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No importa quién sea mientras sea Oposición unida

Al hombre del poder, decía Luis Spota, se le conoce en el poder; o como dice Robert Caro, el poder desenmascara. Un ejemplo es el demagogo autoritario que ahora gobierna.

¿Qué político no querría ser presidente de México? No sorprende que muchos estén levantando la mano, diciendo que están dispuestos a postularse, haciendo giras por el país para placearse y probar (y con suerte mostrar) su fuerza. Son muchos y serán más. “El que no se mueve no sale en la foto” es de otros tiempos. Nadie le va a suplicar a los que se hagan del rogar porque sobra de dónde escoger. Hay de todo en la caballada, y es numerosa.

Acaba de subirse al ya poblado ring la figura de José Ángel Gurría Treviño. Hace no mucho lanzó su guante Santiago Creel Miranda. Enrique de la Madrid lleva ya tiempo construyendo una candidatura. Lilly Téllez y Claudia Ruiz Massieu, ambas senadoras, están en la pelea. A todos ellos también hay que sumar a Gustavo de Hoyos, Ildefonso Guajardo y Miguel Ángel Mancera.

Unos tienen más experiencia, hay varios ex secretarios de Estado, muchos con trayectoria amplia en el Poder Legislativo, algunos con carrera partidista. ¿Quién sería el mejor como titular del Ejecutivo? No importa, porque es imposible saber. Debatir cualidades y defectos de los numerosos aspirantes implicará ríos de tinta e intercambios sin fin en medios electrónicos y redes sociales. Un ejercicio importante, sin duda, pero al cabo secundario. Al hombre del poder, decía Luis Spota, se le conoce en el poder. O como dice Robert Caro, el extraordinario biógrafo de Lyndon Johnson, el poder desenmascara. Un ejemplo excepcional de ello es el demagogo autoritario que ahora gobierna (es un decir).

Hay tres personas, sin embargo, que deben descartarse en forma contundente y lo antes posible: los líderes de los partidos políticos de oposición. No pueden ser juez y parte, usar su posición para promoverse (y bloquear a otros). La experiencia de Ricardo Anaya en el PAN en 2018 es el mejor ejemplo: dañó a su partido y además perdió. Si se sienten con ganas de llegar a Palacio Nacional, deben pasar al suelo que otros están pisando en esa cancha que debe ser lo más pareja posible. Una cancha pareja ayudará a que los perdedores en ser el abanderado de la Oposición (con mayúscula) se sumen a quien resulte ganador.

El Presidente necesitará ser una persona de visión extraordinaria, una capacidad de conciliación fuera de serie para restañar las heridas de un país dividido. Pero eso será después: lo que ahora se busca es que la Oposición se unifique con fuerza detrás de una persona, y que esta tenga la capacidad física e intelectual para resistir una larga campaña y los embates incesantes del demagogo y sus huestes. La piel muy gruesa, la cola extremadamente corta y la lengua muy potente. La batalla se dará en múltiples frentes, pero el nivel de calle sigue siendo fundamental, por lo que hay que agregar zapatos con suelas muy gruesas y la disposición para caminar por todo el país en jornadas agotadoras.

Todos los precandidatos tienen sus partidarios, los más entusiastas en que su gallo encabece lo que ojalá sea una coalición sólida y ganadora. Pero lo más importante es derrotar al demagogo en la persona de su corcholata, evitarle a México otros seis años de retroceso económico, polarización política, destrucción social y desprestigio internacional.

¿Quién? Quien sea, pero con una Oposición unida y dispuesta a entregar todo en lo que será una contienda electoral extraordinariamente desigual, con los dados cargados en contra por el demagogo autoritario. En la larga guerra por venir, es la primera batalla por ganar.

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