Se consumó la farsa. Para sorpresa de absolutamente nadie, excepto de Marcelo Ebrard, la exgobernante capitalina fue designada como la candidata presidencial del Movimiento Renovación Nacional. El dedazo fue ejecutado con el estilo personal de gobernar del Licenciado: mal disfrazado con unas encuestas. Había que fingir que era un demócrata, que la decisión sería del pueblo bueno y raso. Quizá pensó que los premios de consolación ofrecidos serían suficientes para apaciguar a los derrotados de antemano, que ninguno se quejaría ante las numerosas acciones realizadas para favorecer a la siempre favorita.
Nadie como Claudia Sheinbaum cumplía los requisitos esenciales para el Licenciado, empezando por una lealtad a toda prueba, sin matices o desviaciones, probada a lo largo de muchos años. Llegó a la política de la mano del tabasqueño y le debe absolutamente todo. La flamante candidata es su propia creación. En sus dos cargos de elección popular, la delegación de Tlalpan y el gobierno de la Ciudad de México, jamás cometió el error de mostrar independencia frente a su benefactor, de creerse que podía cuestionarlo o, peor, criticarlo. Su enorme poder en la CDMX siempre estuvo subordinado al que también despachaba en el Zócalo.
La competencia interna no fue para determinar a la persona más capaz para el cargo de Presidente, sino aquella que ofreciera al Licenciado una abyección que le garantizara al menos dos cosas: la continuidad de sus ideas, programas y obras, y el protegerlo de cualquier investigación de corrupción, tanto a su persona como a su igualmente rapaz parentela. Esto, aparte de protección en general. Después de sembrar polarización y odio, el tabasqueño la necesitará en abundancia. Nada mejor que alguien totalmente adicta a su persona despachando en Palacio Nacional.
Es el estilo del demagogo autoritario. Es la repetición, en gran escala, del 100 por ciento lealtad, con conocimiento y experiencia opcionales, que caracterizó a tantos nombramientos, empezando por su gabinete. Experiencia de gobierno adquirió Claudia, pero siempre guiada por su mano.
Su conducta como precandidata fue, en ese sentido, impecable. Era cuestión de seguir cultivando el voto del único elector (real) en la contienda. Lo hizo a consciencia, sin cambiarle una coma al guion que se esperaba de su persona, igualito como exige el inquilino de Palacio a los legisladores de su partido cuando les manda una iniciativa de ley (y le obedecen sin chistar).
Al arranque del proceso Ebrard ejecutó un acto singular ofreciendo que haría una “secretaría de la 4T” y que designaría como su titular nada menos que al hijo del demagogo autoritario. Una jugada brillante por su abyección pero rápidamente anulada por el propio vástago. Quizá el Licenciado de todas maneras no le habría creído: su otrora Canciller se le rebeló más de una vez en el pasado, y podía hacerlo igualmente en el futuro. No pudo deshacer con un solo gesto lo que, en cambio, Sheinbaum había trabajado meticulosamente por años.
Al parecer, Ebrard se creyó que el juego sucesorio sería abierto y limpio (lo que demostró una vez más una ingenuidad peculiar tras tantos años de tratar con el Licenciado). Constató demasiado tarde que, como los otros suspirantes, era un actor secundario en la farsa, que al menos se dio el gusto de evidenciar. No tuvo lugar la pretendida unidad partidista que se esperaba. En ese sentido, se afeó la coronación de la elegida.
Pero la farsa ya concluyó. La calca es candidata.