Victor Manuel Perez Valera

La Pascua y el sentido de la esperanza

Claude Kohler en el libro La muerte y el hombre del siglo XX, nos comunica cómo aun los no creyentes anhelan la supervivencia.

Claude Kohler en el libro La muerte y el hombre del siglo XX, nos comunica cómo aun los no creyentes anhelan la supervivencia. Un científico no creyente escribió: “los ateos, a decir verdad, tienen sed de supervivencia. Ustedes creen conocer, por revelación más trascendental, el misterio de la muerte. Traten de superar este estadio antiguo y piensen como científicos. Intenten probar que tienen razón, para hacer felices a los que no pueden creer”. Una razón “científica” del misterio pascual, puede encontrarse en el libro del cardiólogo holandés Pim van Lommel, Conciencia más allá de la vida.

Por lo demás, Ernst Bloch en El principio esperanza, de casi mil quinientas apretadas páginas, emprende la revisión crítica del marxismo desde su filosofía de la esperanza. La filosofía, él subraya, brota de maravillarse, lo que conduce a pensar, y con el pensar abrirse al futuro y al cambio. La gran tentación de los que dominan al mundo, de modo despótico o sutil, es prohibir pensar o imponer lo que se debe pensar. Por consiguiente, una de las cosas más importantes de nuestro mundo es “aprender a esperar”. Ante la muerte, Bloch se pregunta ¿es posible “esperar contra toda esperanza”? El héroe comunista vive un viernes santo, sin domingo de resurrección. Queda el recurso de la fe. Bloch ha escrito bellas páginas sobre Jesucristo: “Quien come mi carne y bebe mi sangre tendrá la vida eterna”. Y, sobre todo, la definición de Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mí vivirá, aun cuando muera” (Jn 11,25). Sin embargo, Bloch no fue cristiano, ni creyente y solo desde la fe, la esperanza posee auténtica trascendencia.

En efecto, según el reconocido filósofo mexicano José Porfirio Miranda, “la negación de la resurrección de los muertos es ideología defensora del status quo, es acallamiento del sentido de justicia, que la historia objetivamente suscita, es matar el nervio a una esperanza real de cambiar el mundo”. Con un énfasis semejante Wernher von Braun (1912-1977) inventor y constructor de los cohetes V-2 y del Saturno-5 afirmó: “en la actualidad parece que la ciencia ha dejado fuera de lugar a la religión, sin embargo, todo lo que la ciencia me ha enseñado refuerza mi convicción de que nuestra existencia espiritual continúa más allá de la muerte”.

Según el cristianismo la resurrección es el corazón de la Buena Nueva, sin ella sería vana la predicación y la fe, y los creyentes serían los más desgraciados de los hombres (1Cor 15,19); además, ante ella naufragan todas las utopías seculares. La resurrección no es solo un acontecimiento del pasado, también incide en el presente y en el futuro de los creyentes. La “vida nueva” debería brillar en la vida ordinaria (“buscar las cosas de arriba”) e inundar el cosmos: luchar contra todo tipo de contaminación, esclavitud, sujeción y corrupción. Sin esta vida nueva el mundo padecería de claustrofobia. (T. de Chardin).

Ahora bien, Antony Flew, uno de los más destacados representantes del ateísmo del siglo XX, en 2004 cambió totalmente de opinión y publicó el libro Dios existe, al parecer, el autor no se detuvo en el deísmo, ya que preguntó al erudito obispo anglicano N.T. Wright, por qué eran creíbles las narraciones evangélicas sobre la resurrección. El obispo adujo tres razones: Las narraciones evangélicas tratan de hechos extraordinarios, pero descritos con gran sencillez y sobriedad, sin rasgos mágicos o triunfalistas. Es cierto que en los diferentes relatos existen algunos datos inconexos y divergentes, pero esta desarmonización no preocupa, sino refleja fielmente diversas tradiciones. Así, lo que a primera vista podría parecer deficiencia, en el fondo es una señal de autenticidad. Lo esencial permanece firme: la tumba vacía y las apariciones. Otro aspecto sorprendente es que en los relatos de la resurrección faltan casi totalmente los ecos y alusiones al Antiguo Testamento, del que habría un rico arsenal de textos. Se insinúan en la aparición de los discípulos de Emaús, pero no se especifica ningún texto. El tercer rasgo fascinante es el papel otorgado a las mujeres. Recordemos que, en aquella época tanto en el mundo judío como en el gentil ellas no podían ser consideradas testigos creíbles en los tribunales. Si estas narraciones hubieran sido compuestas con sentido apologético, no se mencionarían estos testimonios.

En suma, en el claroscuro de la fe, resplandece como razonable la vida nueva que abarca todos los aspectos de la vida ordinaria y hace brillar en ella la alegría de la esperanza.

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