o incluso por guerras y homicidios, es decir, se suicidan cerca de 700 000 personas. El suicidio es la cuarta causa de muerte entre la juventud de 15 a 29 años en todo el mundo. La cifra anterior habría que multiplicarla al menos por tres, para obtener el número aproximado de tentativas de suicidio.

Ante este hecho rampante, en continuo aumento ¿Cuál es el juicio ético? ¿Tiene razón A. Álvarez el autor de El Dios Salvaje cuando afirmaba en 1971, que los católicos consideran al suicidio el más mortal de los pecados? La moral católica, especialmente en la segunda mitad del siglo XX ha sufrido un notable cambio. Sobre este aspecto haremos un breve esbozo de diversos estudios filosóficos y teológicos que presentan nuevas tendencias de la comprensión y reflexión en torno al suicidio.

En la Edad Media el suicidio era considerado una falta grave, según Tomás de Aquino, el suicidio sería contra el amor a sí mismo, a la sociedad y a Dios. Se conocía que este fenómeno era un acto complejo que se realizaba desde en una visión obnubilada y una libertad disminuida, sin embargo, era necesario una nueva fundamentación y una visión más positiva de la vida, de la psicología y de las circunstancias atenuantes.

El filósofo francés P.L. Landberg de la corriente personalista y muy cercano a la Iglesia, publicó en 1942 un célebre ensayo: El problema moral del suicidio. Este autor reconoce el peso del imperativo moral, pero no le concede un valor absoluto: hay que considerar una visión más completa, que incluya el retorno al sujeto: la comprensión de sus conflictos, sus compromisos, sus ideales y angustias, así como sus limitaciones. Hace falta asumir no la letra del Antiguo, sino el espíritu del Nuevo Testamento,

En este sentido el pastor evangélico D. Bonhoffer hace una reflexión provocativa: el suicidio no siempre brota de la desesperación, sino podría brotar de una reflexión serena y libre, conferir un último sentido a la vida que ha perdido su significación. En esta línea, el filósofo católico Michele Federico Sciacca en su libro Muerte e inmortalidad dedica casi un centenar de páginas al problema del suicidio. Este es una posibilidad en la existencia humana.

Nadie puede estar seguro ante el vértigo de su fascinante tentación. El creyente debe afirmar sus valores con humildad, y tratar de vivir su fe, como decía Kierkegaard, no con miedo, sino con “temor y temblor”. No se puede despreciar al suicida que vive la paradoja de sucumbir a una cobardía que supone valor, y una debilidad que exige firmeza. Es necesario, sin embargo, más valor para vivir que para morir.

Sciacca observa que el suicidio es muy diferente del martirio: darse la muerte, y dar la vida por los grandes valores del espíritu. En todo caso en el suicidio se puede condenar el hecho, no a la persona, la cual puede sufrir la bancarrota de su existencia. Existe, desde luego, el valor positivo de la conversión y del arrepentimiento que nos indica que la vida nunca es un callejón sin salida.

Sciacca matiza las razones que presenta Tomás de Aquino, pero considera que el rechazo de la pertenencia a Dios es de una validez irrefutable. El hombre no puede prescindir de su creaturidad, y esta condición esencial no puede ser violada por una decisión arbitraría, que iría contra la raíz de su ser.

En la segunda mitad del siglo XX aparece el Diccionario Enciclopédico de Teología Moral en el que Leandro Rossi aduce determinismos internos psicológicos y externos sociológicos que disminuyen la responsabilidad. No le corresponde al moralista dictar veredictos de culpabilidad. Asimismo, Elizari, en el manual moderno de teología moral Praxis Cristiana, enuncia desde el punto de vista psicológico la mengua de la responsabilidad, cuando la persona está sumergido en una gran oscuridad.

Más que preocuparse por indagar la responsabilidad moral del suicida hay que preocuparse por utilizar acciones preventivas: tomar en serio cualquier manifestación de intención suicida, prevenir dentro de lo posible las crisis psíquicas, cultivar una sólida vivencia religiosa, propiciar el acompañamiento con amor y la inserción en la comunidad.

La autorrealización tiene prioridad sobre la autodestrucción, las acciones revocables sobre las no revocables, la libertad vivida con mayor plenitud, tiene preeminencia sobre la libertad cortada prematuramente. El gran reto para la sociedad civil, y especialmente para la comunidad de los creyentes, es el de esforzarse para fomentar una sociedad menos materialista, más humana, más justa y más fraterna.

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