Victor Manuel Perez Valera

Que el poder sanador del pasado, te proyecte a un mejor futuro

Es conveniente aprender las experiencias positivas y negativas del pasado, a fin de vivir de modo más sabio el porvenir, dice Víctor Manuel Pérez Varela.

Al iniciar el año es un momento adecuado para reflexionar sobre el tiempo en nuestra vida. El año comienza con el mes de enero, cuyo nombre en el calendario romano Januarius deriva del dios Jano que era representado con una cabeza bifronte: una miraba al pasado y la otra, al futuro. Es conveniente aprender las experiencias positivas y negativas del pasado, a fin de vivir de modo más sabio el porvenir.

Una de las preguntas importantes en tiempos de pandemia es cómo utilizar el tiempo, sin derrocharlo, ni malgastarlo. Entre los romanos el ocio se contraponía al ne-gocio. Por negocio se designaba al trabajo cotidiano, a los afanes de cada día, que actualmente podríamos designar como el quehacer vertiginoso.

Cuando los negocios saturan nuestro tiempo, este puede resultar agotador, extenuante, inhumano. En cambio, el ocio (otium) evita la sobrecarga del trabajo. Cicerón hablaba del otium cum dignitate, y el gran poeta romano Virgilio, escribía: “in otio de negotiis cogitare -en el ocio darle sentido al trabajo-”. Para superarnos, y crecer espiritualmente es importante encontrar en nuestra vida momentos de reflexión, intervalos en el trabajo, pausas en el camino, en los cuales el significado de la vida adquiera su profunda dimensión.

En la tercera parte de la Ética del abogado (De officiis), Cicerón aconsejaba tomar de tiempo en tiempo un momento de reposo que él mismo aprovechó para escribir las Tusculanae Disputationes, comentario de la filosofía estoica, que utilizaba la filosofía como ejercicio espiritual. En otras palabras, en la vida es necesario distinguir entre la cantidad y la calidad del tiempo.

El tiempo, no obstante su fugacidad, es uno de los aspectos básicos de la existencia. No debemos desperdiciarlo, sino afrontarlo cara a cara, conquistarlo; para lo cual necesitamos dedicar un tiempo para ganar tiempo. Es más valioso el ser que el poseer. A la luz del reino del tiempo, adquiere especial sentido el dar, el participar y el compartir.

En efecto, algunos se preocupan demasiado en su vida por la cantidad del tiempo y no se afanan por atender la calidad. Luchar contra la brevedad de la vida no tiene mucho sentido, sin sacarle jugo al tiempo de cada día: esforzarse por vivir elevados ideales, grandes empresas, procurar dejar huella en este mundo, vivir el “carpe diem” de Horacio. Pasar la vida sin pena ni gloria es de seres pusilánimes, vivir con ánimo, entusiasmo, valor y con magnanimidad es el ocio auténtico.

La dignidad del trabajo y la dignidad del ocio dan plenitud al tiempo, que además, posee una dimensión trascendente. El espíritu orienta nuestras ambiciones terrenas, de lo temporal a lo eterno. Lo eterno no es una prolongación indefinida del tiempo sino algo superior a este. El tiempo nos limita, la eternidad, en cambio, es “la perfecta posesión simultánea de una vida interminable”.

El pasado puede marcar el presente y el porvenir, no debemos huir del pasado sino redimirlo: dar o pedir perdón de lo negativo. Es importante superar los traumas del pasado para convertir nuestro futuro en un baile hacia la libertad: asumir nuestros miedos para no ser paralizados de ellos. El tiempo por sí mismo no cura, sino lo que hacemos con él, al decidir liberarnos de las heridas, no ser prisioneros del mal, sino libres para vivir una vida plena.

El pasado no queda liquidado o suprimido por el presente, sino que es asumido, conservado, valorado por él. Sin el pretérito no podríamos conjugar el presente ni el futuro. El psicoanálisis ha valorado justamente la importancia del pasado. Para proyectar nuestro porvenir debemos reconocer que el pasado pesa, marca a la persona, la fija, la tras-pasa.

Como tarea de renovación, las heridas y traumas del pasado deben redimirse para reestructurar nuestro futuro: no quedar preso de las faltas del pasado, sino vivir la vida en plena libertad.

*Profesor emérito de la Universidad Iberoamericana.

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