Econokafka

La demagogia gasolinera de López

AMLO se ve forzado a destruir más con tal de no tocar sus prioridades, y también evidenciar su costosa demagogia en torno a la gasolina.

Son muchas las aristas que tienen la hipocresía y cinismo de Andrés Manuel López Obrador, sus promesas no solo incumplidas, sino traicionadas haciendo exactamente lo contrario. “Primero los pobres”, mientras que los más indefensos son aquellos más dañados por sus acciones; “abrazos, no balazos”, en tanto sigue batiendo récords por homicidios; el sistema de salud danés que ofreció cuando dejó a millones sin el Seguro Popular; “no a la militarización”, cuando conduce un gobierno que parece dictadura setentera del Cono Sur por todo lo entregado a soldados y marinos; o el ofrecer un gobierno honesto, mientras que su parentela y colaboradores se despachan a gusto con el dinero de los contribuyentes. Una de las grandes preguntas que en el futuro debatirán historiadores sobre su gobierno será, qué era mayor, ¿su ineptitud o su cinismo?

En la mayoría de los casos, López no parece pagar un precio por hacer lo opuesto a lo que tantas veces ofreció durante su larga campaña, con una popularidad que mantiene elevada y sin contrapesos (destacadamente el Congreso con su mayoría morenista) que lo frenen.

Pero sus numerosas promesas en torno a la gasolina no solo lo muestran también como cínico y mentiroso, como en tantas otras cosas, sino que le significan un costo presupuestal, pesos que debe sacrificar y que no puede utilizar en sus elefantes blancos o alguno de sus programas favoritos. Es el trago amargo del Impuesto Especial sobre Producción y Servicios (IEPS) que le muestra que no es lo mismo andar de borracho prometiendo en campaña que de cantinero gobernando.

Bastaba un mínimo aumento a las gasolinas, literalmente de centavos, para que el tabasqueño candidato gritara “¡gasolinazo!”. No se cansó de hacerlo desde 2004 hasta que ganó la elección 14 años más tarde. Y la promesa fue reiterada: se reduciría el precio de las gasolinas. A fines de 2016 dijo que, si él fuera Presidente, el precio sería de 10 pesos por litro.

Se puso la banda presidencial y en su discurso de toma de posesión cambió la promesa (o sea, mostró su mentira): la gasolina no aumentaría en términos reales durante los primeros años y después, ya cuando se produjera en abundancia en las refinerías de Pemex, entonces bajaría el precio. Ese tiempo, se supone, llegará en 2023. De reducir el precio ya no dice nada, y repite lo de no aumentarlo en términos reales.

Porque incluso ahora está sacrificando enormes montos de ingreso, vía el IEPS, para tratar de que no aumente (más) ese importe. Las cifras de la Secretaría de Hacienda indican que la recaudación por IEPS a las gasolinas en enero-noviembre del año pasado ascendió a 208.3 mil millones de pesos, cuando en el mismo periodo de 2020 fueron 272.5 mil millones, y en 2019, 271.1 mil millones. A partir de mayo 2021 se desploma el ingreso por IEPS. Miles de millones de pesos que el inquilino de Palacio no gasta en medicamentos oncológicos, en vacunas o en fideicomisos, pero que sacrifica para que el precio en las gasolineras no suba tanto.

López ya sabe la receta, la ha practicado por años: a cortar otros programas, a reducir el dinero para el INAH o el CIDE, que la ciencia no importa, pero sí acabar la central avionera, la refinería o el tren turístico, cuyos costos siguen explotando. Se ve forzado a destruir más con tal de no tocar sus prioridades, y evidenciar también más su costosa demagogia en torno a la gasolina. El audaz borracho devino en pésimo cantinero, y la cruda la pagaremos todos.


COLUMNAS ANTERIORES

Un país en llamas
La crisis política y económica de 2024

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.