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López el soberbio

La excelencia académica le repele porque nunca pudo alcanzarla. Amante de su propia mediocridad, busca reproducirla y lo logra con creces en su gobierno.

Andrés Manuel López Obrador se siente un hombre brillante y visionario, genio de la política y la economía, aparte de extraordinario historiador. “No es ciencia” es, junto con “yo tengo otros datos”, una de sus frases más trilladas. El inmenso poder que tiene no ha hecho más que exacerbar su prepotencia.

La soberbia del que alcanzó el primer cargo político de la nación para el que se creía destinado desde su juventud. De la misma forma en que doblegó a los votantes gracias a su demagogia, cree que puede frenar a un virus que aterra al mundo. No va a esconder su rostro detrás de un cubrebocas como otros, y por ello es el único líder político en su segundo contagio de COVID. Sin duda emergerá de la enfermedad creyendo que es muestra de su invulnerabilidad.

Intelectualmente despliega la misma arrogancia, despreciando la inteligencia. Fósil de la UNAM con un registro académico en que abundan las materias reprobadas, ataca a aquellos que se esfuerzan en el estudio por superarse. El pésimo estudiante de ayer no duda en atacar desde su palestra en Palacio Nacional al CIDE, ITAM o ITESM… e incluso a la misma UNAM. La excelencia académica le repele porque nunca pudo alcanzarla, y no duda en tratar de destrozarla. Su ideal son las instituciones de educación superior que son meras fábricas de títulos. Lo que ofrece son certificados que no servirán de nada más que adornos en una pared.

AMLO debe creer que su persona es la mejor evidencia de que la política pública no requiere de expertos. Él mismo diseñó Sembrando Vida, Jóvenes Construyendo el Futuro, ‘abrazos, no balazos’. Determinó dónde construir Dos Bocas, que se cancelara el aeropuerto de Texcoco y se construyera otro en Santa Lucía, la ruta del Tren Maya y que Pemex dejara de exportar petróleo y refinara lo más posible. Todos y cada uno de ellos espectaculares fracasos, pero fulgurantes éxitos en su mente.

Amante de su propia mediocridad, busca reproducirla, y lo logra con creces en su gobierno. Los miembros de su gabinete con inteligencia y grados académicos respetables, se humillan en su subordinación sabedores de que es la única forma de mantenerse en el cargo.

Lo que encuentra admirable, algo digno de emular, es la pobreza. Predica la belleza de vivir con poco, con tener solo un par de zapatos, porque considera que la abundancia es evidencia de deshonestidad. La riqueza es la acumulación de lo mal habido, el producto de la transa. ‘Riquillos’ y ‘fifís’ son el objeto de su desprecio. El éxito material le merece la misma condena que el intelectual. Su México ideal tiene personajes como Pepe el Toro, porque hasta las clases medias merecen su desprecio. Lo indudable es que sus políticas sí aseguran la pobreza y hasta la miseria para millones.

Su exaltación por la pobreza ni siquiera se redime con el ejemplo. La hipocresía y cinismo del oriundo de Macuspana tienen su ejemplo más destacado en su corrupción personal, en las riquezas que acumula al amparo del poder. Nada ha desatado más su furia que verse exhibido, con los sobres llenos de efectivo de sus hermanos, los contratos de la prima, los desfalcos de la cuñada y los negocios de los hijos, junto con la existencia de esas propiedades que alega son producto de herencias. Ya a nadie le importa el monto de su reducido sueldo o la inexistencia de su pensión, ante la certeza que tendrá un retiro en la abundancia que hoy acumula. Quizás esa inmensa riqueza sí será de las pocas cosas equiparables a su soberbia.

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