El 21 de mayo de 1521, Ignacio de Loyola sufrió una herida que lo condujo a una profunda transformación de su vida. A propósito de este aniversario, Darío Menor, periodista en el Vaticano, hace una larga y profunda entrevista (270 preguntas) a Arturo Sosa, General de los jesuitas. En este diálogo se reflexiona sobre los frutos que este acontecimiento podría tener para la problemática kafkiana el mundo de la política, la economía y las religiones.
Yolanda Kafka, presidenta de la Unión Internacional de Superioras Generales, escribe el prólogo de este libro. Haciendo honor a su apellido, se pregunta sobre cómo se debe vivir un mundo nuevo, que surja de los caóticos problemas en todos los ámbitos de la existencia. Yolanda Kafka evoca un párrafo de Jeremías, el profeta de la consternación: “de mis ojos están brotando lágrimas día y noche, sin parar, porque un mal aqueja a la hija de mi pueblo, una herida muy grave…la razón de esto es que los mismos profetas y sacerdotes no han entendido lo que pasaba en su país.” (Jer 14, 18).
Ante el desconcierto general, como un caleidoscopio de cuestiones, brotan numerosas preguntas y respuestas sobre las conflictivas situaciones en nuestro mundo. Pero no todo termina con preguntas y respuestas, se exige para todos nosotros un “discernimiento”, punto esencial de la pedagogía de Íñigo: buscar entre la inestabilidad y confusión, procesos de cambio que, de lo más profundo de la noche, nos acerquen a la iluminación de la aurora. Íñigo, anticipándose cuatro siglos al pensamiento de Gabriel Marcel, se designa a sí mismo como el peregrino: “ser es estar en camino”, y el peregrino está siempre en busca del camino mejor.
Entre los primeros capítulos del libro que comentamos, se reflexiona sobre la crisis del Covid-19. ¿Esta pandemia generó una nueva crisis o empeoró las que ya sufríamos? Arturo Sosa responde: estamos ante un cambio de época, la pandemia puso de manifiesto las injusticias estructurales que se venían denunciando desde hace cuatro décadas y que podrían contagiarse de una época a otra. Uno de los desafíos que surgieron fue la globalización, que debe concebirse no como un proceso de hacernos a todos homogéneos, que es la política del mercado, sino aprovechar la diversidad para vivir un mundo multicolor.
El coronavirus nos colocó en una terrible tempestad. No estamos todos en el mismo barco, ni nos encontramos en la misma embarcación: en algunas, la altura de las olas casi nos hunde. Es menester aprender la lección y tomar las decisiones que nos hagan superar la causa de los problemas. ¿Pero, cuáles son los problemas fundamentales? Sosa opina que son numerosos y aconseja la lectura de la Encíclica Fratelli Tutti, que en el capítulo primero describe claramente los más grandes problemas de nuestro mundo. Quizá el desafío más grande es no haber desarrollado un sentido compartido del bien común, que implica el cuidado del medio ambiente. Es menester desarrollar la dimensión política de cada persona, de los dirigentes y de la sociedad entera, en ello deben participar los colegios, las universidades y los centros sociales, motivar a los estudiantes para que tengan una mayor conciencia de las posibilidades de cambiar el ámbito político y desarrollar una sociedad con gran sentido de solidaridad, de respeto de la dignidad de la persona humana.
Ahora bien, ¿Puede definirse por medio de la política el bien común de la humanidad y del planeta? La dimensión política radica en el interior de la persona que no debe encerrarse en sí misma, en su propio bienestar, sino procurar un bien común compartido en toda la sociedad. El Papa Francisco desarrolla algunos elementos: abandonar la guerra como instrumento de poder, superar la violencia social, más allá de los conflictos armados, renunciar a las ideologías que las promueven o justifican, fomentar una distribución diferente de los bienes para remediar la pobreza y la escandalosa desigualdad, que el crecimiento económico no combate necesariamente. Reflexionar sobre el desafío que plantea la sociedad digital, el binomio ciencia-tecnología, que garantice la cultura de los pueblos, a fin de que el conocimiento y la información estén al servicio de la sabiduría y de la verdad.
¿Existe hoy también una crisis ética y de valores? La pregunta puede ser equívoca, no podemos responder que antes se respetaban los valores, y la ética guiaba la sociedad y la política. Debemos entender la crisis como una tensión interior al ser humano y a la historia en la búsqueda de su sentido, a nivel individual y a nivel general. Un cambio de época requiere ser muy sensible a esto.