Don Rutilio, Huan y San Cristóbal
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Don Rutilio, Huan y San Cristóbal

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Don Rutilio, Huan y San Cristóbal

09/01/2020

San Cristóbal de las Casas, 1988.- El Tsuru color crema recorrió a toda velocidad, la carretera. Habíamos empezado el día anterior en Almoloya del Río y después de haber desayunado en Apizaco, nos detuvimos cerca de una ranchería que estaba llena de borregos y caballos. Todavía recuerdo el olor a carbón y madera quemada; los aullidos entremezclados de perros con el cacareo de gallinas acorraladas en el rancho.

- “Hijo, pásame por favor la cobranza”.

Tomé inmediatamente los sobres amarillos amarrados por una liga gruesa que tenían las cuentas por cobrar de uno de los principales clientes que nos compraba cobijas, edredones y varios artículos de ropa. Me bajé del auto y se los llevé ocultándome en medio de sus piernas.

“Don Isaac, bienvenido”, le dijo Don Rutilio. “Lo que más se ha vendido, son sus calcetines “Zoltan”; la mera verdad, es la que más gusta”.

Mi abuelo, era muy querido en los pueblos de Oaxaca y Chiapas; tenía como sistema fiar mercancía y pasar en temporadas, a cobrar lo que las pequeñas tiendas iban vendiendo. Así también, aprovechaba sus viajes, para llevar a sus nietos a enseñarnos el país; aprender el arte de los negocios de cajuela y —de paso—, a vivir en carne propia cómo se salía adelante desde pequeños. Ahora, era mi primer viaje con él.

“Simon,despiértate, ya llegamos”— llegamos a la esquina de Vicente Guerrero y la Calle Real de Guadalupe cuyas placas ya sabía lentamente cómo leerlas. Luego caminamos unos metros hasta llegar al Zócalo.

Frente al Palacio Municipal ya estaban los vendedores de manzanas garapiñadas hablando chol y tsotsil —las lenguas que me enseñó mi abuelo que aquí se hablaban—, el carrito de nieves frente a la Iglesia de Santa Lucía, hasta llegar a los panes rellenos de crema pastelera que descansaban al lado del antiguo Convento de Santo Domingo.

Llegamos frente a un gran edificio enmarcado con arquería y columnas de sillares. Se quitó sus lentes negros, me cargó y me dijo: “este es el Palacio Municipal”.

Lo recorrí con asombro, lo abracé muy fuerte y me dijo acariciándome el cabello “Hijo, algún día, cuando seas grande, te va tocar ser alguien que defienda a México, no alguien que lo venda”.

“No es un accidente que tu hayas nacido en este país y que nosotros llegáramos de Medio Oriente para “la aventura de América”.

San Cristobal de las Casas, 2020.- Aquí siguen los mismos puestos de chicharrones con chile, el mismo carrito blanco que vende nieves en el zócalo; las palomas siguen jugando con los peatones que ahora hablan por teléfono celular mientras van cruzando con semáforos nuevos. El cielo sigue completamente despejado con el mismo azul de antes, viendo como las nubes se entrelazan combinando la postal con el color mamey y mostaza de la catedral barroca de la Ciudad.

Vuelvo a caminar por la calle Real de Guadalupe y me detengo en la esquina con Vicente Guerrero, la voz de mi abuelo invade mi interior. Cuando recupero un poco la conciencia, veo frente a mi en el local 88c “las Quekas” que dicen ser las mejores quesadillas del pueblo, luego en el 74b —me llama la atención— el nombre de la tiendita “Loving Hut, vegan cuisine”.

Galletas veganas, kimchi —un platillo chino fermentado de col, rábanos y pepinos— una televisión que transmite música china. Sale del mostrador, una chica asiática, que nos divide por un enorme refrigerador horizontal que detrás de su vidrio, guarda sushi, galletas de almendra vegetarianas con chocolate de Chiapas, y otros platillos veganos.

Tan pronto la veo, le digo “Ni Hao”, me responde “no te entiendo”, en un perfecto castellano.

—¿Eres de China?— No, soy de Corea del Sur y me llamo Huan.

Salgo de nuevo a la avenida. Frente a mí, “Chez Mael”, un local de Pastelería francesa, al lado, Madama Do Ré, un restaurante de comida italiana. Caminan ingleses, europeos y uno que otro asiático en la misma calle empedrada donde caminé hace 32 años con mi abuelo.

Esto es San Cristóbal, el ejemplo de cómo una meca de viajeros, hacen convivir la globalización con la población local, que lejos de ser expulsada, se beneficia del turismo.

Ayer fue Don Rutilio, el cliente de mi abuelo; hoy es Huan, la chica coreana que lleva 12 años viviendo en San Cristóbal, la misma ciudad colonial que conocí a los seis años, de la cual me hizo enamorarme de México.

Ayer fueron emigrantes de Siria; hoy son asiáticos y europeos. Ese es el poder creador de la inmigración y del turismo mágico que tiene México. Transforma razas en sincretismo, globalización en diversidad. Diferencias en cultura. Hoy, aquí todo es igual, pero diferente. Lo que fue, sigue existiendo, pero las posibilidades ya son infinitas.

Las palabras de mi abuelo, me lo han confirmado. Al final, cada casualidad es una causalidad.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.