Victor Manuel Perez Valera

La Navidad que nos hace libres

La celebridad puede estar llena de exterioridades; sin embargo, es un llamado a una nueva humanización y superación del hombre, comenta Manuel Pérez Valera.

La celebración de la Navidad posee un especial encanto porque:

… nos impulsa a ser mejores (al menos por los buenos propósitos),

… nos reúne alrededor del hogar,

… se respira un viento fresco de fraternidad humana,

… se percibe el rumor de los ángeles que proclaman la paz,

… nos hace algo más solidarios con los pobres,

… es tiempo de intercambio de regalos,

… existen más contactos humanos: abrazos y sonrisas,

… la música y los adornos nos comunican alegría,

… estamos más dispuestos a la reconciliación y al perdón,

… compartimos los buenos deseos de felicidad…


Sin embargo, todo esto puede ser superficial y efímero si no caemos en la cuenta del motivo profundo que hace de la Navidad un tiempo exclusivo, un tiempo oportuno que los griegos designaban con la palabra kairós.

La Navidad puede ser formalista, llena de exterioridades, sin alma y sin espíritu. Algo que podría devorar al hombre en aras del consumismo. Para que nuestra vida no se empantane, no se estanque: que no nos envisquemos en lo material, hay que buscar el espíritu navideño con nueva fuerza y nuevo arrojo.

La Navidad se prepara en la espera y en la esperanza mediante la celebración del Adviento. El acontecimiento lo amerita, se celebra un nacimiento único, el del Dios-niño. El Ser Trascendente se acerca al hombre, ha propiciado que su Palabra eterna se haga visible y audible entre nosotros. El Logos, la palabra de Dios, se manifiesta en el silencio de la noche. El recién nacido es el sí del Padre que cumplió su promesa y recapituló el anuncio clave de los profetas. Fue la última y definitiva revelación de la Palabra.

La Navidad es la inauguración del gran misterio de Dios en la historia humana: “la Palabra se hizo carne”. Ella que existía desde el principio se hizo tangible en el seno de la Virgen Madre que aceptó este misterio al decir: “hágase en mí según tu palabra”. Ahora el hombre que está hecho a imagen y semejanza de Dios puede acercarse a este ideal mediante el Dios que descendió y condescendió con el hombre. Se hizo carne nuestra al nacer, para que nosotros nos hiciéramos sus miembros al renacer. Como escribió magníficamente sor Juana Inés de la Cruz: “Hombres: escuchad prodigios/ que son más que humanas dichas/ Dios es hombre, el hombre es Dios/ que entre sí se comunican”.

¿Quién puede explicar esta sublime generación? Ninguna palabra lo puede explicar, ninguna lengua lo puede narrar. Llegar a asumir la filiación divina es algo que “no nace de la sangre, ni de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino de Dios”.

En suma, la Navidad no es una droga ni una evasión… es un llamado a la interioridad, a la exaltación, a una nueva humanización y superación del hombre. Escuchar la Palabra y acogerla nos hace libres.


*Profesor emérito de la Universidad Iberoamericana.


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