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Boris López Obrador

En el tiempo de los populismos personalistas, Boris Johnson y Andrés Manuel López Obrador son estrellas de primera magnitud.

Un mentiroso que llegó al poder gracias a una demagogia descarada que resonó entre una población harta. Una vida llena de engaños que lo llevó a sentirse por encima de la ley, que podía hacer lo que le viniera en gana sin enfrentar consecuencias. Encantador y tramposo, con una labia impresionante. Su objetivo era llegar al pináculo del poder y lo logró, traicionando a quien fuese necesario. Un escalón importante en el camino fue lograr la alcaldía de la capital.

¿Principios? ¿Visión de país? Eso sería para otra clase de políticos. Simplemente se trataba de lograr el poder. No se buscaba servir, sino servirse con la cuchara más grande posible. Y los votantes, muchos de ellos, cayeron redondos. El mandato electoral, la validación democrática, fue contundente.

En el tiempo de los populismos personalistas, Boris Johnson y Andrés Manuel López Obrador son estrellas de primera magnitud, aunque el primero acaba de renunciar (por fin) tras una larga serie de errores. Por largo tiempo pensó, y con razón, que siempre se saldría con la suya, que podía burlarse hasta de las propias reglas impuestas por su gobierno a los ciudadanos. A una mentira simplemente agregaba más falsedades, además embaucando a sus colaboradores. Personas brillantes caían bajo su embrujo, imposibilitados de rebelarse. Lo mismo que ocurre con el primer círculo del obradorismo.

Boris Johnson traicionó a David Cameron al apoyar el Brexit, y ayudó a su caída. De la misma manera traicionó a Theresa May, quien lo había incorporado a su gobierno. Finalmente, abandona el poder porque no ha podido dejar de ser el mentiroso de siempre, llevando al repudio masivo de sus compañeros parlamentarios. López Obrador no dudo en apuñalar por la espalada a Cuauhtémoc Cárdenas o desfondar al partido que lo apoyó en dos campañas presidenciales.

Las instituciones y el sistema político (parlamentario) británico finalmente representaron el contrapeso que forzó a Johnson a anunciar su dimisión. Con todo, seguirá como Primer Ministro hasta que se elija un nuevo líder del Partido Conservador, lo que probablemente tomará meses (puesto que la última etapa implica una consulta a toda la militancia).

El tabasqueño está amarrado con firmeza a La Silla. No rinde cuentas a su partido o al Congreso, sino que tiene su púlpito mañanero para mentir, embestir a quienes lo exhiben y autoproclamarse como el Gran Mártir de la República. Porque, ya se sabe, ningún Presidente ha sido tan atacado desde Francisco I. Madero. A cada exhibición de sus raterías, de su cínica corrupción, saca el pañuelito blanco y proclama: “nosotros somos diferentes” (lo son, más ineptos y ladrones).

A Johnson lo alcanzó Johnson. A López Obrador lo está alcanzando la realidad, que será despiadada en los dos años que le restan en el poder. El Presidente no se cansó de ofrecer sueños guajiros en sus 14 años de campaña, quizá se acostumbró a la verborrea sin consecuencias, a ofrecer sin tener que molestarse en pensar cómo lograría aquello que ofrecía con singular desvergüenza. Se convirtió en el creyente de sus propias mentiras, que todo funcionaría porque así lo pensaba. Un mesiánico convencido que podía multiplicar los panes y dividir las aguas o, igual de impresionante, frenar el crimen con abrazos o transformar el sistema de salud mexicano en algo similar al de Dinamarca.

El resultado son decenas de millones que perdieron el Seguro Popular, mafias criminales que operan con impunidad y se adueñan del país, un aeropuerto prácticamente sin aviones y una refinería que no produce un litro de gasolina. Los británicos pagaron un alto costo por elegir a un demagogo, el precio para los mexicanos será mucho más alto.

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