Son los muertos que no debieron ser, aquellos que seguirían con vida si las acciones del gobierno responsabilidad de Andrés Manuel López Obrador hubiesen sido distintas. Son las víctimas de las más diversas formas de su corrupción, desde la ineptitud hasta la destrucción realizada con el pretexto de la austeridad.
Son los cuerpos inertes que representan la diferencia entre un gobierno que comete errores y uno criminal. Cadáveres que tapizarían varias veces ese Zócalo frente al que vive el mesiánico que se siente salvador de México pero que ha sido, para incontables familias, un exterminador. Cuando el expresidente de Bolivia, Jorge Quiroga, lo llamó “cobarde matoncito” quizá desconocía la precisión de su dicho.
El sociópata de Palacio sabe perfectamente que ha cortado de tajo muchas vidas, pero no le importa. Lloró cuando se evidenció a su junior en sus corruptelas, pero es incapaz de empatizar con el sufrimiento de tantos padres ante el dolor de una enfermedad que quizá sería curable si hubiese los medicamentos necesarios, y que antes había. Nada representa mejor esa crueldad indiferente que los niños que han muerto y siguen muriendo de cáncer.
Imposible saber los miles de niños y adultos que seguirían vivos si se hubiera mantenido la estructura de compra y distribución de medicamentos. Pero llegó el que se considera un genio de las políticas públicas, quien afirmó que distribuirlos era como repartir refrescos y botanas. El que afirma (sin investigaciones o pruebas) que esa red estaba infestada de corrupción y que nunca la reestablecerá por más presiones que reciba. La cantaleta ya es tan predecible y trillada como el pañuelito blanco: ya mero, pronto llegarán esos medicamentos. Que se dejará de llamar Andrés Manuel si no cumple. Y cuando hay medicamentos, algunos matan en lugar de curar, como los 14 fallecidos en un hospital de Pemex en Tabasco al recibir heparina sódica contaminada.
Menos responsable, si cabe, se siente de los miles de muertos por la violencia. El país se incendia, con enclaves territoriales descaradamente manejados por las mafias criminales. Lo que se le ocurre es culpar a Estados Unidos (por las armas) y sugerir cambios de nombre para un cártel. Para ellos tampoco hay lágrimas, pero sí su risa mientras exclama “ahí tienen sus masacres”.
Como los miles de muertos por COVID ante la ausencia de vacunas, muchos de los cuales se vieron obligados a salir a trabajar porque no quiso utilizar gasto público para salvar empleos. Los miles que murieron en su casa porque no había espacio en los hospitales o clínicas. Tuvo un sentido de la oportunidad terrorífico, destruyendo el Seguro Popular pocas semanas antes de que explotara el virus en México.
A los cientos de miles de muertos por la corrupción del régimen obradorista se suman los que parecen pocos, gotas en el mar de sangre, como los 137 quemados de Tlahuelilpan o los 27 muertos en el accidente de la Línea 12. Una fallida confrontación con mafias que robaban gasolina, un desplome producto de una obra mal ejecutada y peor mantenida. El responsable de lo primero y la de lo segundo destacan, para López Obrador, entre quienes merecen sucederlo en la presidencia.
El tabasqueño presume que encabeza una transformación histórica que, a diferencia de aquellas como fueron la Independencia o la Revolución, es pacífica. En su mesianismo se contempla llegando a la cúspide de la historia, sin ver la destrucción a su paso y que va caminando sobre cadáveres.