Hablaron las personas y los políticos se vieron forzados a escuchar y, por convicción o presión, se portaron a la altura. Los que acusan que Xóchitl Gálvez es producto de un dedazo olvidan, o fingen olvidar, que no era la candidata de nadie. El puntero en el PAN era otra persona, lo mismo que la puntera del PRI, como los militantes del PRD tenían su apoyo en su propia estructura.
Hay un mérito impresionante en Xóchitl Gálvez: no solo escuchó a todos aquellos que prácticamente la forzaron a desviar sus planes (el gobierno de la Ciudad de México), sino que, ya decidida, tomó la oportunidad con las dos manos. También escuchó la voz de los millones que se entusiasmaron con su persona, y reaccionó con toda su fuerza.
Personas que llevaban largo tiempo recorriendo el país se hicieron a un lado, con hidalguía y sin reclamos. ¿Quizá esperan algún puesto en una administración Gálvez? Puede ser, nunca debe descartarse el interés propio, pero es un interés legítimo. Beatriz, Santiago y Enrique, los finalistas que se apartaron, son personas que muchísimo pueden aportar a un gobierno que tendrá como imperativo reconstruir a México.
La oposición tiene a la persona que necesitaba porque Xóchitl Gálvez es producto de un reclamo popular y no de un arreglo cupular. Hay ahora confianza, incluso se puede hablar de fe, en que es posible modificar el nefasto curso que lleva el país. En que el daño causado a lo largo de años de demagogia, populismo y un abierto desprecio a las leyes e instituciones puede ser revertido, las heridas cerradas y una senda democrática e institucional retomada. Que puede existir, de nuevo, una persona dispuesta y entregada en gobernar para todos los mexicanos y no para su facción. Que buscará unificar, por difícil que ello sea, en lugar de polarizar.
El contraste con el autócrata que vive en Palacio Nacional no podría ser mayor. Es el titiritero de una farsa que no engaña a nadie, pero que quedó todavía más evidenciada como tal por los procesos que instituyó el Frente Amplio por México. El concurso de las corcholatas corrió en dos pistas. La primera: derrochar recursos del gobierno buscando crear una sensación de apoyo popular. La segunda y más importante: tratar de ser el más abyecto, o abyecta, ante el único elector. Asegurarle sumisión y protección; una especie de maximato, esa reelección que tanto deseó. Si en el callismo se decía, “aquí vive el Presidente, el que manda vive enfrente”, ahora sería “aquí vive el Presidente, el que manda está en Palenque”. En esa competencia de la abyección no importaban ni la voluntad ni los intereses del pueblo.
Pero la farsa del dedazo disfrazado de encuestas degeneró porque las corcholatas han jugado como solo saben hacerlo en Morena: sucio. El Licenciado pensó que había amarrado a todos con premios de consolación, pero perdió el control del proceso. La esperada coronación se transformó en una lucha en el lodo digna, eso sí, del gobierno del que emergieron.
En Palacio ya estaba la estrategia preparada para una elección destructiva en que se usarían las cartas de género y raza, aparte de la historia personal del candidato opositor, probablemente producto de una historia llena, usando esa palabra hoy tan pervertida, de privilegios. Nunca esperaron la explosión de un fenómeno que no permitiría usar ninguna de esas armas.
Xóchitl llega a una lucha desigual con ímpetu, pero, sobre todo, la legitimidad de haber ganado su lugar gracias a que el pueblo habló con fuerza.