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El imperativo del fraude electoral

En los meses que quedan antes de junio de 2024, López Obrador enfocará su fuerza para el parto de un gigantesco fraude electoral.

El Licenciado salió del PRI, pero el PRI nunca ha salido del Licenciado. Es un priista setentero natural: marrullero, tramposo, cínico y ferviente creyente en la dedocracia que ejerce el Gran Elector, ahora encarnado en su persona. Las elecciones son un refrendo para que el partido permanezca en el poder, con un fraude patriótico de ser necesario. El pueblo no se equivoca, pero si lo hace se le corrige.

El inquilino de Palacio Nacional ya sabe que en democracia se gana o se pierde. Lo ha sufrido directamente. Hasta el día de hoy trata de corregir la historia, nunca se cansa de afirmar que le robaron la presidencia en 2006 (ya encarrerado agrega 2012). Su afán de reescribir lo sucedido es una de las muchas razones que lo han llevado a ser un pésimo gobernante, tratando de cambiar el pasado en lugar de moldear el futuro. Supura odio y su destinatario principal es Felipe Calderón.

Ahora necesita del fraude, y en grande. No pudo evitar la tentación de hacer una farsa en el proceso interno de Morena, y puso el reflector sobre la ineptitud y corrupción de sus corcholatas. No entendió que un proceso abierto, por más tramposo que fuese, las exhibiría en su abyección hacia su persona. El único rebelde ha sido el extitular de Relaciones Exteriores, y eso es relativo. Su favorita ha sido un desastre, exhibida una y otra vez por un uso excesivo de dinero que no se ha transformado en apoyos. La impúdica propaganda y los acarreados solo muestran la calamitosa campaña de quien fuese la Regenta capitalina.

Si López Obrador es el único culpable del proceso interno de Morena, ese bodrio con el que pensó disfrazaría su dedazo, al mismo tiempo se convirtió en el gran impulsor de una candidatura de oposición fuerte y creíble. Cerrarle las puertas de Palacio Nacional catapultó a una candidata que anuló su estrategia para atacar desde una perspectiva de raza, clase social y trayectoria. Xóchitl Gálvez ha galvanizado a millones de ciudadanos por su historia personal y la fuerza que ha mostrado en su ambición de abrir, a golpe de votos, esas puertas de Palacio para despachar desde su oficina principal.

No existe un solo candidato potencial de Morena cuya raza, clase e historia personal se compare con Xóchitl. El que se acerca, paradójicamente, es el oriundo de Tepetitán, Tabasco, aunque sin el éxito empresarial de la nacida en Tepatepec, Valle del Mezquital, Hidalgo. El fósil estudiante de Ciencias Políticas tampoco se acerca académicamente a la ingeniera en computación. Lo único que tienen en común es que ambos estudiaron en la Universidad Nacional. Pero el tabasqueño no estará en la boleta electoral (por más que le hubiera encantado reelegirse), sino su corcholata destapada tras un proceso desaseado.

López Obrador trató de destruir todo el andamiaje institucional que representa el Instituto Nacional Electoral, por medio de una involución legal que se estrelló tanto en el Congreso como en la Suprema Corte. Esto fue antes del surgimiento de Xóchitl Gálvez. Si antes el fraude electoral era una opción que valía tener a mano como arma preventiva, ahora es un imperativo para mantener poder y proteger sus espaldas y las de su rapaz parentela, junto con tantos aliados y colaboradores que no se cansan de robar.

En los nueve meses que quedan antes del primer domingo de junio de 2024, López Obrador enfocará toda su fuerza, combinada con su desdén por leyes e instituciones, para el parto de un gigantesco fraude electoral.

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