El flautista de la Ciudad Prohibida
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El flautista de la Ciudad Prohibida

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El flautista de la Ciudad Prohibida

19/09/2019

Pekín.- “Los gobiernos solo tienen dos recursos para existir y prolongarse: el temor o la esperanza, y la esperanza es en la mayoría de las ocasiones el recurso más cruel de todos”.

El texto por demás interesante que estaba escrito en caligrafía china —shūfâ— a pinceladas en un pedazo de papel con la imagen de Mao, al lado de un hombre de mediana edad, me detuvo de mi caminata que comenzaba casi todos a los días desde la Avenida Chang’An hasta este rincón de la capital asiática.

Era el cuarto día, en que en la misma ala de la entrada sur del Gùgōng, como coloquialmente se le llama a una de los imanes culturales e históricos más importantes de China —la Ciudad Prohibida— ese hombre, en punto de las siete y media de la mañana se ponía a tocar con su Dizi, una flauta construida de bambú. Lo hacia con un profesionalismo singular, pero sobre todo con una pasión inolvidable.

Mientras el sonido de la flauta llenaba los vacíos del eco del lugar, sentí por la forma en cómo me miraba que quería hablar conmigo. A ciencia exacta no supe lo que quería hasta que comenzamos a conversar.

• “Nî hâo”, le solté para romper el hielo entre las miradas.

• “Nî hâo, Wo jiao Hu” , hola, me llamo Hu, me respondió al tiempo que su duro rostro, mar-cado por bastantes arrugas, dibujó una sonrisa que suavizó su tono facial mientras observaba un tanto sorprendido cómo mi playera negra, se me pegaba al cuerpo, después de correr cerca de siete kilómetros en medio de la bruma típica y la humedad de septiembre en esa mañana nublada de la capital de China.

¿Qué hace un flautista todos los días tocando en la entrada de la Ciudad Prohibida?, Le pregunté con mucha curiosidad.

Guardó silencio, y me dijo: “vengo a aprender del pasado todos los días para entender el presente y de paso conozco a turistas que están interesadas en entender la historia de China y sobre todo su política actual, aunque tu no pareces un turista común o un lâowài”, —palabra con la que en muchas ocasionales se les etiqueta peyorativamente a los extranjeros—.

Entonces, le pedí si podía tomarle una foto a la frase que me hizo detenerme a saludarlo. Asintió. Ya me podía reconocer, y le dio mucho gusto el acento pekinés de nuestra conversación. Hablar en mandarín causaba una camaradería especial. El idioma nos permitía no solo romper la barrera del lenguaje sino de la edad y del tiempo.

A punto de retirarme, saqué de mi cartera que ya estaba también húmeda, 10 yuanes para dárselos a Hu. Noté su enojo y de inmediato los guardé. Entonces me dijo mirándome fijamente:

“Ser joven no es pertenecer a una edad sino nunca dejar de ser revolucionario. Solo así se abandona un mundo antiguo. Nunca abandones tus ideales, porque los políticos de hoy que tienen futuro, son aquellos que nunca pierden el contacto con la realidad, a pesar de que esté en contra de ti”.

¿Por que me dice eso a mi?, le pregunté.

“La mirada nunca miente, y a ti se te ve en los ojos, la política”, contestó de inmediato con autoridad.

La vida va dejando huellas y señales en el camino. Era curioso que la distancia entre la semiótica de dos culturas diferentes, dos miradas podían comunicarse entre sí. Esos enigmas son las señales mas maravillosas que la vida me ha dado en mi paso por China.

“Nunca olvides, que cuando mas necesidad tienes de ganar es cuando estás a punto de perderlo todo. Recuerda, que la política es como el juego de cartas, tienes que dejar pasarlas, hasta ganar”. No pude dejar de recordar lo que hacia un día, la persona con la que estaba en Pekin, me había dicho, al conversar sobre los motivos de mi renuncia en mi paso por la cartera de Turismo en México.

Como los libros, creo que no existen destinos manifiestos, pero sí energías y señales que nos van persiguiendo mas allá de nuestra voluntad. Ser revolucionario y huir de los mundos antiguos es parte de lo que a lo largo de mi vida en China he podido aprender.

Cuando uno va buscando respuestas, desaparecen; pero cuando uno suelta y abandona el control, aparece la magia. Así el encanto de un flautista como Hu, que sin esperar nada a cambio te da una cátedra de vida, en el rincón del mundo que uno menos espera.

El flautista, no solo tocaba música, se encargaba de dar señales universales que no necesitan de idioma y menos de traducción en el momento en que la vida decide enviarlas.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.