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La lección de Suzhou

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La lección de Suzhou

11/02/2021

El rocío del amanecer se esparcía en grandes gotas suspendidas en las flores de loto y el olor a pastizal fresco, comenzaba a impregnarse en mi respiración.

El “Jardín del maestro de redes”, −uno de los espacios públicos más famosos de Suzhou− era un lugar que no solo había quietud, sino contemplación para meditar junto con el canto de la parvada de ruiseñores. Ese día, había decidido que era el mejor lugar para correr.

Mientras me dejaba abstraer por los árboles frondosos, suspendí mi memoria para recordar la reunión plenaria del Comité Permanente Provincial de Jiangsu −donde con mi teléfono− atestigüé el anunció para la inversión, destinándose kilómetros enteros de parcelas para la llegada de empresas especializadas en inteligencia artificial.

El paisaje detenía el tiempo y suspendía mi atención en el movimiento del agua.

−¿Yang, quieres beber Oolong?, se escuchó repentinamente un grito a media distancia con eco detrás de mí que me hizo despertar de mi letargo. El joven parecía −por su rostro adusto− estar inundado de una tristeza inexplicable. Entonces le escuché responder: “Sí camarada Ren”.

Yang y Ren el que parecía ser −por su edad madura y su uniforme color oliva con vivos rojos− un oficial del Partido Comunista, se sentaron muy cerca de mí.

−“La reforma aprobada ayer, nos posiciona en completo avance frente al mundo occidental en nuestra lucha por un socialismo moderno con características chinas”, espetó con autoridad el oficial. Ya no pude dejar de escucharlos.

−Camarada, ¿qué sucedió?, preguntó Yang.

Aventé una moneda al estanque y las ondas crecientes, hicieron que los peces dorados aparecieran súbitamente de entre el agua tapizada por el verdor de las algas acumuladas. Ambos distrajeron su atención mutua y me miraron por un momento. Nos separaba solo una banca de concreto en el puente suspendido en medio del lago.

Yang seguía bebiendo su té cuando de pronto, una fuerte ráfaga de viento pasó las hojas del libro “Las baladas del ajo” de Mo Yan que estaba yo leyendo.

−“Una vez que las grandes empresas y que la burguesía moderna se hayan apropiado de las nuevas fuentes de inteligencia artificial, el nuevo proletariado humano será inmenso. La revolución de la información transformará la lucha de clases; ahí está la nueva meta del Partido. En consecuencia, ayer se decidió que IflyTek sea la empresa paraestatal que ponga en marcha el plan del presidente Xi en la vanguardia de China en el mundo”, escuché.

¿Pero cómo es eso, maestro Ren?, espetó Yang, mientras se me acalambraban las piernas entre la ansiedad y el ejercicio de esa mañana que por atender esa conversación terminó frustrado. El diálogo entre el oficial comunista y el joven chino continuaba.

“A diario recibimos cuatro mil 500 muestras de voz en Hefei y tenemos ya un sistema de reconocimiento facial que nos permite acumular millones de datos biométricos. El Comité Nacional propuso trabajar en cinco ejes: realidad aumentada para el comercio exterior, vehículos inteligentes para liderar la industria automotriz, robots para seguir conquistando la manufactura en el mundo, terminales de impresión 3D y la realidad virtual”.

¿Es así como combatirá la pobreza el Partido?, reviró impaciente Yang.

“Hoy en día, las 100 personas más adineradas del mundo, poseen más que sus cuatro mil millones de pobres. La nueva revolución marxista con características chinas tiene como objetivo, encontrar la longevidad del partido. De ello depende crear nuevas fuentes de valor para que el pueblo siga siendo necesario y su futuro no dependa de una élite occidental”, señaló Ren.

Las rosas blancas resaltaban frente al maridaje de los árboles con el cielo nublado. De pronto, la lluvia apareció con un hedor a incertidumbre.

El maestro Ren, seguía hablando. “Para el Partido Comunista, ya no es determinante si la política y el poder occidental quiere expandir sus democracias en el mundo, sino cómo China logrará universalmente que la relevancia humana no sucumba frente a la automatización. Esa es la democracia que China exportará al mundo”. “Trataremos a pacientes que no saben que están enfermos, crearemos sistemas inteligentes de tráfico para las urbes más pobladas del orbe; diseñaremos los sistemas jamás vistos de reclutamiento que revolucionarán el mercado laboral”.

“Maestro Ren, entonces el futuro, no es desolador. Usted me da confianza.

¿Dígame, qué puesto dentro del partido le fue asignado?”, preguntó impaciente Yang.

“Ninguno”, sentenció Ren, sin cortapisas. Al escuchar su respuesta, me recorrió un escalofrío por mi cuerpo.

“El algoritmo determinó que un nuevo oficial llegara en mi lugar. El camarada Mao nos enseñó que la filosofía marxista china no busca justificar las leyes del mundo para contemplarlo, sino para transformarlo”...

La imagen del gran cuadro de Mao en medio de Tiananmén se apoderó de mi mente y la lección que aprendí en Suzhou la puso en movimiento.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.