Prometió que haría historia, y así lo ha hecho por cuatro años. Entre las muchas características notables de Andrés Manuel López Obrador, destaca el cinismo, el hacer con absoluto descaro aquello que ataca o rechaza con sus palabras. A diferencia de muchos políticos, no se conforma con medias verdades o cierto grado de hipocresía, sino que es el campeón de la falsedad. Lo suyo es el engaño superlativo reiterado, sin importar que una y otra vez haya sido evidenciado como un falsario.
En tiempos no tan lejanos, sin las redes sociales funcionando como memoria colectiva, muchas de esas contradicciones entre el decir y hacer habrían quedado enterradas en el olvido. Para su mala suerte, los historiadores se basarán en los hechos y no en sus dichos, en las cifras y no en los otros datos que solo existen en la fecunda imaginación del tabasqueño.
La gran pregunta que quedará por contestar será si López Obrador se compraba sus propias fantasías, si su asertividad y descaro tenían una raíz en distorsiones mentales propias del mesiánico que es, o si el cinismo era absoluto. Nunca se sabrá su grado de desapego con la realidad. El hecho es el profundo daño que ha causado al país con sus acciones.
“Por el bien de México, primero los pobres”. La columna vertebral de su oferta electoral y, reitera, las acciones de su gobierno. El que quitó a los pobres los comedores comunitarios, y a sus mujeres violentadas, los albergues. El mismo que quitó a las madres pobres la posibilidad de trabajar al cerrar las estancias infantiles y las escuelas de tiempo completo; el que eliminó el Fonden y dejó más desprotegidos a los que menos tienen. El que no quiso rescatar empleos en la pandemia, y disparó los millones en pobreza, en donde siguen muchos de ellos. La cereza del pastel: la destrucción del Seguro Popular y de la distribución de medicamentos.
“Traigo 200 pesos en la cartera”. El ratero que no se cansa de presumir su honestidad, el campeón de las corruptelas transformadas en efectivo y vertidas en sobres que acumulaban sus personeros, encabezados por sus hermanos. El gobierno que asigna contratos y obras a menos llenas sin concurso o control, con programas sociales opacos. Esa empresa que distribuiría alimentos a los más pobres, Segalmex, un ejemplo notable de la robadera. Es el sexenio del robo más cínico, mientras el presidente saca un pañuelito blanco y dice, plañidero, que necesitará una pensión del ISSSTE para poder vivir con dignidad durante su vejez. Reclama, furioso, que hay que investigar los ingresos de quien ha exhibido las raterías de su parentela: Carlos Loret de Mola.
El mismo que intenta destruir la democracia proclamando que busca erradicar los fraudes electorales. ¿Cuáles fraudes? Esos detalles no importan en el sexenio en que Morena ha ganado innumerables elecciones, empezando por la presidencial. ¿Qué es lo que hay que destrozar? Al aparato que ha arbitrado esas victorias, el INE. Porque es el pueblo quien debe elegir a sus integrantes, entre una lista confeccionada por el propio AMLO y sus aliados. Es la propuesta de un retorno al autoritarismo diciendo que representa el camino a la verdadera democracia.
George Orwell sería cronista extraordinario del México encabezado por el presidente más cínico de la historia, en que robar es ser honesto, se apoya a los pobres hundiéndolos más en la miseria, se fortalece la democracia regresando al autoritarismo y se busca la paz abrazando a los criminales.